Ganar un premio y no saber gestionarlo con TDAH: la euforia que se apaga
Ganas algo importante. La euforia dura 3 horas. Después, vacío. Con TDAH los logros se apagan tan rápido como llegan.
Ganas algo. Un premio, un ascenso, un reconocimiento. La euforia dura 3 horas. Después llega el vacío. Con TDAH, los momentos de éxito se apagan tan rápido como se encienden.
Y lo peor no es que se apaguen. Lo peor es que no entiendes por qué.
Hace un tiempo gané un premio. No voy a dar muchos detalles porque no es lo relevante. Lo relevante es lo que pasó después. La secuencia fue así: me lo comunicaron, grité, se lo conté a todo el mundo, publiqué algo en redes, recibí felicitaciones, cené algo rico. Y a las 11 de la noche, tumbado en la cama, sentí exactamente lo mismo que si no hubiera pasado nada.
No tristeza. No euforia. Nada.
Como si alguien hubiera desenchufado la emoción mientras yo no miraba.
¿Por qué no puedo disfrutar mis logros si tengo TDAH?
Porque tu cerebro no regula la dopamina como el de los demás.
La dopamina es la sustancia que te hace sentir bien, motivado, recompensado. Cuando alguien sin TDAH consigue algo importante, su cerebro suelta dopamina y la mantiene un rato. La saborea. La estira como un chicle. Puede estar tres días flotando después de una buena noticia.
Tu cerebro no hace eso.
Tu cerebro suelta dopamina de golpe, toda junta, como abrir una lata de refresco agitada. El chorro es brutal los primeros segundos. Euforia pura. Quieres llamar a todo el mundo, quieres celebrarlo, quieres subirte a una mesa y gritar.
Y luego se acaba. Así, sin aviso. Como cuando se va la luz en casa y de repente estás a oscuras sin saber dónde has dejado las velas.
El problema no es que no sientas la alegría. La sientes. Pero tu cerebro la procesa en modo sprint, no en modo maratón. Y cuando termina el sprint, no queda nada. Solo la sensación extraña de que deberías seguir contento pero no lo estás.
¿Es normal sentir vacío después de algo bueno?
Con TDAH, completamente normal. Y tiene nombre: se llama regulación emocional deficiente. Suena muy clínico, pero traducido al castellano significa que tus emociones van sin amortiguadores. Los baches se sienten el triple, las cuestas abajo van a toda velocidad, y cuando llegas a terreno llano tu cuerpo sigue vibrando como si acabaras de bajarte de una montaña rusa.
Pero hay otra capa. Porque no solo es la dopamina.
Es que, además, no te crees los cumplidos. Te dan un premio y una parte de ti piensa "ha sido suerte". Te ascienden y piensas "se van a dar cuenta de que no valgo para esto". Alguien te felicita y tú, internamente, estás buscando la trampa.
Años de fallar en cosas que los demás hacían sin esfuerzo te enseñaron que tus logros son accidentes. Que lo tuyo no es talento, es chiripa. Y cuando la euforia inicial se esfuma, lo que queda debajo es esa creencia vieja, oxidada, de que no te lo mereces.
¿Y qué pasa con la gente de alrededor?
Esto es lo que nadie te cuenta.
Ganas algo. La gente se alegra. Te abrazan, te escriben, te dicen "te lo mereces". Y tú al día siguiente ya estás pensando en otra cosa. O peor: estás medio triste sin saber por qué.
Y la gente no lo entiende.
"Pero si acabas de ganar un premio, ¿cómo vas a estar mal?"
Y no estás mal exactamente. Es más raro que eso. Es como si el logro ya no te perteneciera. Como si hubiera pasado hace tres meses y no hace 12 horas. Tu cerebro ya ha archivado esa información y está buscando el siguiente estímulo.
Esto genera una desconexión brutal con tu entorno. La gente quiere celebrar contigo y tú ya no estás ahí. Sientes que engañas a todos porque por fuera sonríes y por dentro no queda nada que celebrar.
¿Se puede alargar la euforia?
No se trata de alargarla. Se trata de no esperar que dure.
Suena contraintuitivo, pero la clave está en cambiar las expectativas. Si sabes que tu cerebro procesa la alegría en modo ráfaga, puedes prepararte para lo que viene después. No para evitarlo, sino para no asustarte cuando llegue.
Algunas cosas que a mí me funcionan:
Registrar el logro antes de que se apague. Escribirlo. En un cuaderno, en una nota del móvil, en un post-it en la nevera. Porque cuando el vacío llega, tener algo físico que diga "esto pasó y fue real" es como un ancla.
No tomar decisiones en la bajada. Después del pico de euforia viene la bajada. Y en esa bajada, tu cerebro te dice cosas horribles. Que no fue para tanto. Que tuviste suerte. Que la siguiente vez no lo vas a conseguir. No le hagas caso. No es la realidad. Es tu neurología haciendo de las suyas.
Contárselo a alguien que entienda. No para que te diga "pero si estás genial". Sino para que te diga "ya, es normal, mañana lo verás de otra forma". Alguien que no te juzgue por no estar dando saltos de alegría una semana entera.
Dejar de compararte con cómo "deberías" sentirte. Porque el problema de autoestima que viene con el TDAH se alimenta de esa comparación. "Debería estar feliz". "Debería estar orgulloso". "Debería estar celebrando". Deberías, deberías, deberías. Pero tu cerebro funciona como funciona, y pelear contra eso es pelear contra la física.
No es ingratitud. Es neurología.
Eso es lo más importante de todo esto.
No eres un desagradecido. No eres alguien incapaz de valorar lo bueno. No eres frío ni distante ni raro.
Eres alguien con un cerebro que procesa las recompensas a una velocidad diferente. Y cuando el mundo espera que estés celebrando tres semanas y tú llevas vacío desde las 11 de la noche, la distancia entre las dos cosas puede hacerte sentir que algo está roto dentro de ti.
No está roto. Funciona diferente. Y entender eso no arregla la sensación, pero al menos te quita la culpa.
Que ya es bastante.
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