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Tu cerebro salta cada 4 minutos y tienes un deadline para mañana

4 minutos de concentración y un entregable para mañana. Tu cerebro cambia de canal solo y no hay mando que lo controle.

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4 minutos. Eso aguantas antes de que tu cerebro decida que necesita mirar el móvil, abrir otra pestaña o levantarse a por agua. Y tienes un entregable para mañana a las 9.

No a las 9 de la noche. A las 9 de la mañana. Y son las 22:14 y todavía no has abierto el documento.

Bueno, sí lo has abierto. Tres veces. Pero la primera vez te acordaste de que tenías que contestar un email. La segunda, tu cerebro decidió que era imprescindible buscar un tutorial de Excel que no necesitas. La tercera, abriste el documento, escribiste el título, y te levantaste a por un vaso de agua que tardó 25 minutos porque de camino a la cocina viste que el tendedero tenía ropa y de ahí saltaste a reorganizar el armario.

El documento sigue con solo el título.

¿Por qué tu cerebro cambia de canal cada 4 minutos?

No es una cifra inventada. Hay estudios que dicen que la atención media anda por ahí. Pero la atención media es eso, una media. La tuya a lo mejor aguanta 47 segundos si la tarea no te interesa. O 6 horas seguidas si es algo que te engancha, como investigar un rabbit hole absurdo a las 3 de la madrugada.

Tu cerebro no tiene un problema de atención. Tiene un problema de regulación. No elige a qué prestarle atención. Se lo juega a cara o cruz cada vez que te sientas a trabajar. Y hoy la moneda ha caído del lado de "reorganizar el escritorio mientras el deadline arde".

Es como tener un mono al volante de tu concentración. Un mono con acceso a WiFi, notificaciones y la capacidad sobrehumana de encontrar lo más irrelevante del universo justo cuando necesitas enfocarte.

¿Cómo es posible trabajar 10 horas y no avanzar nada?

Porque no son 10 horas de trabajo. Son 10 horas de estar sentado delante del ordenador alternando entre 14 pestañas, tres chats y esa ventana de Spotify que no necesitabas abrir. Tiempo de pantalla no es tiempo productivo. Y tu cerebro es un experto en disfrazarlo.

Abres el proyecto. Lees una línea. Tu cerebro dice "oye, ¿y si miramos cómo va el pedido de Amazon?". Miras. Vuelves. Lees otra línea. "¿Has contestado a ese mensaje de las 11?". Lo contestas. Vuelves. Tercera línea. "Necesitas agua". Ya van 40 minutos y llevas tres líneas leídas.

Y lo peor no es la pérdida de tiempo. Lo peor es que al final del día estás agotado. Porque tu cerebro ha estado trabajando todo el rato. Solo que no en lo que debía. Ha gastado toda su energía en cambiar de contexto, en resistir distracciones, en sentir culpa por no avanzar, en el esfuerzo mental de intentar volver una y otra vez al punto donde te quedaste.

Eso es emprender con TDAH. Correr una maratón en zigzag mientras los demás van en línea recta. Llegas igual de reventado pero has recorrido el triple de distancia.

¿Y si el problema no es la concentración sino el arranque?

A veces no es que pierdas el foco cada 4 minutos. Es que no consigues ni los primeros 4 minutos. El arranque es el muro. Ese momento en el que tienes que pasar de "sé que tengo que hacerlo" a "estoy haciéndolo" y tu cerebro se planta como un burro delante de una cuesta.

Porque arrancar requiere la parte más cara del proceso: decidir por dónde empezar. Y para un cerebro que funciona a base de urgencia y no de planificación, "decidir por dónde empezar" es como pedirle a alguien que elija restaurante en un grupo de WhatsApp. Parálisis total.

Así que te quedas mirando el documento en blanco. O peor, mirando el reloj mientras el documento en blanco te mira a ti. Y cuando por fin arrancas, son las 2 de la mañana y ahora sí, tu cerebro decide activarse. Porque ahora sí hay urgencia real. Ahora sí hay pánico. Y el pánico es la gasolina favorita de tu cerebro.

La trampa del "a mí me funciona bajo presión"

"Yo trabajo mejor bajo presión" es lo que te dices para no sentirte mal. Y tiene parte de verdad. Bajo presión, tu cerebro por fin tiene la urgencia que necesita para ponerse en marcha. El problema es que esa presión tiene un coste. Trabajar a las 3 de la mañana con los ojos rojos y la ansiedad por las nubes no es "funcionar bien". Es sobrevivir.

Y funciona. Hasta que un día no funciona. Hasta que el entregable es demasiado grande para resolverlo en una noche. Hasta que los clientes siguen esperando mientras tú luchas con tu propio interruptor.

Porque la presión como sistema de productividad es como apagar incendios para cocinar. Técnicamente puedes asar algo, pero la casa se te está quemando.

¿Se puede hacer algo con 4 minutos de concentración?

Más de lo que crees. El truco no es estirar esos 4 minutos a 45. Eso no va a pasar. El truco es diseñar tu trabajo para que quepa en bloques de 4 minutos.

Suena ridículo. Pero piénsalo. Si sabes que tu cerebro va a saltar a los 4 minutos, deja de pelear contra eso y ponle una tarea que pueda completarse en 4 minutos. No "escribir el informe". Eso son dos horas. "Escribir el primer párrafo del informe". Eso son 4 minutos. Y cuando tu cerebro salte a por agua, el párrafo ya está escrito.

Es lo mismo que hace el tío del kebab que gestiona 40 pedidos mientras tú no puedes con tu propia lista de tareas. No es que él tenga más concentración. Es que tiene un sistema donde cada paso dura 30 segundos y fluye al siguiente sin pensar.

Microtareas. Bloques pequeños. Avances visibles. Tu cerebro necesita ver progreso para no apagarse. Si la tarea es un bloque gigante sin hitos intermedios, tu cerebro la mira y dice "luego". Si la tarea son cinco pasos de 4 minutos cada uno, tu cerebro dice "venga, el primero".

No vas a convertirte en alguien que trabaja 4 horas seguidas sin pestañear. Pero puedes convertirte en alguien que hace 60 sprints de 4 minutos y al final del día tiene algo terminado. No es elegante. Pero funciona.

Y funcionar es lo único que importa cuando el deadline es mañana a las 9.

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