Volver al blog

Inventores con TDAH: los cerebros que no podían parar de crear

Edison, Bell, Da Vinci, Hedy Lamarr, Fleming. Los inventores más importantes tenían cerebros que no podían centrarse en una sola cosa. Y por eso inventaron.

tdahfamosos

Thomas Edison tenía 1093 patentes.

No es un error de tipografía. Mil noventa y tres.

Y la mayoría de ellas nacieron de que Edison era incapaz de quedarse con una sola idea. Empezaba algo, lo dejaba a medias, empezaba otra cosa, volvía a la primera, la abandonaba de nuevo, y en algún punto del caos salía algo que cambiaba el mundo.

Eso no es el método de trabajo de un cerebro organizado. Eso es el método de trabajo de alguien cuya cabeza va a mil y no tiene interruptor de apagado.

Y resulta que Edison no estaba solo.

¿Qué tienen en común los inventores más importantes de la historia?

Cuando empiezas a mirar sus biografías con cierta curiosidad, el patrón aparece bastante rápido.

Cerebros que saltaban de proyecto en proyecto. Que dejaban cuadernos llenos de ideas a medias. Que se quedaban absortos durante horas en algo que nadie más veía como importante, para luego desaparecer de lo que sí era urgente. Que mezclaban disciplinas que nadie mezclaba, precisamente porque no podían quedarse dentro de los límites de una sola.

No digo que todos tuvieran TDAH. No se pueden hacer diagnósticos retroactivos con garantías. Pero sí digo que el perfil cognitivo que aparece en todos ellos es llamativamente familiar para quien tiene un cerebro que funciona diferente.

Vamos a verlos uno a uno.

¿Por qué Edison inventaba tanto si no podía concentrarse?

La respuesta corta: precisamente por eso.

Thomas Edison fue expulsado del colegio con doce años. Sus profesores lo describían como "demasiado lento" para aprender. Su madre decidió educarlo en casa porque la escuela no sabía qué hacer con él.

Lo que la escuela interpretó como lentitud era otra cosa. Edison no se aburría por falta de capacidad. Se aburría porque su cerebro necesitaba estímulos que el aula no le daba. En cuanto algo lo enganchaba, era incapaz de parar.

A los trece años ya leía libros de física por su cuenta. No porque se lo mandaran, sino porque no podía evitarlo.

Esa hiperfocalización selectiva es una de las características más reconocibles del TDAH: incapacidad de prestar atención a lo que no te importa, y capacidad absurda de concentración cuando algo sí te engancha. El problema es que el sistema educativo solo valora la primera parte.

Edison construyó Menlo Park, su laboratorio de inventos, como el entorno perfecto para su cerebro: trabajaba en proyectos en paralelo, saltaba de uno a otro según lo que tuviera sentido en ese momento, tenía equipos que seguían adelante con lo que él dejaba a medias. No era desorden. Era un sistema diseñado para aprovechar cómo funcionaba su mente, en vez de luchar contra ella.

Resultado: 1093 patentes. El fonógrafo, la bombilla, el kinetoscopio. Y otros cientos de inventos que usamos sin saber que los inventó él.

¿Qué tiene que ver Alexander Graham Bell con el TDAH?

Bell inventó el teléfono. Eso lo sabe todo el mundo.

Lo que no sabe todo el mundo es que Bell consideraba que el teléfono era una interrupción de su trabajo real.

Su trabajo real era investigar sobre vuelos tripulados, diseñar hidroalas, desarrollar métodos para enseñar a hablar a personas sordas, crear detectores de metales, explorar comunicaciones inalámbricas. El teléfono, el invento por el que pasó a la historia, lo veía como un subproducto de su verdadero proyecto: entender cómo funcionaba el sonido.

Ese patrón, el de la mente que no puede encerrarse en un solo territorio, que sigue tirando hilos aunque la sociedad espere que te quedes con el primero que funcionó, es muy propio de cómo funciona un cerebro con TDAH. Los demás ven un éxito y dicen "céntrate en esto". El cerebro dice "sí, pero ¿y si también...?".

Bell nunca paró. Hasta el final de su vida siguió experimentando, siguió cambiando de proyecto, siguió siendo incapaz de sentarse en lo que ya había conseguido.

Para alguien con un cerebro neurotípico, eso puede sonar frustrante. Para alguien que conoce el TDAH por dentro, suena como un viernes por la tarde con energía de más y sin nada urgente que resolver.

¿Era Leonardo da Vinci el caso más extremo de todos?

Probablemente sí.

Da Vinci dejó 7000 páginas de cuadernos. Pintura, anatomía, hidráulica, arquitectura, ingeniería militar, astronomía, botánica, óptica. Todo mezclado, todo a medias, todo saltando de un tema a otro sin orden aparente.

Completó muy pocas obras. Dejó el Adoración de los Magos sin terminar. Dejó el San Jerónimo sin terminar. La Virgen de las Rocas la entregó con años de retraso después de litigios con quienes la habían encargado. Incumplió contratos constantemente.

