El desorden de Fleming: cómo un laboratorio caótico salvó millones de vidas
Alexander Fleming descubrió la penicilina porque su laboratorio era un desastre. El desorden que otros criticaban salvó literalmente millones de vidas.
En 1928, Alexander Fleming se fue de vacaciones y dejó su laboratorio hecho un desastre.
Placas de Petri sin lavar. Cultivos de bacterias abandonados sobre la mesa. El caos acumulado de semanas de trabajo sin ordenar.
Sus colegas lo miraban con una mezcla de resignación y vergüenza ajena. No era la primera vez. Flemming era conocido en St. Mary's Hospital por tener el laboratorio más desordenado del departamento. Una cosa era ser despistado. Otra era aquello.
Cuando volvió de vacaciones, encontró algo que no tenía que estar ahí.
Un hongo había crecido en una de las placas olvidadas. Y alrededor de ese hongo, las bacterias que Fleming estudiaba estaban muertas.
Ese hongo era el Penicillium notatum. Esa observación fue el inicio de la penicilina. Y ese momento salvó, según las estimaciones más conservadoras, más de doscientos millones de vidas en el siglo XX.
Todo porque el laboratorio estaba hecho un asco.
¿Qué tiene que ver el desorden con el TDAH?
Fleming no tiene un diagnóstico formal de TDAH. Murió en 1955 y el trastorno no se describió con ese nombre hasta décadas después. Pero los indicios están ahí para quien quiera mirarlos.
El desorden crónico. La dificultad para mantener rutinas de limpieza y organización que a sus colegas les parecían obvias. La capacidad de observar algo que todos los demás habrían tirado a la basura sin pensárselo dos veces. Una atención que funcionaba de forma errática pero que, cuando se activaba con algo genuinamente interesante, no soltaba el hueso.
Eso no es un perfil de descuido. Eso es un perfil de cerebro que procesa el entorno de manera diferente.
Y hay algo más. Fleming tenía la costumbre, considerada rarísima por sus colegas, de no tirar nada. Guardaba placas contaminadas. Dejaba cultivos más tiempo del necesario. Observaba lo que crecía donde no debía crecer en vez de descartarlo como un error de protocolo.
Los científicos "ordenados" de su época habrían limpiado esa placa sin pestañear. Fleming la miró.
¿Por qué el desorden salvó lo que el orden habría destruido?
Aquí está el punto que más me fascina de esta historia.
El descubrimiento de la penicilina no fue un accidente que le podía pasar a cualquiera. Fue un accidente que solo le podía pasar a alguien con el cerebro de Fleming.
Primero: tenía que haber dejado las placas sin lavar. Un científico metódico no habría dado esa oportunidad al hongo.
Segundo: tenía que haber notado algo inusual en medio del caos en lugar de simplemente ponerse a limpiar. Un cerebro entrenado para buscar lo esperado no habría visto lo inesperado.
Tercero: tenía que haber reconocido que aquello era importante. Muchos científicos habían observado fenómenos similares antes que Fleming. Nadie le había dado importancia. Fleming la vio.
Puedes leer sobre científicos famosos con TDAH y encontrarás este patrón repetido: el cerebro que no sigue el protocolo estándar a veces es el único que ve lo que el protocolo estándar estaba ignorando.
Lo que sus colegas llamaban defecto, era su mayor herramienta
Hubo un momento en la carrera de Fleming que resume bien cómo lo veían.
Uno de sus superiores, en una evaluación de su trabajo, señaló que Fleming era brillante pero desorganizado. Que tenía talento pero que sus métodos dejaban mucho que desear. Que si fuera más riguroso en sus procedimientos, podría llegar lejos.
Fleming tenía una respuesta para eso, aunque probablemente no la dijo en voz alta: llegó al Nobel de Medicina en 1945.
No por volverse más ordenado. Sino por seguir siendo exactamente como era.
El cerebro que no puede mantener el laboratorio limpio es el mismo cerebro que nota que algo raro está pasando en una placa que debería haber tirado hace tres semanas. No puedes tener uno sin el otro. Son el mismo mecanismo funcionando en dos contextos distintos.
Esto conecta con algo que ocurre constantemente en personas con TDAH: el cerebro orientado a los inventos y a encontrar soluciones inesperadas. Lo que parece un error de funcionamiento en un contexto produce resultados extraordinarios en otro.
