Charles Dickens: el escritor que caminaba 30 km cada noche para pensar
Dickens caminaba 30 km cada noche por Londres. No era ejercicio. Era su cerebro pidiendo movimiento para poder funcionar al día siguiente.
Charles Dickens caminaba 30 kilómetros cada noche por las calles de Londres. No era ejercicio. Era la única forma de que su cerebro se ordenara lo suficiente para poder escribir al día siguiente.
Treinta kilómetros. Cada noche. Mientras el resto de Londres dormía, él recorría callejones, puentes, mercados vacíos y barrios enteros como si su cabeza necesitara que los pies no pararan para poder pensar con algo de claridad.
Y probablemente eso es exactamente lo que pasaba.
¿Quién fue Charles Dickens y por qué te debería importar?
Si solo conoces a Dickens por el típico cuento de Navidad que ponen en la tele cada diciembre, te estás perdiendo al escritor más productivo, caótico e incansable de la literatura inglesa.
Escribió 15 novelas. Cientos de cuentos. Editó revistas durante décadas. Daba lecturas públicas tan intensas que literalmente le destrozaron la salud. Viajaba sin parar. Montaba obras de teatro. Gestionaba publicaciones. Mantenía correspondencia con medio mundo.
Todo. A la vez. Sin descanso.
Y mientras tanto, su vida personal era un desastre de dimensiones bíblicas. Abandonó a su mujer después de veintidós años de matrimonio. Se obsesionó con una actriz dieciocho años más joven. Peleó públicamente con amigos y editores. Quemó cartas enteras para que nadie las leyera.
Si eso no te suena a un cerebro que funciona a otra velocidad y con otra intensidad, no sé qué te va a sonar.
¿Tenía Charles Dickens TDAH?
Nadie le diagnosticó. Obviamente. Estamos hablando del siglo XIX. El concepto de TDAH no existía. Pero los rasgos encajan con un patrón reconocible que se repite una y otra vez en escritores que muestran señales de TDAH.
Lo primero: la energía. Dickens tenía una energía que sus contemporáneos describían como agotadora. No podía estar quieto. No podía trabajar en una sola cosa. Necesitaba estímulo constante, proyectos simultáneos, actividad permanente. Cuando terminaba una novela, ya estaba empezando otra. Cuando no escribía, organizaba eventos benéficos, dirigía ensayos de teatro o se embarcaba en giras de lectura que duraban meses.
Lo segundo: la inquietud física. Las caminatas nocturnas no eran un hobby. Eran una necesidad. Dickens no podía dormir si no caminaba antes. Su cerebro no se apagaba. Necesitaba movimiento para procesar todo lo que llevaba dentro. Y no estamos hablando de un paseíto por el parque. Treinta kilómetros. A veces más. En plena noche. Solo.
Eso no es alguien que disfruta del aire fresco. Es alguien cuyo cuerpo necesita moverse para que la cabeza funcione.
Lo tercero: la impulsividad en las decisiones vitales. Casarse joven. Tener diez hijos. Dejar a su mujer de un día para otro. Obsesionarse con personas, proyectos, causas. Y luego, con la misma intensidad, abandonarlas. El ciclo de hiperfoco seguido de desinterés total es algo que cualquiera con TDAH reconoce al instante.
Y lo cuarto: escribir bajo presión como si le fuera la vida. Dickens publicaba sus novelas por entregas semanales. Es decir, capítulo a capítulo, sin red de seguridad. Si no entregaba, no se publicaba. Si no se publicaba, no cobraba. Esa presión externa era exactamente el tipo de deadline que un cerebro con TDAH necesita para funcionar al máximo. Es lo mismo que le pasaba a Dostoievski cuando escribía contra el reloj para pagar deudas de juego. El patrón se repite: sin urgencia, no hay acción.
Las caminatas nocturnas como regulación
Cuando lees sobre las caminatas de Dickens con ojos de alguien que entiende cómo funciona un cerebro con TDAH, todo cobra sentido.
No caminaba para inspirarse. Eso es lo que dicen los biógrafos románticos. Caminaba porque necesitaba regular su sistema nervioso. Necesitaba quemar la energía que le sobraba. Necesitaba que su cuerpo hiciera algo repetitivo y físico para que su mente pudiera organizarse.
Cualquier persona con TDAH que haya descubierto que piensa mejor caminando, haciendo ejercicio o moviendo las manos sabe exactamente de qué estoy hablando. No es que el movimiento te inspire. Es que sin movimiento, tu cerebro es un navegador con cuarenta pestañas abiertas y música sonando en alguna que no encuentras.
Dickens lo sabía de forma intuitiva. No tenía nombre para lo que le pasaba. No tenía diagnóstico ni tratamiento. Pero encontró su propia forma de regularse. A las dos de la mañana. Por las calles de Londres. Solo.
La escritura bajo presión como combustible
Dickens podría haber escrito sus novelas completas y publicarlas de golpe. Pero eligió el formato de entregas semanales. Y no fue solo por dinero. Era porque ese formato le obligaba a producir. Cada semana. Sin excepción.
Para un cerebro neurotípico, eso suena a pesadilla. Para un cerebro que necesita presión externa para activarse, es exactamente la estructura que lo mantiene funcionando.
Y funcionó. Dickens produjo una cantidad de trabajo que sigue pareciendo absurda hoy en día. No porque fuera disciplinado en el sentido clásico. Sino porque encontró un sistema externo que hacía de deadline permanente. El público esperaba su capítulo. La revista esperaba su entrega. Y esa presión era el combustible que su cerebro necesitaba para arrancar.
Sin presión, nada. Con presión, quince novelas y cientos de cuentos.
Lo que Dickens nos cuenta sin saberlo
Dickens murió a los 58 años. Agotado. Literalmente. Las giras de lectura, el ritmo de trabajo, la intensidad de todo lo que hacía le pasaron factura. Dio una vida entera sin freno de mano.
Y ese es el lado que nadie te cuenta de estos perfiles. La energía inagotable no es gratis. La creatividad constante no es un superpoder sin coste. La incapacidad de parar, de decir "ya está", de soltar un proyecto, tiene un precio. Dickens lo pagó con su salud.
Pero también dejó algo que ciento cincuenta años después sigue siendo relevante. Oliver Twist. David Copperfield. Grandes esperanzas. Cuento de Navidad. Historias que definieron cómo entendemos la novela moderna.
Todo escrito por un hombre que necesitaba caminar treinta kilómetros cada noche para poder pensar.
Eso no es disciplina. Es un cerebro que funciona diferente encontrando su propia forma de funcionar.
Si alguna vez has sentido que necesitas moverte para pensar, que las mejores ideas te llegan caminando, que tu cabeza no se apaga cuando el resto del mundo duerme, puede que no sea un problema. Puede que solo necesites entender cómo funciona tu cerebro.
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