Externalizar la memoria: tu cerebro con TDAH no es un disco duro
Dejé de confiar en mi memoria el día que olvidé recoger a mi perro. Externalizar la memoria con TDAH es dejar de luchar y empezar a ganar.
Dejé de confiar en mi memoria el día que olvidé recoger a mi perro del veterinario.
El veterinario llamó a las 7 de la tarde preguntando si seguía vivo. El perro, no el veterinario. Aunque la pregunta iba con segundas.
Lo peor no fue olvidarlo. Lo peor fue que había puesto una alarma. La alarma sonó a las 5. La vi, pensé "vale, en 10 minutos salgo", y esos 10 minutos se convirtieron en dos horas de reorganizar una carpeta de Notion que no necesitaba reorganizar.
Mi cerebro eligió subcarpetas de colores por encima de un ser vivo.
Ese día decidí algo: mi cabeza no es un sitio seguro para guardar nada. Ni citas, ni tareas, ni recados, ni fechas. Nada. Es como guardar un helado en un horno. Técnicamente cabe, pero no va a acabar bien.
¿Qué significa externalizar la memoria?
Suena sofisticado, pero es simple: sacar la información de tu cabeza y ponerla en un sitio que no olvida.
Tu cerebro con TDAH tiene una memoria de trabajo que funciona como una pizarra diminuta. Caben tres cosas. Cuatro si tienes suerte. Y cada vez que entra algo nuevo, se borra algo viejo. Sin preguntar. Sin avisar. Simplemente desaparece, como si alguien hubiera descartado esa información hace cinco minutos.
Un cerebro neurotípico puede retener una lista mental de 7 cosas y ejecutarlas en orden. El tuyo retiene dos, se distrae con un ruido, y cuando vuelve ya solo queda una. Y no es la importante.
Externalizar es aceptar eso. No como una derrota, sino como una estrategia. Es dejar de pedirle a tu cerebro que haga algo que no sabe hacer y darle la tarea a algo que sí puede: un papel, una app, una alarma, una nota adhesiva en el espejo del baño.
El problema no es la herramienta, es la confianza
Aquí es donde la mayoría se equivoca.
Piensas que el problema es encontrar la app perfecta. Que si Notion, que si Todoist, que si una agenda de papel con separadores de colores. Y te lanzas. La configuras, la llenas, te sientes productivo durante 72 horas. Y al cuarto día ya no la abres.
Suena familiar, ¿verdad? He comprado más agendas de las que quiero admitir y ninguna sobrevivió dos semanas. Y no era culpa de la agenda. Era que seguía confiando en mi cerebro para la parte más importante: acordarme de mirar la agenda.
Esa es la trampa. Externalizas la información pero no externalizas el recordatorio. Escribes la cita en la agenda, pero confías en tu memoria para abrirla. Y tu memoria, como ya hemos quedado, es un horno para helados.
La externalización real tiene dos partes:
1. Guardar la información fuera de tu cabeza. 2. Crear un sistema que te obligue a encontrarla sin esfuerzo.
Si solo haces la primera parte, tienes una agenda bonita acumulando polvo. Si haces las dos, tienes un segundo cerebro que funciona.
¿Cómo lo hago yo?
No te voy a vender un sistema de productividad complejo. Los sistemas complejos con TDAH tienen la esperanza de vida de un mosquito en verano.
Lo que funciona es lo estúpidamente simple.
Alarmas para todo. Y cuando digo todo, es todo. Sacar la basura. Beber agua. Llamar al dentista. Recoger al perro del veterinario. Si no tiene alarma, no existe. Mi móvil suena unas 15 veces al día y cada una de esas alarmas es algo que mi cerebro habría borrado en los siguientes 30 segundos.
Una sola lista. No cinco. No una por categoría. Una. En un sitio que miro siempre. En mi caso, una nota en el móvil que está fijada como pantalla de inicio. No necesito acordarme de abrirla. La veo cada vez que desbloqueo el teléfono. Es inevitable. Y con TDAH, inevitable es la única frecuencia que funciona.
