Tu historial de Google parece el de 5 personas distintas con TDAH
Receta de brownie, vuelos a Tokio, síntomas de apendicitis. Tu historial de búsquedas es el mapa de un cerebro con TDAH que no para.
Receta de brownie. Síntomas de apendicitis. Vuelos a Tokio. Cómo limpiar lechada del baño. Todo en 20 minutos.
Si alguien cogiera tu historial de Google y lo leyera en voz alta, pensaría que lo comparten cinco personas distintas. Cinco personas que no se conocen entre sí, que no tienen nada en común, y que posiblemente viven en países diferentes.
Pero no. Eres tú. Tú solo. Un martes a las 11 de la noche.
¿Por qué tu cerebro salta de tema en tema sin control?
Porque tu cerebro no busca información. Busca estímulos.
Un cerebro neurotípico abre Google, busca lo que necesita, lo encuentra y cierra la pestaña. Fin. Proceso limpio. Entrada y salida.
Tu cerebro abre Google, busca lo que necesita, encuentra un resultado interesante, pero dentro de ese resultado hay un enlace que menciona algo que te suena, y eso te recuerda a una cosa que viste en un vídeo, y ahora necesitas buscar ese vídeo, pero mientras lo buscas te aparece un artículo sobre algo que no sabías, y de repente estás leyendo sobre la historia de los submarinos nucleares sin saber cómo has llegado ahí.
Y la receta del brownie sigue en la primera pestaña. Sin hacer.
Esto tiene nombre. Se llama perseguir la novedad. Tu cerebro con TDAH necesita dopamina como el resto de cerebros, pero la suya llega a cuentagotas. Así que va saltando de estímulo en estímulo buscando ese chispazo que le active. Cada búsqueda nueva es un pequeño subidón. Cada link es una promesa de algo interesante. Y Google es un buffet infinito de promesas.
El problema no es que busques cosas raras. El problema es que no puedes parar de buscar.
Tu historial es un mapa de tu cerebro
Si lo piensas, tu historial de búsquedas es lo más honesto que tienes. Más que tu currículum. Más que tu Instagram. Más que lo que le cuentas a tu psicólogo.
Porque ahí está todo. Tus miedos a las 3 de la mañana. Tus obsesiones pasajeras. Esa semana que decidiste que ibas a aprender japonés y compraste tres libros que siguen en el carrito de Amazon. Esa noche que buscaste "es normal sentirse así" y no le diste a enter porque te dio vergüenza.
Tu historial cuenta la historia de un cerebro que no se está quieto. Que conecta cosas que nadie más conecta. Que va de "mejor sartén para tortilla" a "cómo funciona la fusión nuclear" en cuatro clics y sin despeinarse.
Y eso, que desde fuera parece caos, desde dentro tiene su lógica. Tu cerebro no salta sin sentido. Sigue un hilo invisible que solo tú ves. El problema es que ese hilo tiene 47 ramificaciones y cada una te parece igual de urgente.
Si alguna vez has mirado tus pestañas abiertas y te has asustado, tu historial es la precuela. Las pestañas son el síntoma. El historial es la enfermedad.
La madriguera de las 2 de la mañana
Hay un momento del día en que esto se multiplica por diez. Y es por la noche.
De día al menos tienes el trabajo, las reuniones, la gente que te interrumpe, algo de estructura externa que frena el impulso. Pero cuando se hace de noche y el mundo se calla, tu cerebro se desata. Porque ya no hay freno externo. Ya no hay nada que te saque de la espiral. Y Google está ahí, siempre abierto, siempre disponible, siempre con una respuesta más para darte.
Empiezas buscando algo útil. "Cómo organizar el armario". Perfecto. Legítimo. Pero en 20 minutos estás viendo un documental sobre el método KonMari, de ahí saltas a la historia de Marie Kondo, de ahí a la cultura japonesa del orden, de ahí a los templos de Kioto, de ahí a vuelos a Japón en primavera, y de repente son las 2 de la mañana y tu armario sigue exactamente igual.
Es el mismo patrón que el scroll infinito. Pero peor. Porque el scroll es pasivo. Google es activo. Tú estás eligiendo buscar. Tú estás eligiendo hacer clic. Y eso te hace sentir que estás haciendo algo productivo cuando en realidad estás alimentando la dispersión.
No es curiosidad. Es tu cerebro pidiendo dopamina.
Esto es lo que más cuesta entender.
Porque desde fuera parece curiosidad. Y la curiosidad es buena, ¿no? Todo el mundo dice que la curiosidad es una virtud. Que la gente curiosa es más inteligente, más creativa, más interesante.
Y es verdad. Pero hay una diferencia entre curiosidad elegida y curiosidad compulsiva. La curiosidad elegida es cuando decides investigar algo porque te interesa. La curiosidad compulsiva es cuando no puedes dejar de investigar aunque quieras parar. Cuando abres una pestaña nueva sabiendo que no la necesitas. Cuando buscas algo que no tiene nada que ver con lo que estabas haciendo y ni siquiera sabes por qué.
Eso no es curiosidad. Es tu cerebro buscando el siguiente chute.
Es lo mismo que cuando abres una app y olvidas a qué entrabas. Tu cerebro arrancó una acción, se distrajo con otra cosa por el camino, y ahora estás perdido en territorio desconocido. Pero en vez de una app, son 15 pestañas de Google sobre temas que no tienen conexión entre sí.
Qué puedes hacer con esto (sin dejar de ser tú)
No te voy a decir que dejes de buscar cosas en Google. Eso sería como decirte que dejes de respirar. Tu cerebro funciona así. Y, sinceramente, parte de lo que te hace interesante es que sabes un poco de todo.
Pero hay una cosa que marca la diferencia: ser consciente del momento en que la búsqueda deja de ser tuya y empieza a ser del impulso.
Esa fracción de segundo en la que piensas "voy a buscar esto" y algo dentro de ti sabe que no lo necesitas. Que es el cerebro pidiendo otro chute. Que si no buscas eso, no pasa absolutamente nada. Pillar ese momento es el truco. No siempre lo vas a pillar. Pero cada vez que lo pilles y decidas cerrar la pestaña, habrás ganado un asalto.
Y los asaltos se acumulan.
Tu historial siempre va a parecer el de cinco personas. Eso no va a cambiar. Pero puedes decidir cuántas horas de tu vida le regalas a la madriguera. Y cuántas te quedas para el brownie.
Que al final, el brownie sigue sin hacerse.
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Si tu historial de búsquedas te hace dudar de si tienes una persona o cinco dentro de la cabeza, quizá no es curiosidad sin más. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. 10 minutos. Sin registro. Y con un mapa de tu cerebro al final que explica bastante más que tu historial de Google.
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