Facturas 5.000 al mes y tienes 200 en la cuenta: nadie te contó esta parte
Facturar 5.000 € y tener 200 en la cuenta es más normal de lo que crees. Nadie te enseñó la diferencia entre facturar y ganar.
Facturaste 5.000 este mes. En tu cuenta hay 200. Impuestos, plataformas, herramientas, colaboradores. Nadie te explicó que facturar y ganar son dos deportes completamente distintos.
Uno es el que pones en Instagram. El otro es el que consultas en el cajero a las once de la noche, con cara de circunstancias, rezando para que el número tenga al menos tres cifras.
Y no. No es porque lo hagas mal. Es porque nadie se sienta a explicar esta parte del juego.
¿Por qué facturar mucho no significa ganar mucho?
Porque entre lo que entra y lo que se queda hay un desfile de manos invisibles que se llevan su trozo.
Hacienda. La cuota de autónomos. La pasarela de pago. El hosting. El dominio. La herramienta de email que pagas desde 2023 y usas a medias. La otra herramienta que contrataste "un mes de prueba" y llevas catorce meses pagando. El diseñador para aquel logo que cambiaste dos veces. La asesoría. El IVA que cobraste y gastaste como si fuera tuyo.
Ese IVA que cobraste y gastaste como si fuera tuyo. Eso merece su propio párrafo.
Porque el IVA no es dinero tuyo. Es dinero que Hacienda te deja sujetar un rato, como cuando tu madre te dejaba llevar el carrito de la compra en el supermercado. Tú creías que mandabas, pero el carrito nunca fue tuyo.
Y cuando llega el trimestre y ves la cifra que tienes que devolver, la sensación es la misma que cuando te quitan el carrito. Solo que ahora duele de verdad.
¿Cuándo dejé de confundir facturación con beneficio?
Cuando me di cuenta de que mi cuenta corriente no mentía pero mi cabeza sí.
Yo miraba las facturas emitidas y pensaba "voy bien". Miraba la cuenta y pensaba "algo falla". Como esas parejas que por fuera parecen felices y por dentro llevan cuatro meses sin hablarse. Los números de fuera brillan. Los de dentro están en terapia.
El problema es que nadie te enseña a mirar los números de dentro. Ni en la universidad, ni en los cursos de emprendimiento, ni en los hilos de Twitter donde alguien presume de facturar seis cifras desde la playa.
Montar una empresa joven suena épico
Los gastos que no ves hasta que ya te han comido
Hay gastos evidentes. La cuota de autónomos. El IRPF. Los proveedores. Esos los ves venir.
Luego están los otros. Los fantasma. Los que entran por la puerta de atrás mientras tú miras la facturación bruta y te sientes empresario del año.
La suscripción que cuesta "solo" 29 € al mes. Pero tienes doce. Eso son 348 € al año en herramientas que no recuerdas haber abierto en febrero. La comisión del 3% de la pasarela de pago que no parece nada hasta que haces las cuentas a final de año y son 1.800 € que se evaporaron. El coste de tu tiempo en tareas que odias y haces fatal pero no delegas porque "no me lo puedo permitir".
Y mientras tanto, la facturación sigue subiendo. Y la cuenta sigue sin moverse.
Es como llenar una bañera con el tapón quitado. Puedes abrir el grifo a tope, pero si no tapas el desagüe, el nivel nunca sube.
¿Y entonces qué haces con eso?
Lo primero: dejar de mirar la facturación como métrica principal. La facturación es vanidad. El beneficio es cordura. Y el dinero en la cuenta es la verdad, sin maquillaje.
Lo segundo: abrir la maldita hoja de cálculo. Apuntar todo lo que entra. Apuntar todo lo que sale. Incluyendo esas suscripciones que llevas ignorando porque son "solo" 9,99 al mes. Nueve veces diez son cien euros. Cien euros al mes son 1.200 al año. Lo que cuesta una vacación decente o medio invierno de calefacción.
Lo tercero, y esto es lo que más me costó: aceptar que ganar menos al principio es parte del plan. No del fracaso. Del plan. Porque emprender no es ganar más desde el día uno. Es construir algo que algún día te permita ganar más sin vender tu tiempo por horas. Pero ese "algún día" requiere que los números de hoy cuadren, aunque sean pequeños.
Y lo cuarto: dejar de compararte con la facturación de otros. Porque no sabes sus gastos, no sabes sus deudas, no sabes si esos 10.000 € de facturación les dejan 800 o 8.000. Y la mayoría no te lo va a contar.
El número que importa de verdad
No es cuánto facturas. Es cuánto te queda después de pagar todo. Después de Hacienda, de las herramientas, de los colaboradores, del café que te tomas para no tirarte por la ventana al ver el extracto bancario.
Ese número. El de abajo del todo. El que da vergüenza decir en voz alta.
Ese es tu negocio real.
Puedes facturar 10.000 y quedarte 1.500. Puedes facturar 3.000 y quedarte 2.400. El segundo caso es mejor negocio. Punto. No necesita más explicación, solo necesita que dejes de mirar el número gordo y empieces a mirar el que importa.
Dar el salto no es cuestión de fe, es cuestión de números
Y si hoy no cuadra, no significa que mañana no cuadre
Porque la gracia de esto es que puedes ajustar. Puedes cancelar esas cuatro suscripciones que no usas. Puedes subir precios. Puedes dejar de hacer cosas que no generan dinero y parecen productivas pero son solo ruido disfrazado de trabajo.
Puedes, básicamente, tapar el desagüe de la bañera.
Nadie te contó que emprender era más de contable que de visionario. Que las tardes de viernes se pasan más con números que con celebraciones. Que "he facturado 5.000" y "me quedan 200" pueden ser la misma frase sin que haya contradicción.
Pero ahora lo sabes. Y saberlo ya es tener ventaja sobre el tú de hace un mes que seguía mirando la facturación bruta y sintiéndose rico.
Rico en facturas. Pobre en cena de viernes.
---
Si quieres simplificar cómo funciona tu cabeza cuando emprendes, tengo un truco gratis que me enseñó mi psicóloga. Sin trampa, sin pedir el correo si no quieres.
Sigue leyendo
Monté una empresa a los 22 y no podía ni pagar un café
Monté mi primera empresa de software a los 22. Fracasé. No podía pagar ni un desayuno. Esta es la historia que no cuento en LinkedIn.
47 apps de productividad y sigues sin hacer nada: el problema no es la app
Tienes Notion, Asana, Trello y 12 automatizaciones. Y sigues sin hacer las cosas. Quizá el problema no es la herramienta, es la complejidad.
Monté un consejo directivo con IA y dejé de decidir solo a las 3AM
Emprendes solo, decides solo, la cagas solo. Así uso la IA como un equipo directivo que me contradice, me cuestiona y me salva de mí mismo.
Tu barbero sabe más de IA que el 90% de LinkedIn
La gente que mejor usa la IA no publica sobre ella. Usa herramientas para resolver problemas reales, no para escribir carruseles de 5 prompts.