Notas de voz. Esto es oro. Cuando se me ocurre algo, saco el móvil y me lo digo en voz alta. No lo escribo, porque para cuando abro la app de notas ya he olvidado qué quería apuntar. Lo digo y ya está. Luego la nota de voz está ahí, esperando, sin fecha de caducidad.
El post-it nuclear. Hay cosas tan importantes que necesitan estar en mi cara. Literalmente. Un post-it en la puerta de salida. Un post-it en el espejo del baño. Mi mejor sistema de productividad ha cabido siempre en un post-it. Uno. Con tres cosas. Las tres cosas que tengo que hacer hoy sí o sí. Si las hago, bien. Si hago más, fantástico. Pero esas tres son innegociables.
¿Y la vergüenza?
Porque hay vergüenza. Vamos a ser honestos.
Cuando le dices a alguien "necesito poner una alarma para acordarme de comer" te miran como si tuvieras un problema grave. Y tú piensas "a lo mejor soy idiota". A lo mejor debería poder hacer esto sin ayuda. A lo mejor los demás tienen razón y simplemente soy un desastre que necesita muletas.
No.
Llevar gafas no te hace débil de carácter. Usar GPS no significa que no sepas conducir. Y poner alarmas para recoger a tu perro del veterinario no significa que seas irresponsable. Significa que conoces tu cerebro y has decidido trabajar con él en vez de contra él.
La vergüenza viene de compararte con cerebros que funcionan diferente al tuyo. Es como si un pez se avergonzara de no poder trepar un árbol. El pez no tiene un problema de trepar. Tiene un problema de entorno.
Tu cerebro no tiene un problema de memoria. Tiene un sistema operativo diferente. Y ese sistema operativo necesita complementos externos para funcionar al cien por cien. Igual que el pez necesita agua.
No es trampa. Es inteligencia.
Externalizar la memoria no es hacer trampa. Es la decisión más inteligente que puedes tomar con un cerebro que no retiene información a corto plazo.
Cada vez que apuntas algo en vez de intentar recordarlo, le estás ahorrando a tu cerebro un ciclo de procesamiento que puede usar para algo mejor. Para pensar. Para crear. Para estar presente en una conversación sin la ansiedad de fondo de "se me olvida algo pero no sé qué".
Desde que dejé de confiar en mi memoria, paradójicamente, olvido menos cosas. No porque mi memoria haya mejorado. Sino porque ya no le pido que haga un trabajo para el que no está preparada.
Mi cerebro no es un disco duro. No almacena. No retiene. No archiva. Mi cerebro es un procesador. Buenísimo generando ideas, conectando conceptos, resolviendo problemas. Pésimo guardando la hora del dentista.
Y está bien. El disco duro es mi móvil. El procesador soy yo.
Ah, y el perro. El perro está bien. Se comió tres galletas extra en el veterinario por la espera y volvió a casa más contento que yo. Desde entonces tiene su propia alarma con nombre: "RECOGE AL PERRO, IMBÉCIL". En mayúsculas. Por si acaso.
Si reconoces tu cerebro en todo esto y llevas un rato pensando "esto es exactamente lo que me pasa", puede que merezca la pena explorarlo un poco más. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. No es un diagnóstico, pero sí un buen punto de partida. 10 minutos.
Sigue leyendo
Cómo dejar de llegar tarde con TDAH: guía sin fuerza de voluntad
Has probado alarmas, madrugar y preparar todo. Y sigues llegando tarde. Porque tu cerebro calcula el tiempo diferente.
Estoy hablando contigo pero mi cerebro ya está en otra parte
Estás en una conversación importante y tu cerebro decide irse a pensar en la ventana del baño. TDAH y conversaciones perdidas: por qué pasa y qué se siente.
El carrito de Amazon a las 3AM: compras impulsivas con TDAH
Las 3AM, Amazon abierto, un carrito con una freidora y un curso de caligrafía. La compra nocturna impulsiva con TDAH: baja inhibición, dopamina y cero freno.
La productividad con TDAH no es lo que te han contado
Madrugar, rutinas, fuerza de voluntad. Todo eso no funciona si tu cerebro va por libre. Esto es lo que sí funciona.