Abrir una app y olvidar a qué entrabas: el agujero negro digital
Coges el móvil con un objetivo, abres una app, y tres segundos después no sabes a qué venías. Bienvenido al agujero negro digital del TDAH.
Cojo el móvil. Desbloqueo. Abro Instagram.
Espera. No venía a esto.
¿A qué venía?
No me acuerdo. Pero ya estoy aquí. Y hay un reel de un tío haciendo una tarta de Oreo. Y otro de un gato cayéndose de una mesa. Y uno de un señor restaurando un hacha del siglo XVII con las manos.
15 minutos después sigo en Instagram. Sin saber para qué cogí el móvil.
Esto me pasa mínimo tres veces al día. A veces cinco. A veces pierdo la cuenta, lo cual es bastante coherente con el problema.
Y lo peor no es el tiempo perdido. Lo peor es esa sensación de vacío al cerrar la app. Ese momento en el que piensas "he estado 15 minutos aquí y no sé por qué entré ni qué he visto". Como si tu cerebro hubiera ido al supermercado, se hubiera perdido en el pasillo de las galletas, y hubiera vuelto a casa sin la leche que necesitaba.
¿Por qué tu cerebro se traga la pantalla?
Porque tu cerebro funciona con dopamina. Y la dopamina es lo que te permite mantener una intención en la cabeza el tiempo suficiente para ejecutarla.
En un cerebro neurotípico, la cadena es simple: cojo el móvil, recuerdo que iba a mirar el horario del dentista, abro el navegador, busco el teléfono, llamo. Hecho. 40 segundos.
En un cerebro con TDAH, la cadena se rompe por el eslabón más débil. Coges el móvil. Ves una notificación de Instagram. Tu cerebro, que tiene la fuerza de voluntad de un cachorro delante de una chuletería, suelta la intención original y se va detrás de la notificación. El motivo por el que cogiste el móvil se evapora. Literalmente. Como si nunca hubiera existido.
No es que seas tonto. No es que no te importe. Es que la memoria de trabajo con TDAH es como una pizarra en la que alguien pasa el borrador cada tres segundos. Puedes escribir lo que quieras, pero no dura.
Y las apps lo saben.
El diseño que te atrapa no es casualidad
Instagram, TikTok, YouTube Shorts. Todas están diseñadas para secuestrar exactamente el tipo de cerebro que tú tienes. Scroll infinito, recompensa inmediata, contenido aleatorio que nunca sabes qué te va a dar. Es una máquina tragaperras disfrazada de red social.
Para un cerebro neurotípico, esto es entretenimiento. Para un cerebro con TDAH, es un bucle del que es casi imposible salir. Porque tu cerebro necesita dopamina, y cada scroll le da un poquito. No mucha, pero la suficiente para que no puedas parar. La suficiente para que "solo miro un momento" se convierta en 45 minutos tirado en el sofá viendo vídeos de gente haciendo slime.
Y cuando por fin sales del bucle, no te sientes mejor. Te sientes peor. Porque has perdido tiempo, no has hecho lo que tenías que hacer, y encima ni siquiera recuerdas qué estabas viendo. Es como una resaca sin haberte divertido.
¿Es pereza o es tu cerebro jugándote la misma broma de siempre?
Esto es lo que más jode.
Porque desde fuera parece que eres una persona que no puede soltar el móvil. Que tiene un problema de disciplina. Que necesita "fuerza de voluntad". Y tú te lo crees. Te miras y piensas "soy un adicto al móvil" y sientes culpa. Mucha culpa.
Pero no es adicción sin más. Es un cerebro que no regula bien la atención. Un cerebro que no elige dónde poner el foco, sino que va detrás de lo que más brilla. Y en el año 2025, lo que más brilla cabe en tu bolsillo y tiene notificaciones.
La diferencia entre alguien sin TDAH que pierde tiempo en el móvil y alguien con TDAH que pierde tiempo en el móvil es que el primero puede decir "vale, ya" y soltar el teléfono. El segundo necesita que se le acabe la batería, que alguien le llame, o que su cuerpo le recuerde que lleva dos horas sin ir al baño.
La cosa se complica todavía más cuando coges el móvil para algo productivo. Porque no es solo que te distraigas cuando estás procrastinando. Es que la dependencia del móvil con TDAH te atrapa incluso cuando tenías una intención legítima. Ibas a poner una alarma. Ibas a contestar un mensaje importante. Ibas a buscar una dirección. Y de repente estás en Twitter leyendo un hilo sobre conspiraciones del queso manchego.
La versión digital de entrar en una habitación y olvidar a qué ibas
¿Conoces esa sensación? Estás en el salón, te levantas, vas a la cocina, y al cruzar la puerta piensas "¿a qué venía?". Te quedas mirando la nevera como si fuera a darte la respuesta. Vuelves al salón. Y al sentarte, lo recuerdas.
Es el "efecto puerta". Tu cerebro resetea el contexto al cambiar de espacio.
Pues abrir una app es exactamente igual. Entrar en una habitación y olvidar a qué ibas es la versión analógica. Desbloquear el móvil y olvidar a qué entrabas es la versión digital. Mismo cerebro. Mismo fallo. Diferente escenario.
La pantalla de inicio del móvil es una puerta. Instagram es una puerta. Cada app que abres es un cambio de contexto. Y cada cambio de contexto es una oportunidad para que tu memoria de trabajo diga "no sé qué estábamos haciendo, pero mira, un meme de un capibara".
¿Se puede hacer algo o estamos condenados?
Se puede. No es fácil, pero se puede.
Lo primero que funciona es sacar la intención de tu cabeza antes de tocar el móvil. Dilo en voz alta. "Voy a buscar el horario del dentista." Parece ridículo. Lo es. Pero funciona. Porque al decirlo en voz alta le das a tu cerebro una segunda ancla. Ya no depende solo de la memoria de trabajo. Tiene un eco.
Lo segundo: pon las apps trampa lejos. Que Instagram no esté en la pantalla principal. Que TikTok esté en una carpeta dentro de otra carpeta. Que llegar a ellas requiera esfuerzo consciente. No mucho. Dos toques extra. Pero esos dos toques pueden ser suficientes para que tu cerebro diga "ah, espera, yo venía a otra cosa".
Lo tercero: usa el reloj. Si necesitas hacer algo en el móvil, pon un temporizador de 2 minutos antes de desbloquearlo. Suena absurdo. Pero esos 2 minutos son un contrato contigo mismo. El reloj suena, cierras el móvil. Aunque no hayas terminado. Aunque el reel del hacha vikinga esté a medias.
Y lo cuarto: acepta que vas a caer. No todos los días vas a poder evitarlo. Hay días en los que vas a coger el móvil para poner una alarma y vas a acabar 20 minutos en YouTube viendo un documental sobre cómo fabrican lápices. Y está bien. No eres un fracasado. Eres una persona con un cerebro que funciona distinto usando un aparato diseñado para explotar exactamente eso.
La culpa no ayuda. Entender cómo funciona tu cerebro, sí.
Y si cada vez que coges el móvil se te olvida la vida, no es que seas irresponsable. Es que tu cerebro tiene un filtro de atención que se va con el primer estímulo brillante que aparece. Y en un rectángulo de cristal que cabe en tu mano, estímulos brillantes hay miles.
Si esto te suena demasiado familiar y llevas tiempo pensando que es solo un problema de disciplina, quizá no lo es. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. No es un diagnóstico, pero sí un buen punto de partida. 10 minutos.
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