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Hans Christian Andersen: el patito feo que escribía cuentos inmortales

Andersen tenía dislexia, era rechazado, viajaba compulsivamente y escribió El Patito Feo. No es casualidad que su cuento más famoso sea sobre no encajar.

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Hay un detalle en la vida de Hans Christian Andersen que la gente pasa por alto.

El cuento más famoso que escribió trata sobre un ser que no encaja en ningún sitio, que todos rechazan, que pasa años convencido de que algo en él está roto, y que al final resulta que no era un pato defectuoso sino un cisne en el entorno equivocado.

No es metáfora. Es autobiografía disfrazada de fábula infantil.

¿Quién era realmente Andersen más allá de los cuentos?

Todo el mundo conoce La Sirenita, El Soldadito de Plomo y El Patito Feo. Poca gente sabe cómo era el hombre que los escribió.

Andersen nació en 1805 en Odense, Dinamarca. Hijo de un zapatero pobre y una lavandera. Desde niño fue raro. Demasiado sensible, demasiado impulsivo, incapaz de quedarse quieto, con una imaginación que no respetaba horarios ni contextos. En el colegio era un desastre. Le costaba leer, le costaba escribir, no seguía el ritmo de los demás.

Tenía dislexia documentada. Y encima de eso, todos los rasgos que hoy asociaríamos a un cerebro con TDAH: hiperactividad, impulsividad, dificultad para adaptarse a normas, hiperfoco desbordante cuando algo le apasionaba, e incapacidad absoluta de funcionar cuando no era así.

Su ortografía era tan calamitosa que sus manuscritos llegaban llenos de errores que horrorizaban a sus editores. Sus contemporáneos lo describían como excéntrico, errático, difícil. Alguien que brillaba en momentos concretos y luego desaparecía en un agujero negro de inseguridad y angustia.

¿Por qué alguien que no encajaba en ningún sitio se convirtió en el escritor de cuentos más leído de la historia?

Esa es la pregunta que me parece interesante.

No es que Andersen superara sus limitaciones. No es que "trabajara el doble que los demás para compensar". Eso es el relato motivacional que se cuenta para hacer bonita la historia. La realidad es más rara y más útil.

Andersen encontró el único formato que su cerebro podía sostener de verdad.

Los cuentos cortos. Historias que podía imaginar enteras de una vez, escribir en una sesión, terminar antes de que la chispa se apagara. No novelas largas que exigen planificación, constancia y estructura sostenida. No ensayos académicos que requieren rigor y método. Cuentos. Breves, intensos, con toda la emoción concentrada en pocas páginas.

Eso no es casualidad. Eso es un cerebro que encontró su formato natural.

Cuando tu atención funciona en destellos en lugar de maratones, los textos cortos no son una limitación. Son tu ventaja.

¿Qué tiene que ver viajar compulsivamente con escribir cuentos?

Andersen viajó más que casi cualquier escritor de su época.

Visitó más de treinta países en una época en que viajar era lento, caro y agotador. Alemania, Italia, Turquía, España, Portugal, Suecia, Suiza. Viajó solo. Viajó cuando tenía dinero y cuando no lo tenía. Viajó cuando estaba bien y cuando estaba deprimido. Viajó como quien no puede parar quieto.

Sus biógrafos lo atribuyen a su personalidad inquieta. Yo lo atribuiría a algo más concreto.

Los cerebros con TDAH necesitan novedad para funcionar. No como capricho. Como combustible. La novedad activa la dopamina que el cerebro no genera de forma estable. Un entorno nuevo, un problema nuevo, una experiencia nueva produce el foco que la rutina no puede sostener.

Andersen viajando era Andersen dopaminándose.

Y cada viaje alimentaba sus cuentos. La Sirenita nació de su amor por el mar. El Patito Feo nació de su experiencia de ser rechazado en todos los entornos en que intentó encajar. Sus mejores historias son destilaciones de lo que vivió, vio y sintió en cada lugar que visitó.

No viajaba para escapar. Viajaba para llenarse.

El rechazo social que definió todo lo que escribió

Aquí viene la parte que más me interesa.

Andersen fue rechazado toda su vida. No de forma puntual ni pasajera. De forma sistemática y en todos los frentes.