No porque no pudiera pintar. El que pintó la Gioconda sabía perfectamente lo que hacía. Sino porque cada proyecto nuevo desplazaba al anterior. Porque empezar era siempre más atractivo que terminar.

Eso es una de las características que más identifican al TDAH en adultos: la brecha entre el potencial y la ejecución. Entre lo que la mente puede concebir y lo que las manos llegan a terminar. Entre los cuadernos llenos de proyectos brillantes y el número de proyectos que se cierran de verdad.

Da Vinci además tenía dislexia documentada: escribía en espejo, de derecha a izquierda, lo que durante siglos se interpretó como secretismo cuando probablemente era simplemente cómo su cerebro procesaba la escritura de forma más natural.

Genio indiscutible. Cerebro que funcionaba diferente, también indiscutible.

¿Hedy Lamarr inventó el WiFi siendo actriz de Hollywood?

La historia de Hedy Lamarr es la más surrealista de todas.

Actriz de Hollywood en los años 40, considerada una de las mujeres más bellas de su época, protagonista de varias películas importantes de la era dorada del cine. Y al mismo tiempo, inventora de una tecnología de comunicaciones militares que es la base de lo que hoy llamamos WiFi, Bluetooth y GPS.

No porque tuviera formación en ingeniería. Sino porque su cerebro no podía desconectar aunque el mundo esperara que se dedicara a ser guapa en las películas.

Lamarr había crecido en Austria rodeada de industria militar. Absorbió información técnica que luego no pudo dejar de usar. Cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, se obsesionó con el problema de los torpedos teledirigidos que podían ser interceptados por los nazis. Y en su tiempo libre, literalmente en su camerino entre toma y toma, desarrolló con el compositor George Antheil un sistema de saltos de frecuencia que hacía las señales prácticamente indetectables.

Se lo ofreció a la Marina estadounidense. La Marina lo rechazó y le dijo que sería más útil vendiendo bonos de guerra por su cara bonita.

La patente caducó sin que Lamarr viera un céntimo. Décadas después, cuando la tecnología se convirtió en la base de las comunicaciones inalámbricas modernas, ya era demasiado tarde para reclamar nada.

El patrón aquí no es solo el TDAH. Es también lo que pasa cuando un cerebro que funciona diferente no encaja con las categorías que el mundo tiene preparadas para él. Actriz o inventora. Guapa o inteligente. Mujer u hombre de ciencia. Los cerebros que no se quedan en un solo cajón siempre incomodan.

¿Y Fleming descubrió la penicilina por accidente o por desorden?

Por desorden. Y sí, hay diferencia.

Alexander Fleming dejó una placa de Petri contaminada con moho antes de irse de vacaciones. Cuando volvió, en vez de tirarla, la miró con curiosidad. Y se dio cuenta de que el moho había matado las bacterias de alrededor.

Eso fue la penicilina. El antibiótico que ha salvado más vidas que ningún otro en la historia de la medicina.

Ahora bien: cualquier otro investigador hubiera tirado esa placa. Un laboratorio ordenado, protocolos correctos, esa placa va directamente a la basura. Solo alguien cuyo sistema de trabajo era, digamos, poco convencional podía tener una placa olvidada en las condiciones exactas para que ese descubrimiento ocurriera.

No es que el desorden cause descubrimientos. Es que el desorden, en combinación con una mente que ve conexiones donde otros no las ven, puede producir resultados que el orden nunca produciría. Un cerebro que asocia rápido, que nota lo inesperado, que pregunta "espera, ¿qué es esto?" en vez de seguir el protocolo, es un cerebro que en el contexto correcto puede cambiar el mundo.

Fleming no fue el científico más organizado de su generación. Pero fue el que descubrió la penicilina.

¿Qué nos dice todo esto sobre el TDAH?

Varias cosas. Y no todas son cómodas.

La primera: estos cerebros no triunfaron a pesar de cómo funcionaban. Triunfaron en parte gracias a cómo funcionaban. La incapacidad de quedarse en un solo tema fue la que permitió las conexiones inesperadas. La hiperfocalización fue la que produjo los avances imposibles. El desorden fue el que dejó la placa olvidada en el sitio correcto.

La segunda: todos ellos sufrieron también por esa misma forma de funcionar. Edison era conocido por tratar fatal a sus colaboradores y tomar decisiones impulsivas que le costaban dinero. Da Vinci murió con la mayor parte de sus proyectos sin terminar. Lamarr acabó sus días en litigios y amargura. El don y la trampa iban juntos en el mismo paquete.

La tercera, y esta es la que importa: ninguno de ellos tuvo acceso a entender cómo funcionaba su cerebro. No tenían diagnóstico, no tenían herramientas, no tenían el lenguaje para explicar por qué hacían lo que hacían. Funcionaron así porque no tenían otra opción.

Tú sí puedes tener ese lenguaje.

No para convertirte en Edison ni en Da Vinci. Sino para entender qué parte de cómo funciona tu cabeza es una ventaja que no estás aprovechando, y qué parte es un patrón que te está costando más de lo que debería.

El primer paso es saber con qué estás trabajando.

Hacer el test de TDAH

Relacionado

Sigue leyendo