5 inventos que no existirían sin un cerebro disperso
La bombilla, la penicilina, el WiFi. Detrás de los inventos más importantes de la historia hay cerebros que no podían estarse quietos.
Edison probó más de 1.000 materiales para encontrar el filamento de su bombilla.
Mil.
No diez. No cincuenta. No "unas cuantas opciones hasta dar con la buena". Mil intentos documentados de un tipo que no podía parar de probar cosas. Que cuando fallaba con bambú carbonizado, probaba con pelo de caballo. Y cuando fallaba con pelo de caballo, probaba con hilo de algodón. Y así hasta que un día, después de quemar más materiales que un pirómano en una tienda de Ikea, dio con el filamento de tungsteno.
La historia lo llama persistencia.
Yo lo llamo no poder soltar algo hasta que tu cerebro tiene la dopamina que necesita.
¿Y si la dispersión fuera una ventaja evolutiva?
Mira, no voy a decirte que el TDAH es un superpoder. Eso es simplificar algo que tiene días buenos y días en los que no puedes ni abrir el portátil. Pero sí hay algo que los cerebros dispersos hacen mejor que nadie: conectar puntos que para el resto no tienen relación.
Y resulta que la historia de la humanidad está llena de inventos que nacieron exactamente de eso. De cerebros que se aburrían con lo que "tocaba" hacer y se ponían a pensar en otra cosa. De mentes que saltaban entre proyectos como quien hace zapping a las tres de la mañana. De gente que no seguía el camino recto porque su cerebro no sabía ir recto.
Vamos con cinco ejemplos que lo demuestran.
La penicilina: cuando el desorden te salva la vida
Alexander Fleming tenía un laboratorio que parecía la habitación de un adolescente después de un fin de semana largo. Placas de bacterias sin lavar, muestras apiladas, un caos que haría llorar a Marie Kondo.
En 1928, se fue de vacaciones sin recoger nada. Así, tal cual. Dejó las placas de Petri con bacterias al aire libre y se largó. Cuando volvió, vio que un moho había matado las bacterias de una de las placas.
Cualquier persona con un laboratorio ordenado no habría descubierto la penicilina. Porque habría limpiado las placas antes de irse. Habría seguido el protocolo. Habría sido responsable.
Fleming fue un desastre. Y ese desastre salvó millones de vidas.
Evidencia directa de que tuviera TDAH no hay. Pero la forma en que trabajaba, saltando entre proyectos, dejando cosas a medias, descubriendo por accidente lo que otros buscaban con método, suena sospechosamente familiar para cualquiera que haya sentido que su cerebro no funciona con disciplina sino con dopamina.
El teléfono nació de no poder centrarse en una sola cosa
Alexander Graham Bell trabajaba simultáneamente en ayudas auditivas para sordos, en mejorar el telégrafo y en acústica. Tres campos distintos a la vez. Cualquier asesor de productividad moderno le habría dicho "céntrate en una cosa, Bell, que así no vas a llegar a ningún sitio".
Pero fue precisamente esa incapacidad de quedarse en un solo carril la que le permitió ver una conexión que nadie más veía. Si la electricidad puede transmitir señales de telégrafo, y el sonido es vibración, entonces la electricidad debería poder transmitir voz.
Pensamiento lateral puro. El mismo tipo de pensamiento que tiene alguien cuando está en una reunión sobre presupuestos y de repente se le ocurre una idea para reorganizar la cocina. El cerebro que salta entre cosas no está fallando. Está buscando conexiones.
Bell no tenía un diagnóstico. Eso no existía en su época. Pero esa forma de trabajar en paralelo, de conectar campos que no se hablaban entre sí, es exactamente lo que pasa cuando un cerebro no puede elegir en qué enfocarse y acaba enfocándose en todo a la vez.
Hedy Lamarr: actriz de día, inventora de tu WiFi por las noches
Esta es mi favorita.
Hedy Lamarr era una de las actrices más famosas de Hollywood en los años 40. Y en los descansos de rodaje, mientras el resto del equipo fumaba o cotilleaba, ella se iba a una esquina a inventar cosas. Literalmente.
Durante la Segunda Guerra Mundial, diseñó junto al compositor George Antheil un sistema de comunicaciones por salto de frecuencia. La idea era que los torpedos teledirigidos pudieran cambiar de frecuencia para que el enemigo no los interceptara. La Marina estadounidense la ignoró. Una actriz inventando tecnología militar. Claro que sí.
Décadas después, ese mismo sistema se convirtió en la base del WiFi, el Bluetooth y el GPS.
Estás leyendo esto gracias a una actriz de Hollywood que no podía quedarse quieta entre toma y toma.
No hay diagnóstico formal de Lamarr, pero el patrón es difícil de ignorar. Una mente que no podía estar inactiva. Que necesitaba estimulación constante. Que saltaba de la actuación a la ingeniería como quien cambia de canal. Eso no es ser multitarea. Eso es un cerebro que necesita más de lo que una sola actividad puede darle.
Einstein y la oficina de patentes más productiva de la historia
Albert Einstein desarrolló la teoría de la relatividad especial mientras trabajaba como empleado de tercer nivel en una oficina de patentes en Berna. Sin laboratorio. Sin equipo. Sin financiación. Sin que nadie le hiciera caso en el mundo académico porque su expediente era, digamos, irregular.
Había suspendido el examen de entrada a la universidad. Se graduó sin que ningún profesor quisiera recomendarlo. Tardó dos años en encontrar trabajo y acabó en una oficina revisando patentes de relojes y brújulas.
Y mientras revisaba esas patentes, su cerebro hacía lo que los cerebros así hacen: pensar en otra cosa. Concretamente, en qué pasaría si viajaras montado en un rayo de luz.
Hay evidencia que apunta a rasgos compatibles con TDAH en Einstein. Dificultades académicas tempranas, problemas con la autoridad, rendimiento irregular, capacidad de hiperfoco en lo que le interesaba e incapacidad absoluta para lo que no. El aburrimiento de la oficina de patentes fue, paradójicamente, la incubadora perfecta. Un trabajo lo bastante tedioso como para que su mente se escapara a resolver los problemas que de verdad le importaban.
¿Qué tienen en común estos cinco cerebros?
No es el genio. No es la suerte. No es el CI.
Es que no funcionaban como se supone que hay que funcionar.
Edison no paraba. Fleming no limpiaba. Bell no se centraba. Lamarr no se estaba quieta. Einstein no prestaba atención en clase.
Y si les hubieras puesto delante un test de productividad convencional, habrían suspendido todos. Porque la productividad como nos la han vendido no está diseñada para cerebros que funcionan así.
Pero esos cerebros que se dispersan, que se aburren con lo lineal, que no pueden seguir instrucciones sin cuestionarlas, son los mismos cerebros que conectan puntos que nadie más ve. Que llegan a soluciones por caminos que no están en ningún mapa. Que inventan cosas porque su cabeza no les deja simplemente sentarse y hacer lo que toca.
No estoy diciendo que si tienes TDAH vas a inventar la bombilla. Estoy diciendo que el mismo cableado que te hace perder las llaves tres veces al día es el que puede hacer que veas soluciones donde otros ven callejones sin salida.
El problema no es el cerebro.
Es que nadie te ha explicado cómo funciona el tuyo.
Si quieres empezar a entender tu cabeza un poco mejor, he creado un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas reales. No es un diagnóstico, pero es el mejor primer paso que conozco.
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