Escritores con TDAH: cuando las palabras no se quedan quietas
Agatha Christie, Mark Twain, Hans Christian Andersen, Lord Byron, Poe. Escritores con cerebros que no paraban y obras que cambiaron la literatura.
Hay una imagen muy concreta de lo que es un escritor.
Un tipo solo, sentado, con un café frío, produciendo páginas de forma metódica. Disciplinado. Constante. Con un plan.
Lo que nadie te cuenta es que algunos de los escritores más importantes de la historia eran exactamente lo contrario. Impulsivos, caóticos, incapaces de quedarse quietos, con vidas que parecían diseñadas para colapsar antes de terminar el siguiente capítulo.
Y aun así escribieron obras que todavía leemos hoy.
¿Qué tienen en común los escritores que cambiaron la literatura?
No es la disciplina. No es el método. No es levantarse a las seis de la mañana con un ritual sagrado de escritura.
Es la intensidad.
La incapacidad de soltar algo que les ha enganchado. La hipersensibilidad emocional que hace que sus historias golpeen como golpean. La impulsividad que les mete en situaciones que luego se convierten en material.
Antes del disclaimer de siempre: no voy a decirte que el TDAH hace escritores geniales. Tengo demasiados días en los que no puedo escribir ni un email como para romantizarlo. Pero sí hay un patrón que se repite, y vale la pena mirarlo.
¿Cómo escribes 66 novelas si tienes problemas para leer?
Agatha Christie es la escritora más vendida de la historia después de la Biblia y Shakespeare. Sesenta y seis novelas de misterio. Más de dos mil millones de copias vendidas.
Lo que no suele aparecer en la misma frase es que Christie tenía dislexia documentada. Le costaba leer. Le costaba escribir a mano. Tardaba mucho más que sus contemporáneos en procesar el texto escrito.
Y encima desapareció once días en 1926.
Nadie sabe exactamente qué pasó. Su marido acababa de pedirle el divorcio. Se subió al coche una noche y no volvió. La encontraron días después en un hotel del norte de Inglaterra con un nombre falso, sin recordar nada claro de lo que había pasado.
La dislexia de Christie no le impidió escribir. Le obligó a construir las historias de otra manera, en la cabeza, antes de ponerlas en papel. Eso produjo tramas tan complejas que siguen sin tener competencia real. Y la intensidad emocional que demostró en esos once días desaparecida, esa incapacidad de procesar el golpe de una ruptura de forma "normal"... eso también está en sus libros. En cada Poirot hay una mente que no para de buscar el patrón que el resto no ve.
¿Y si la impulsividad fuera el combustible?
Mark Twain es uno de los escritores más influyentes de la literatura americana. Las aventuras de Tom Sawyer, Huckleberry Finn, su humor ácido que sigue siendo tan vigente que duele.
También era un desastre financiero de manual.
Invirtió una fortuna en una máquina de composición tipográfica que nunca funcionó bien. Quebró. Tuvo que hacer una gira de conferencias por el mundo entero para pagar las deudas. Sus decisiones de negocio eran tan impulsivas que sus biógrafos llevan décadas intentando explicarlas.
El humor de Twain no es una técnica literaria que aprendió en ningún sitio. Es la forma en que un cerebro con bajísima tolerancia a la hipocresía, al absurdo y a la solemnidad gratuita procesa el mundo. Cuando ves algo que te resulta ridículo y no puedes callártelo aunque la situación lo pida, eso produce el tipo de humor que Twain producía. Sin filtro, sin autocensura, con una precisión para el detalle absurdo que no se fabrica.
La impulsividad que le arruinó los negocios es la misma que le daba esa voz. No vienen separadas.
El niño que no encajaba y escribió cuentos para todos los niños que no encajan
Hans Christian Andersen era raro. No lo digo yo, lo decían todos los que le conocieron.
Hiperactividad que no podía disimular. Dislexia que le acompañó toda la vida. Una forma de moverse por el mundo que incomodaba a la gente. Era alto, desgarbado, con rasgos que no le favorecían, y encima no podía quedarse quieto ni callado en ninguna reunión social.
Viajaba de forma compulsiva. Pasó buena parte de su vida adulta en hoteles de toda Europa, incapaz de quedarse en un sitio fijo. Llevaba siempre una cuerda en la maleta por si había que escapar de un incendio desde la ventana. Eso no es excentricidad pintoresca. Eso es ansiedad real que no tenía marco donde encajar.
