5 descubrimientos científicos accidentales hechos por cerebros caóticos
La penicilina, los rayos X, la vulcanización... Descubrimientos que cambiaron el mundo gracias al caos, la distracción y mentes que no podían parar quietas.
Hay una fantasía que nos venden desde el colegio: el científico serio, metódico, que sigue el protocolo al pie de la letra y después de años de disciplina impecable, anuncia su gran descubrimiento.
Bata blanca. Laboratorio ordenado. Todo bajo control.
La realidad es bastante más sucia.
Algunos de los descubrimientos más importantes de la historia pasaron porque alguien se olvidó de limpiar una placa. Porque alguien derramó algo donde no debía. Porque alguien estaba trabajando en otra cosa y su cerebro saltó sin permiso a donde le dio la gana.
Caos como método.
Suena familiar, ¿no?
¿Y si el desorden no era el problema?
Antes de la lista, un apunte rápido.
No estoy diciendo que tener TDAH garantice que vayas a inventar nada. Eso sería el discurso motivacional de autoayuda que me parece un coñazo.
Lo que sí digo es que hay un patrón en estos descubrimientos: personas que no podían ceñirse a un solo camino, que saltaban entre temas, que dejaban cosas a medias, que mezclaban lo que no debían mezclar. Y de ese caos salió algo enorme.
No a pesar del desorden.
Gracias a él.
1. Fleming y la placa sucia que cambió la medicina
Agosto de 1928. Alexander Fleming se va de vacaciones y deja su laboratorio sin recoger. Una placa de Petri con bacterias Staphylococcus queda expuesta al aire.
Cuando vuelve, lo que encuentra es un desastre: la placa está contaminada con un hongo. Lo normal habría sido tirarla y empezar de nuevo.
Fleming no hizo eso.
Se fijó en algo raro: alrededor del hongo, las bacterias estaban muertas. El hongo las había matado.
Ese hongo era Penicillium notatum. Ese descubrimiento fue la penicilina. Ese antibiótico ha salvado cientos de millones de vidas.
Todo porque un tío se fue de vacaciones con el laboratorio sin recoger.
Si te interesa más sobre el desorden de Fleming y su forma de trabajar, hay más contexto ahí. Pero el resumen es este: su reputación en el laboratorio era de caótico. Lo que sus compañeros veían como defecto resultó ser el mecanismo exacto que necesitaba.
2. Röntgen y los rayos X que nadie buscaba
Wilhelm Röntgen llevaba semanas trabajando con rayos catódicos en su laboratorio de Würzburg. 8 de noviembre de 1895. Tarde noche. El laboratorio en penumbra.
Estaba haciendo pruebas con un tubo de vacío cubierto con papel negro para bloquear la luz. A cierta distancia, había dejado una pantalla recubierta de un compuesto fluorescente.
La pantalla brilló.
Röntgen se quedó paralizado. No debería haber brillado. El tubo estaba tapado. Los rayos catódicos no llegan tan lejos ni atraviesan materiales sólidos.
Lo que salía de ese tubo era otra cosa completamente distinta. Algo que él mismo no sabía nombrar.
Le llamó rayos X porque X es la variable matemática para lo desconocido.
En dos semanas hizo la primera radiografía de la historia: la mano de su mujer con el anillo de boda incluido.
Lo más flipante: Röntgen no buscaba eso. Estaba investigando otra cosa y su cerebro no pudo evitar preguntarse qué era esa luz extraña. No lo ignoró. No lo descartó como ruido. Lo siguió.
La curiosidad descontrolada como motor de descubrimiento. Eso mismo que a Feynman le llevó a entender el mundo de una forma completamente diferente.
3. Goodyear y el caucho que cayó en la estufa
Charles Goodyear llevaba años obsesionado con una sola idea: hacer el caucho útil.
El problema del caucho natural era que se derretía con el calor y se volvía rígido con el frío. No servía para nada práctico. Todo el mundo lo sabía. Todo el mundo había abandonado.
Goodyear no.