¿Y si el "problema" no era un problema?
Hay una manera de contar la historia de Fleming que lo convierte en un tipo con suerte que encontró algo por accidente.
Esa versión no es mentira. Pero tampoco es la historia completa.
La suerte existe. Pero la suerte necesita un cerebro preparado para reconocerla cuando aparece. Como dijo el propio Fleming: "La suerte solo favorece a las mentes preparadas." Y su mente estaba preparada precisamente porque funcionaba como funcionaba.
Un cerebro ordenado y metódico habría tenido el laboratorio impecable. No habría dado al hongo la oportunidad de crecer. Habría descartado la contaminación como un error. Habría seguido con el experimento original.
No hay culpa en eso. Es simplemente cómo funciona un cerebro que sigue el protocolo.
El cerebro de Fleming no seguía el protocolo. Y eso fue exactamente lo que hizo falta.
Esto no significa que el desorden sea una virtud en sí mismo. Significa algo más matizado: hay cerebros cuyo "defecto" más visible es, en el contexto correcto, su ventaja más real.
Lo que no te cuentan del descubrimiento de la penicilina
El descubrimiento de Fleming en 1928 no se convirtió en medicamento hasta los años 40.
Doce años. Doce años en los que Fleming publicó su hallazgo, nadie le hizo demasiado caso, y el mundo siguió muriendo de infecciones bacterianas que hoy trataríamos con una semana de antibióticos.
¿Por qué? Porque el sistema científico de la época no estaba diseñado para cerebros que llegaban a sus conclusiones de manera no lineal. El paper de Fleming era correcto. Los datos eran sólidos. Pero la manera en que lo presentó, los saltos que daba por obvios que nadie más veía como obvios, lo hicieron difícil de seguir para la comunidad científica estándar.
No fue hasta que Howard Florey y Ernst Chain, con métodos mucho más sistemáticos, retomaron el trabajo de Fleming que la penicilina se convirtió en lo que hoy conocemos. Los tres compartieron el Nobel.
Fleming tuvo la visión. Otros pusieron el sistema. Y el mundo necesitaba los dos.
Eso también dice algo: el cerebro divergente no siempre es suficiente solo. A veces necesita una estructura externa que lo complemente. No para corregirlo. Para que lo que ve pueda llegar al mundo.
Lo que te llevas de esto
La historia de Fleming no es una historia sobre suerte.
Es una historia sobre lo que ocurre cuando un cerebro que funciona diferente está en el entorno donde ese funcionamiento tiene sentido.
En un hospital con protocolos estrictos de limpieza, Fleming habría sido un problema. En un laboratorio donde nadie le vigilaba demasiado y donde podía seguir sus propias obsesiones a su ritmo, Fleming fue el hombre que cambió la medicina moderna.
La pregunta que vale la pena hacerse no es si tu cerebro es un problema. La pregunta es si estás en el sitio donde tu manera de procesar el mundo tiene valor.
Porque hay sitios donde el desorden es un defecto. Y hay sitios donde el desorden es exactamente lo que hacía falta.
Si llevas tiempo con la sensación de que tu cabeza funciona diferente y nunca has tenido un marco claro para entenderlo, he construido un test basado en escalas clínicas reales. Son 43 preguntas y en 10 minutos te da más contexto del que probablemente hayas tenido nunca.
Sigue leyendo
Howie Mandel: TDAH, TOC y hacer reír a millones
Howie Mandel vive con TDAH y TOC a la vez. Su cerebro le dice que haga todo y que nada está limpio. Así hizo carrera.
Emma Watson: de Hogwarts al activismo con TDAH
Emma Watson ha mencionado TDAH en entrevistas. De Hermione Granger a embajadora de la ONU. Un cerebro que no se conforma con hacer una sola cosa.
Disney vs Jobs: dos visionarios que el colegio habría descartado
Disney era el soñador cálido que creaba mundos. Jobs era el perfeccionista frío que los pulía. Dos cerebros imposibles, dos imperios, un sistema que los descartó.
El perfeccionismo obsesivo de Chaplin: 300 tomas para una escena
Charlie Chaplin repetía escenas 300 veces hasta que quedaban perfectas. Su perfeccionismo obsesivo y su energía inagotable tienen nombre clínico.