Lo que Ada Lovelace nos enseña sobre imaginar el futuro con TDAH
Ada Lovelace escribió el primer programa informático en 1843. Tenía una imaginación desbordante y múltiples intereses. La primera programadora tenía un cerebro inquieto.
Hay algo que no te cuentan en las clases de historia de la informática.
Te cuentan que Ada Lovelace fue la primera programadora. Te cuentan que en 1843 escribió el primer algoritmo para la Máquina Analítica de Babbage. Te cuentan que era hija de Lord Byron, el poeta más escandaloso de su época.
Lo que no te cuentan es que su vida entera fue un ejercicio de gestionar un cerebro que iba demasiado rápido para su tiempo.
Un cerebro que brincaba entre las matemáticas, la música, las lenguas y la filosofía como si los límites de cada disciplina fueran sugerencias y no reglas. Un cerebro que producía ideas a una velocidad que asustaba a la gente de su alrededor. Un cerebro que no se quedaba quieto.
¿Eso te suena de algo?
¿Tenía TDAH Ada Lovelace?
Aquí hay que ser honesto desde el principio: no lo sabemos.
El TDAH como diagnóstico no existía en el siglo XIX. Ada Lovelace murió en 1852 con treinta y seis años. No había psiquiatras que le pasaran cuestionarios. No había criterios DSM-5 que aplicar a sus cartas y diarios.
Lo que hay es un patrón. Y el patrón es interesante.
Sus biógrafos describen una infancia marcada por la intensidad emocional extrema, la dificultad para seguir estructuras rígidas y una curiosidad que saltaba de un tema a otro sin aviso. De niña tenía obsesiones que cambiaban: la mecánica, las aves, las matemáticas. Todo con una profundidad que desconcertaba a los adultos de su entorno.
Su madre, aterrorizada de que Ada heredara la inestabilidad de Lord Byron, diseñó para ella una educación hipercontrolada. Matemáticas, lógica, disciplina. Un intento de domesticar un cerebro que claramente no quería ser domesticado.
Funcionó a medias. Las matemáticas le engancharon. Pero el resto del cerebro siguió haciendo lo suyo.
¿Qué hacía Ada cuando no programaba el futuro?
Aquí es donde la historia se pone interesante. Y un poco reconocible.
Ada Lovelace no era solo matemática. Era matemática, poeta, música, especuladora filosófica y lo que hoy llamaríamos investigadora interdisciplinar. En sus cartas habla de la música y las matemáticas como si fueran la misma cosa. De la imaginación como herramienta científica. De la necesidad de conectar ideas de campos que nadie pensaba relacionar.
Eso es exactamente lo que hace un cerebro con TDAH cuando está en modo hiperfocalización.
No se especializa en una sola cosa. Conecta. Busca patrones entre disciplinas distintas. Ve relaciones donde otros ven fronteras.
Ada veía el potencial de la Máquina Analítica de Babbage mucho más allá de lo que el propio Babbage veía. Él pensaba en una calculadora glorificada. Ella pensaba en una máquina que podría componer música, resolver ecuaciones simbólicas, generar cualquier tipo de operación que se pudiera representar en números.
En 1843. Ciento años antes de que existiera un ordenador de verdad.
Eso no es solo inteligencia. Es imaginación desbordante aplicada con rigor matemático. Es exactamente el tipo de pensamiento que a la gente con TDAH se le da bien cuando el sistema no lo aplasta antes de que pueda desarrollarse.
¿Qué tiene que ver el cerebro inquieto con imaginar el futuro?
Hay una idea que se repite bastante en la historia de la ciencia: los avances más disruptivos los hacen personas que no estaban del todo dentro de su disciplina.
Gente que venía de fuera. Que no había interiorizado completamente las reglas del juego. Que todavía se hacía preguntas que los expertos habían dejado de hacerse porque "ya se sabía la respuesta".
Ada Lovelace no era matemática pura de formación académica. Era autodidacta, guiada por su tutor Augustus De Morgan y por su propia curiosidad descontrolada. Y precisamente porque no tenía los límites mentales que tiene alguien que ha pasado veinte años dentro de un sistema, podía ver cosas que otros no veían.
El cerebro con TDAH tiene un problema serio con las rutinas. Con repetir lo mismo de siempre. Con aceptar que las cosas son como son porque siempre han sido así.
Eso, en la vida cotidiana, puede ser agotador.
En la historia de las ideas, a veces produce a alguien que inventa la programación informática ciento años antes de que exista el ordenador.
No es que el TDAH sea un superpoder. Es que algunos de sus rasgos, en el contexto adecuado, producen exactamente el tipo de pensamiento que ningún sistema convencional iba a generar. Los científicos famosos con TDAH son un patrón que se repite precisamente por esto.
La parte que no romantizamos
Ada Lovelace murió a los treinta y seis años, enferma, con deudas de juego que había ocultado a su marido, y en un estado de salud que sus biógrafos describen como deterioro progresivo desde bastante antes de su muerte.
La intensidad emocional que la hacía brillante también la hacía vulnerable. Los altibajos que describía en sus cartas. La dificultad para mantener proyectos a largo plazo sin que el entusiasmo inicial se convirtiera en agotamiento. La tendencia a meterse en ideas y compromisos que luego no podía gestionar.
Eso también es reconocible.
El TDAH no es solo el momento en que el cerebro se engancha a algo y produce algo increíble. Es también la parte de después. El bajón. La desorganización. El proyecto brillante abandonado a medias. Las consecuencias de haber vivido durante años con un cerebro que va a un ritmo que el cuerpo y el entorno no siempre pueden seguir.
Su padre, Lord Byron, tenía sus propios demonios de este estilo. Intensidad extrema, proyectos desbordantes, una vida que ardía en todas las direcciones a la vez. La manzana no cayó lejos del árbol, como suele pasar cuando el TDAH es genético.
¿Qué nos enseña Ada?
Que la imaginación sin estructura puede ser un problema. Que la estructura sin imaginación produce muy poco. Y que cuando coinciden, aunque sea por accidente, aunque sea en condiciones imperfectas, pasan cosas que la historia no olvida.
Ada Lovelace no llegó a ver ningún ordenador. El mundo tardó casi cien años en ponerse a su altura.
Hay algo en eso que me parece más triste que heroico. Un cerebro tan adelantado a su tiempo que tuvo que esperar a que el tiempo lo alcanzara. Sin diagnóstico. Sin herramientas. Sin nadie que le dijera "lo que te pasa tiene nombre y hay formas de gestionarlo".
Solo ella, su cerebro inquieto y una máquina que todavía no existía del todo.
Los inventos que surgieron de cerebros con TDAH tienen a menudo esa misma textura: ideas que parecen locas en su momento y obvias veinte años después.
El problema es que entre el momento en que la idea aparece y el momento en que el mundo la entiende, la persona que la tuvo muchas veces ya no está.
Por eso lo del diagnóstico importa. No para etiquetar, sino para entender. Para poder usar bien lo que tienes en vez de quemarte con ello.
Si llevas tiempo sospechando que tu cerebro funciona diferente, que saltas de idea en idea, que tienes una imaginación que a veces te ayuda y a veces te sabotea, empieza por aquí.
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