Durante años experimentó mezclando caucho con cualquier cosa que se le ocurriera: magnesia, ácido nítrico, bronce. Nada funcionaba. Se arruinó varias veces. Lo encarcelaron por deudas. Su familia pasó hambre.
Y un día de 1839, sin querer, dejó caer una mezcla de caucho y azufre sobre una estufa caliente.
Lo que salió no se derritió ni se resquebrajó. Era flexible, resistente, estable.
Eso fue la vulcanización.
Goodyear no tenía formación científica formal. Funcionaba por obsesión y por el caos de probar cosas al azar. Sus contemporáneos lo veían como un lunático que malgastaba el tiempo y el dinero.
La llanta de tu coche lleva su apellido.
4. Nobel y la nitroglicerina que no debía sobrevivir
Alfred Nobel tenía entre manos un material extremadamente inestable: la nitroglicerina.
Era potentísima como explosivo, pero imposible de controlar. Explotaba cuando le daba la gana: con calor, con vibración, por accidente. La fábrica de su hermano voló por los aires. Su hermano menor murió.
En 1867, durante el transporte de varios contenedores de nitroglicerina, uno de ellos empezó a tener fugas. Para absorber el líquido, usaron tierra de diatomeas, una especie de polvo mineral poroso que había por allí.
Nobel se dio cuenta de que la mezcla resultante era mucho más segura de manipular pero seguía siendo igual de potente al detonar.
Había nacido la dinamita.
No lo buscaba. Lo encontró limpiando un desastre.
El mismo Nobel que después, atormentado por haber creado el mayor explosivo comercial de su época, dejó su fortuna para crear el Premio Nobel como intento de redención.
Otro cerebro que vivía en dos carriles a la vez, incapaz de quedarse en uno solo.
5. Perkin y el mauve que tiñó el siglo XIX
William Henry Perkin tenía 18 años y estaba intentando sintetizar quinina, el tratamiento contra la malaria, en su laboratorio casero durante las vacaciones de Semana Santa de 1856.
Fracasó.
Lo que obtuvo era un residuo negro y pegajoso en el fondo del matraz. Un fracaso absoluto según cualquier criterio.
Pero Perkin era joven, curioso y no tenía ni idea de cuándo parar. Disolvió ese residuo en alcohol casi por capricho.
El líquido se volvió de un púrpura intenso y brillante.
En aquella época, el color morado era extremadamente difícil de conseguir en telas. Era el color de la realeza por su rareza y coste. Perkin vio la aplicación inmediata, patentó el proceso y se hizo millonario antes de los 20 años.
El color se llamó mauve y desencadenó toda la industria de los colorantes sintéticos modernos.
Buscaba una medicina. Encontró un color. Siguió el rastro.
El caos no es el enemigo
Cinco historias. Cinco personas que, vistas desde fuera, parecían descontroladas, distraídas, obsesionadas con lo equivocado o simplemente dejadas.
Y en todos los casos, el descubrimiento llegó exactamente porque no pudieron seguir el camino recto.
Hay algo que todos estos casos tienen en común: la capacidad de ver algo inesperado y no ignorarlo. De no decir "eso no toca ahora" y seguir con el protocolo. De dejar que el cerebro vaya donde quiere ir aunque no sea donde se supone que debía estar.
Eso no es método científico clásico.
Eso es cómo funciona un cerebro que no puede parar quieto.
No digo que el caos sea siempre productivo. La mayoría de las veces solo es caos. Pero hay algo en esta forma de funcionar, en no poder evitar fijarte en lo que no deberías, en saltar de una cosa a otra, en seguir un hilo aunque nadie te lo haya pedido, que de vez en cuando produce algo que cambia todo.
Si quieres saber qué hay detrás de ese tipo de cerebro y si tú también funciones así, el test de TDAH para adultos te da una primera imagen bastante clara en menos de diez minutos.
Sin bata blanca. Sin laboratorio. Sin necesidad de derramar nada en ninguna estufa.
Aunque si lo haces, quizás también descubres algo. Nunca se sabe.
También puedes leer sobre otros inventores con TDAH si quieres más ejemplos de cerebros que cambiaron el mundo trabajando a su manera.
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