En el colegio era el bicho raro. En Copenhague, cuando llegó de adolescente a intentar ser actor, le dijeron que era demasiado torpe, demasiado feo, demasiado raro. En los círculos literarios daneses lo toleraban pero nunca lo consideraron un igual. Los críticos lo machacaban. Sus amigos más cercanos le tenían cariño pero también lo encontraban agotador, intenso, imposible de manejar.

Se enamoró varias veces y fue rechazado varias veces.

Eso deja huella. Y en alguien con un sistema emocional ya de por sí más intenso que la media, la huella es más profunda.

Lo que Andersen hizo con esa huella, en lugar de enterrarla o ignorarla, fue convertirla en los cuentos que llevan dos siglos siendo traducidos a todos los idiomas del mundo.

El Patito Feo es el más obvio. Pero también La Sirenita, que sacrifica su voz para pertenecer a un mundo que al final no la acepta. Y El Soldadito de Plomo, que es diferente a los demás desde que nace y aun así persiste. Y La Cerillera, que muere en la calle invisible para todos.

Andersen no escribía entretenimiento para niños. Escribía sobre lo que se siente cuando no encajas y nadie entiende por qué.

Que eso haya resonado con cientos de millones de personas durante dos siglos dice algo sobre lo universal que es esa experiencia.

Puedes leer sobre otros escritores con TDAH que transformaron su cerebro diferente en obra y verás que el patrón aparece más veces de las que esperarías.

La dislexia que nadie mencionaba y que lo hizo más creativo

Los manuscritos de Andersen eran un caos ortográfico.

Palabras mal escritas, frases que cambiaban de dirección a mitad, correcciones sobre correcciones. Sus editores y secretarios pasaban horas limpiando lo que él entregaba. Andersen lo sabía y le avergonzaba. Pero no podía hacer mucho al respecto.

La dislexia no es falta de inteligencia. Es una forma diferente de procesar el lenguaje escrito. Y en alguien cuya herramienta principal era precisamente el lenguaje escrito, eso suponía una fricción constante.

Lo interesante es lo que no supuso.

No supuso que sus historias fueran menos ricas. No supuso que sus metáforas fueran menos precisas. No supuso que su capacidad de conectar con la emoción humana básica fuera menos potente. La dislexia afectó a la forma, no al fondo. Y el fondo era lo que importaba.

Mark Twain tiene una historia parecida

¿Qué le habría pasado a Andersen en un colegio actual?

Me hago esta pregunta con todos los históricos de los que hablo en este blog.

En el mejor de los casos, alguien habría identificado la dislexia y el TDAH pronto. Habría recibido apoyo específico. Habría llegado a adulto con menos heridas y con más herramientas.

En el peor de los casos, que es el más probable en muchos sistemas educativos actuales, habría sido diagnosticado como "difícil", medicado de forma genérica, y dirigido hacia un camino de menos resistencia que probablemente no era el suyo.

No hay forma de saber qué habría pasado. Pero la pregunta importa porque hay Andersens en las aulas de hoy. Niños raros, intensos, con ortografía terrible y cabezas que no paran. Que no encajan en el ritmo estándar y a los que se les está diciendo, con palabras o sin ellas, que algo en ellos está roto.

No está roto. Está mal orientado.

Lo que te llevas de esto

Andersen no es un ejemplo de que el sufrimiento ennoblece. No estoy romantizando nada.

Es un ejemplo de que un cerebro que no encaja en el entorno puede, en el entorno correcto, producir algo que el resto del mundo entiende mejor que cualquier otra cosa.

El Patito Feo lleva dos siglos diciéndonos que a veces lo que parece un defecto es solo que estás en el sitio equivocado. Que el problema no eres tú. Que el problema es que te han estado midiendo con el metro de otra especie.

Andersen tardó décadas en encontrar su entorno. Los cuentos, los viajes, la pluma en lugar del escenario. Pero lo encontró.

La pregunta que vale la pena hacerse no es si tu cerebro funciona mal. Es si llevas demasiado tiempo intentando ser un pato cuando eres otra cosa.

Si llevas años sintiéndote desfasado, lento o desordenado en entornos que no estaban diseñados para ti, puede que merezca la pena entender cómo funciona tu cerebro de verdad. He construido un test basado en escalas clínicas reales. Son 43 preguntas y en 10 minutos te da más contexto del que probablemente hayas tenido hasta ahora.

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