La curiosidad insaciable de Feynman: bongos, cerraduras y Nobel
Richard Feynman tocaba los bongos, abría cerraduras por diversión y ganó el Nobel de Física. Su cerebro no tenía un solo modo: los tenía todos a la vez.
Hay una imagen que me parece alucinante.
Un físico que acaba de ganar el Nobel de Física. Premio más importante que existe en ciencias. El tipo más listo de la sala en cualquier sala del mundo. Y su hobby principal es tocar los bongos en bares de strip-tease de Pasadena.
No es una anécdota que inventé para el post. Es Richard Feynman. Y es solo la punta del iceberg de un cerebro que no podía funcionar en un único modo.
¿Por qué Feynman no encaja en el molde del científico serio?
Porque el molde del científico serio implica una cosa: especialización.
El prototipo del genio académico es alguien que dedica toda su vida a un único problema. Que vive en el laboratorio. Que habla solo con otros expertos de su campo. Que no tiene tiempo para nada que no sea la física.
Feynman era lo contrario.
Tocaba los bongos. Pintaba cuadros con el seudónimo "Ofey" y llegó a exponer su obra. Aprendió a descifrar cerraduras de cajas fuertes para meterse en las cajas de seguridad del laboratorio de Los Álamos durante el Proyecto Manhattan, simplemente porque podía y porque le hacía gracia. Aprendió a leer jeroglíficos mayas. Aprendió maya antiguo. Así, porque sí.
En sus ratos libres.
Mientras hacía física cuántica de nivel Nobel.
¿Cuántos hobbies tiene un cerebro que no puede parar?
La respuesta en el caso de Feynman es: no se sabe exactamente, porque cuando algo le llamaba la atención, se lanzaba de cabeza hasta que lo entendía por completo o hasta que algo más interesante aparecía en el horizonte.
Durante su época en Brasil dio clases de física. Pero también se obsesionó con las escuelas de samba. Aprendió a tocar el frigideira, un instrumento de percusión brasileño. Se integró en una escuela de samba local. Participó en sus desfiles.
No como turista. Como miembro.
El patrón es siempre el mismo: Feynman no podía hacer las cosas a medias. Cuando algo le enganchaba, lo absorbía por completo. La curiosidad no tenía un interruptor de apagado. No distinguía entre "esto es importante para mi carrera" y "esto me parece interesante esta tarde". Para su cerebro, todo lo que le llamaba la atención merecía atención total.
Eso tiene un nombre ahora. En 1965, cuando le dieron el Nobel, no lo tenía.
¿Qué tiene que ver la física cuántica con abrir una caja fuerte?
En Los Álamos, donde se desarrolló la bomba atómica, había documentos clasificados guardados en cajas fuertes. Información sobre las bombas, los diseños, los cálculos. Lo más secreto del proyecto más secreto de la historia.
Feynman se dedicaba a abrirlas.
Sin permiso. Sin herramientas especiales. Solo con paciencia, observación y el tipo de curiosidad que no acepta "esto está cerrado" como respuesta final. Estudiaba las combinaciones de las cerraduras, observaba los patrones, y cuando encontraba un método que funcionaba, probaba con la siguiente.
El jefe de seguridad del proyecto estaba desesperado.
Feynman lo encontraba divertidísimo.
No lo hacía por malicia ni para robar información. Lo hacía porque un sistema cerrado con una solución que él aún no conocía era exactamente el tipo de problema que su cerebro no podía ignorar. Era la misma energía que ponía en entender los electrones: la imposibilidad de dejar algo sin resolver.
Hay algo en eso que cualquier cerebro que funciona de esta manera va a reconocer de inmediato.
¿Es Feynman un caso especulado o hay evidencia real?
Aquí toca el disclaimer habitual: Feynman no fue diagnosticado con TDAH. El diagnóstico formal para adultos tal y como lo conocemos hoy no existía en su época.
Lo que sí existe son sus memorias, "¿Está usted de broma, Sr. Feynman?", donde describe con una honestidad brutal cómo funcionaba su cabeza. Las dificultades con la autoridad. La incapacidad de seguir reglas que le parecían arbitrarias. La necesidad constante de estímulo. El aburrimiento existencial cuando algo dejaba de ser un reto. La hipersensibilidad al trato injusto.
También hay algo significativo en sus propias palabras sobre cómo aprendía. Feynman desarrolló su propio método de aprendizaje porque las formas estándar no le funcionaban. No podía memorizar sin entender. No podía aceptar definiciones sin ver de dónde venían. No podía seguir un libro de texto de principio a fin si el libro de texto no le decía por qué las cosas eran como eran.
El sistema educativo le aburría. Pero cuando encontraba algo que le encendía la cabeza, no había manera de pararlo.
Eso, combinado con el perfil de comportamiento que documentan todos los que le conocieron, lo convierte en uno de los casos especulados más sólidos de la historia de la ciencia.
¿Por qué los cerebros más curiosos del mundo suelen ser los más difíciles de gestionar?
Porque la curiosidad sin frenos es un arma de doble filo.
Por un lado, te lleva a sitios donde nadie más ha llegado. Feynman desarrolló los diagramas de Feynman, una herramienta visual para entender la electrodinámica cuántica que sigue usándose en física hoy. No los desarrolló porque le pidieran que los desarrollara. Los desarrolló porque necesitaba entender algo de una manera que los métodos existentes no le permitían entender.
Por otro lado, un cerebro que salta de los bongos a las cerraduras a la física cuántica a los frescos mayas a la samba brasileña es un cerebro que puede ser muy difícil de convivir con él. Incluido para el que lo tiene dentro.
Feynman habló en varias ocasiones de la dificultad de encajar en el mundo académico formal. De las fricciones con autoridades que no entendían por qué seguía comportándose como un estudiante díscolo cuando ya era uno de los físicos más importantes del mundo. De la tensión entre lo que su cerebro necesitaba y lo que el mundo esperaba de él.
No todo era bongos y anécdotas divertidas. También había un coste.
Lo que Feynman demuestra sobre el cerebro disperso
Feynman ganó el Nobel por su trabajo en electrodinámica cuántica.
Pero lo que le permitió hacer ese trabajo no fue un cerebro especializado y disciplinado. Fue exactamente lo contrario: un cerebro que no podía dejar de hacer preguntas, que se negaba a aceptar "así funciona" sin entender por qué, y que encontraba conexiones entre cosas que para el resto de la gente no tenían ninguna relación.
Los bongos no eran una distracción de la física. Las cerraduras no eran una pérdida de tiempo. La samba brasileña no era irrelevante para la electrodinámica cuántica.
Todo era el mismo cerebro en acción. El mismo mecanismo que le hacía interesante como físico le hacía interesante como persona. La curiosidad no distinguía entre lo importante y lo trivial porque para ese cerebro, si algo despertaba la curiosidad, era importante.
Hay más científicos con este patrón de comportamiento de los que imaginas
Si te identificas con la sensación de tener demasiadas pestañas abiertas en la cabeza, de no poder dejar un problema sin resolver, de aburrirte cuando algo deja de ser un reto... estás en buena compañía.
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