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Has empezado de cero tres veces y cada vez llegas más lejos

"Empezar de cero no es fracasar. Es volver con el mapa de las minas, los callos hechos y la mochila más ligera. Última parada del viaje."

emprendimiento

La primera vez dolió. La segunda fue más rápida. La tercera ya sabías dónde no pisar. Empezar de cero no es volver atrás. Es volver con el mapa de las minas.

Y el mapa lo dibujaste tú. Con cada hostia, con cada cliente que se fue, con cada mes que los números no salían, con cada noche mirando el techo pensando "¿y si esto no funciona?". Ese mapa no se borra. Aunque tú creas que sí.

Porque hay una diferencia brutal entre empezar de cero sin saber nada y empezar de cero sabiéndolo todo.

¿Por qué la gente cree que volver a empezar es fracasar?

Porque lo miden mal.

Miran el resultado y ven un cero. Cuenta bancaria en rojo, proyecto cerrado, volver a la casilla de salida. Y dicen "ha fracasado". Como si el marcador fuera lo único que importa. Como si un partido de fútbol se juzgara solo por el resultado y no por las jugadas.

Pero tú sabes algo que no saben. Sabes que la primera vez que montaste algo, no tenías ni idea de poner un precio. Cobrabas lo que te daba menos vergüenza. La segunda vez ya sabías que cobrar poco no es ser humilde, es ser tonto. Y la tercera, directamente mandabas el presupuesto sin temblar.

Eso no es volver a cero. Eso es empezar desde otro punto del mapa.

Lo que pasa es que el punto nuevo no se ve desde fuera. Desde fuera solo ven que otra vez estás en tu cuarto con un portátil y una idea. Desde dentro, sabes que esta vez no vas a cometer los mismos errores. Vas a cometer otros nuevos, mejores, más interesantes.

¿Cuántas veces hay que empezar para que cuente?

Las que haga falta.

No hay un número mágico. No hay una regla de "al tercer intento funciona" ni un límite de vidas como en los videojuegos. Bueno, sí hay un límite: el día que te rindes. Ese día se acaba. Mientras no llegue, sigues en la partida.

Y cada vez que vuelves a empezar, lo haces más rápido. La primera vez tardaste meses en montar algo. Investigar, probar, dudar, preguntar, dudar otra vez, comprar un dominio, cambiar de dominio, replantearte todo, casi dejarlo, y finalmente lanzar algo que funcionaba a medias. La segunda vez hiciste lo mismo en semanas. La tercera, en días.

Porque ya no necesitas investigar tanto. Ya sabes qué funciona y qué no. Ya sabes que ese tipo de cliente no te conviene. Ya sabes que ese modelo de negocio era una trampa bonita. Ya sabes que no poder pagarte ni un café no significa que tu idea sea mala. Significa que estás aprendiendo el oficio con tu propio dinero, que es la matrícula más cara y la que mejor se recuerda.

¿Qué se queda cuando todo lo demás se va?

Tú.

Pero no el mismo tú que empezó la primera vez. Un tú con callos. Con reflejos. Con un detector de tonterías que antes no tenías. Con la capacidad de oler un problema antes de que explote porque ya lo viste explotar dos veces.

Se quedan los contactos que hiciste. Las habilidades que desarrollaste. La capacidad de aguantar la incertidumbre sin que te dé un ataque de pánico cada martes. Bueno, quizá algún martes sí. Pero ya sabes que pasa.

Se queda también algo más difícil de explicar: la certeza de que puedes. No "creo que puedo" motivacional de póster de oficina. Puedes de verdad. Porque ya lo hiciste. Mal, raro, a trompicones, pero lo hiciste. Y eso no te lo quita nadie.

¿Y si la motivación para seguir no es bonita?

Mejor.

Las motivaciones bonitas duran un lunes. Las feas duran años. La motivación que no se va no es un tablero de sueños, es un recuerdo que escuece. Un momento concreto que te jurastes que no ibas a repetir. Un mes que no llegaste a fin de mes. Una conversación que te hizo sentir pequeño.

Eso no es tóxico. Es combustible real. Es saber exactamente por qué estás haciendo esto, aunque la razón no quede bien en un post de Instagram.

Y cada vez que empiezas de cero, ese recuerdo sigue ahí. Intacto. Pero ahora no te paraliza. Te empuja. Porque la primera vez te daba miedo volver a ese punto. La segunda vez te daba rabia. La tercera, te da risa. "Mira, otra vez aquí. Pero esta vez sé el camino."

¿Y si la próxima vez tampoco funciona?

Pues se empieza otra vez.

Sin drama. Sin épica. Sin publicar un post lacrimógeno sobre la resiliencia y las cenizas del ave fénix. Se empieza porque es lo que haces. Porque ya descubriste que la alternativa es volver a lo seguro y eso te da más miedo que volver a empezar.

Eso es lo que separa a la gente que lo intenta tres veces de la gente que lo intenta una. No es talento. No es dinero. No es tener mejores ideas. Es que los de tres veces ya descubrieron que el suelo no está tan abajo como parece. Que caer no duele tanto como imaginabas. Y que levantarse es más rápido cada vez porque ya conoces el movimiento.

No estás empezando de cero. Estás empezando desde experiencia.

Y eso, aunque no lo parezca, es la ventaja más injusta que existe.

Así que si estás ahí, otra vez con la pantalla en blanco y una idea que te quema por dentro, no te disculpes. No expliques. No justifiques. Simplemente empieza. Otra vez. Con todo lo que sabes. Con todo lo que perdiste. Con todo lo que aprendiste al perderlo.

Porque la gente que nunca ha empezado de cero no tiene ni idea de lo lejos que se puede llegar tropezando.

Y tú ya tienes el mapa.

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