Y escribió El Patito Feo.
Un cuento sobre un ser que no encaja en ningún sitio, que es rechazado por ser diferente, que no entiende por qué los demás no le aceptan, y que al final resulta ser algo completamente distinto a lo que el entorno esperaba. Andersen no estaba escribiendo una fábula sobre la belleza interior. Estaba escribiendo su propia historia.
Cuando lees sus cuentos sabiendo lo que sabes de su vida, la cosa cambia de dimensión. La hipersensibilidad emocional que le hacía sufrir en sociedad es exactamente lo que hace que sus cuentos lleguen donde llegan.
¿Puede la impulsividad extrema producir poesía que no se olvida?
Lord Byron murió a los treinta y seis años. Antes de eso le dio tiempo a revolucionar la poesía romántica inglesa, tener aventuras amorosas que escandalizaban incluso a sus contemporáneos más liberales, acumular deudas que habrían hundido a tres generaciones enteras, y morirse en Grecia mientras ayudaba en una guerra de independencia que no era la suya.
La impulsividad de Byron no era un rasgo. Era su sistema operativo.
Tomaba decisiones en segundos que tendrían consecuencias durante años. Gastaba dinero que no tenía. Iniciaba relaciones que sabía que acabarían mal. Cambiaba de proyecto con una frecuencia que volvía locos a sus editores. Y en medio de todo ese caos producía poesía con una intensidad emocional que sus contemporáneos, incluyendo a Keats y Shelley, consideraban fuera de lo normal incluso para ellos.
El romanticismo como movimiento tiene mucho de cerebro que no procesa las emociones de la misma forma que el resto. Es un patrón que aparece también en las obras de arte que cambiaron la historia. La intensidad no es un adorno. Es el material del que están hechos.
Byron no llegó a los cuarenta. Pero los poemas llegaron.
¿Qué produce una mente que no puede apagar la oscuridad?
Edgar Allan Poe inventó el cuento de detectives moderno. Inventó el terror psicológico tal como lo conocemos. Influyó en Conan Doyle, en Lovecraft, en prácticamente cualquier escritor que haya trabajado el miedo o el misterio en los últimos dos siglos.
También tenía una relación con la realidad que no era exactamente estable.
La intensidad emocional de Poe no era un recurso literario que controlaba a voluntad. Era lo que había dentro. Sus narradores obsesionados, incapaces de soltar una idea aunque les destruya, que ven patrones donde otros no ven nada, que viven con una hipervigilancia constante frente a un mundo que amenaza con colapsar en cualquier momento... eso no se inventa desde la distancia.
Se escribe desde dentro.
El Corazón Delator es la historia de un hombre que no puede parar de escuchar un sonido que solo existe en su cabeza hasta que confiesa un crimen que podría haberse llevado a la tumba. La Caída de la Casa Usher es un relato sobre la hipersensibilidad llevada hasta el límite físico. Sus mejores cuentos son estudios de lo que pasa cuando un cerebro no tiene volumen.
No hay diagnóstico retroactivo limpio para Poe. Pero el patrón de lo que escribía y cómo vivía tiene una coherencia que no es casual.
Lo que tienen en común estos cinco escritores
Christie no podía leer normal pero construía tramas que nadie podía seguirle.
Twain no podía callarse lo que pensaba aunque le costara una fortuna.
Andersen no podía encajar en ningún sitio y escribió historias para todos los que tampoco encajan.
Byron no podía frenar aunque supiera que iba directo al muro.
Poe no podía apagar lo que su cabeza generaba aunque le destruyera la vida.
Ninguno funcionaba "normal". Todos tenían una relación con el mundo, con sus emociones y con su trabajo que los demás consideraban excesiva o incomprensible. Y esa relación, esa incapacidad de hacer las cosas a medias, es exactamente lo que hace que sus libros todavía estén en las estanterías.
Si tienes el mismo tipo de cerebro que Frida Kahlo, que Da Vinci o que Poe, no eres un escritor roto que necesita arreglarse para poder crear.
Eres un escritor que necesita entender cómo funciona su cabeza.
Hay una diferencia enorme entre los dos.
He preparado un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas reales. No es un diagnóstico, pero es el mejor punto de partida para empezar a entender cómo funciona tu cerebro.
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