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Ser deportista profesional con TDAH: la disciplina que viene de la dopamina

En la cancha eres imparable, pero fuera pierdes las llaves. Ser deportista profesional con TDAH tiene dos caras que nadie te cuenta.

tdah

En la cancha eres imparable. Fuera de ella, no encuentras las llaves del coche.

Ser deportista profesional con TDAH tiene dos caras. Y la que ve el público es la espectacular: reflejos imposibles, intensidad que no baja, decisiones en décimas de segundo que dejan al rival clavado en el sitio. La otra cara la conoces tú solo: la reunión con el mánager a la que llegas veinte minutos tarde, el contrato que no has leído, la maleta que hiciste a las 3 de la madrugada porque se te olvidó que volabas a las 7.

Y sin embargo, ahí estás. Compitiendo al más alto nivel. Con un cerebro que, según el mundo, debería ser un obstáculo.

Spoiler: no lo es. Es tu motor.

¿Por qué hay tantos deportistas profesionales con TDAH?

La respuesta corta: dopamina.

La respuesta larga: el deporte de competición es el entorno perfecto para un cerebro con TDAH. Piénsalo un segundo.

Un partido, una carrera, un combate. Estímulo constante. Adrenalina. Feedback inmediato. Si metes el gol, lo sabes ahora. Si fallas el saque, lo sabes ahora. No hay "ya te diremos algo en dos semanas" como en una entrevista de trabajo. No hay reuniones de una hora donde alguien lee un PowerPoint en voz alta.

Todo es presente. Todo es intenso. Todo es dopamina pura.

Tu cerebro funciona con dopamina, no con disciplina

Por eso hay tantos. Michael Phelps, Simone Biles, Michael Jordan (sospecha clínica, no confirmada). No triunfaron a pesar del TDAH. Triunfaron porque su cerebro encajaba como un guante en un entorno que premia exactamente lo que el TDAH da: hiperfoco bajo presión, reacción explosiva, capacidad de improvisar cuando el plan se va al carajo.

El TDAH en un despacho es un problema. El TDAH en una pista de atletismo es una ventaja competitiva.

¿Y qué pasa fuera del campo?

Aquí es donde la película cambia de género. De película de acción a comedia dramática.

Porque el mismo cerebro que te convierte en una máquina durante 90 minutos de partido, luego no es capaz de gestionar el papeleo del fisio. Ni de contestar los emails del agente. Ni de seguir una dieta que no tenga recompensa inmediata. Ni de dormir antes de las 2 de la madrugada un martes cualquiera.

He leído testimonios de deportistas profesionales que cuentan cosas como: "En la pista soy la persona más disciplinada del mundo. En casa soy un desastre. Mi pareja no entiende cómo puedo entrenar 6 horas seguidas pero no soy capaz de sacar la ropa de la lavadora."

Y la explicación es sencilla. No es disciplina. Es interés.

El entrenamiento te interesa. Te activa. Te da dopamina. La lavadora no te da nada. Tu cerebro la clasifica como "no urgente, no estimulante, no existe" y la borra del mapa hasta que hueles la humedad.

Es la misma razón por la que hacer ejercicio con TDAH es fácil de empezar y difícil de mantener. Mientras la novedad dura, todo fluye. Cuando se convierte en rutina, tu cerebro busca el siguiente estímulo.

La diferencia con un deportista profesional es que tiene un entrenador, un calendario de competiciones y un contrato que le obligan a seguir incluso cuando la novedad se evapora. La estructura externa compensa lo que el cerebro no regula por dentro.

¿La medicación es trampa?

Esta pregunta sale siempre. Y la respuesta es no. Rotundamente no.

Un deportista con miopía usa gafas o lentillas. A nadie se le ocurre decir que está haciendo trampa. Un deportista con diabetes se pone insulina. Nadie protesta.

Pero si un deportista con TDAH toma metilfenidato, de repente hay debate.

La medicación para el TDAH no te hace más rápido, ni más fuerte, ni te da reflejos que no tenías. Lo que hace es poner un filtro en tu cerebro para que puedas priorizar. Para que la conferencia de prensa no sea una tortura. Para que puedas leer el plan táctico sin que tu cabeza se vaya a pensar en qué vas a cenar.

Dicho esto, las reglas antidopaje existen y cada federación tiene las suyas. La mayoría permite el uso con exención terapéutica documentada. Pero el estigma sigue ahí. Muchos deportistas no lo cuentan porque piensan que les van a mirar raro.

Y eso es un problema. Porque si no lo cuentas, no buscas ayuda. Y si no buscas ayuda, compensas como puedes. Que normalmente significa sobreentrenamiento, lesiones y burnout a los 28 años.

¿Qué tiene que ver esto contigo?

Puede que no seas deportista profesional. Puede que lo más competitivo que hagas sea jugar al pádel los jueves con tus amigos.

Pero si tienes TDAH, la lección de los deportistas de élite aplica directamente a tu vida: tu cerebro no es vago. Tu cerebro necesita un entorno que le estimule.

Si te ponen delante una tarea aburrida, repetitiva y sin fecha límite, vas a procrastinar hasta el fin de los tiempos. No porque seas irresponsable. Porque tu cerebro no encuentra combustible en eso.

Pero si encuentras algo que te activa, algo con presión real, con feedback inmediato, con estímulo constante, eres capaz de cosas que la gente sin TDAH ni se plantea. Hiperfoco de 8 horas seguidas sin comer. Aprender una habilidad nueva en una semana. Resolver un problema que llevaba meses atascado, a las 11 de la noche de un domingo.

No necesitas ser Simone Biles. Necesitas encontrar tu cancha.

Y necesitas montar una estructura alrededor que sostenga todo lo demás. Porque las llaves del coche las vas a seguir perdiendo. Eso no cambia. Pero puedes comprar un gancho y ponerlo al lado de la puerta.

No es tan épico como un gol en el último minuto. Pero funciona.

Igual que funciona entender que otros profesionales con TDAH se enfrentan a retos parecidos en trabajos completamente distintos. Porque el cerebro es el mismo. Solo cambia el escenario.

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