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Senna vs Earhart: dos cerebros que necesitaban velocidad para vivir

Senna corría a 300 km/h. Earhart cruzó el Atlántico sola. Los dos buscaban lo mismo: un estímulo que callara el ruido de su cerebro.

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Ayrton Senna corría a 300 km/h. Amelia Earhart cruzó el Atlántico sola en un avión. Los dos buscaban lo mismo: un estímulo lo bastante fuerte para que su cerebro dejara de hacer ruido interno. Y los dos murieron haciendo lo que necesitaban hacer.

Eso no es una coincidencia poética. Es un patrón.

Dos personas de épocas distintas, disciplinas opuestas, continentes diferentes. Uno en un circuito de Fórmula 1, otra en una cabina a diez mil pies de altura. Y sin embargo, cuando lees sus biografías, encuentras el mismo motor debajo de todo: un cerebro que no funcionaba en modo normal. Que necesitaba velocidad, riesgo y estímulo constante para sentirse vivo.

¿Qué compartían Senna y Earhart además de la velocidad?

Más de lo que parece a primera vista.

Los dos fueron niños que no encajaban. Senna era un crío hiperactivo en São Paulo que desmontaba los karts de su padre antes de cumplir los diez años. No porque quisiera aprender mecánica. Porque no podía estar quieto. Su cuerpo necesitaba hacer algo con las manos y su cabeza necesitaba un problema que resolver.

Earhart era una niña que coleccionaba recortes de periódico sobre mujeres con trabajos "de hombres". En la década de 1910. En Kansas. Su madre la dejaba trepar a árboles, construir rampas caseras y tirarse en trineo por pendientes que daban miedo. No era rebeldía. Era un cerebro que necesitaba estímulo o se apagaba.

Los dos tenían algo que la gente de su entorno no acababa de entender: una incapacidad absoluta para conformarse con lo que había. No por ambición. Por necesidad neurológica.

Senna dejó una vida cómoda en Brasil para irse a competir en karts de mierda en Inglaterra con dieciocho años. Earhart dejó un trabajo de asistente social para tomar sus primeras clases de vuelo con veintitrés. Los dos sintieron lo mismo la primera vez: esto es lo que mi cerebro llevaba buscando toda la vida.

Esa sensación tiene un nombre en neurociencia. Se llama encontrar tu fuente de dopamina.

¿Por qué la velocidad funciona tan bien para cerebros inquietos?

Un cerebro con TDAH tiene un sistema dopaminérgico que va corto de estímulo casi todo el rato. Las tareas cotidianas no generan suficiente recompensa neuroquímica para mantenerlo enganchado. Por eso te aburres en una reunión a los cinco minutos. Por eso cambias de serie a mitad de episodio. Por eso el cerebro busca constantemente algo que le despierte.

La velocidad es dopamina instantánea.

Cuando Senna entraba en una curva a 280 km/h con lluvia, su cerebro entraba en un estado de concentración absoluta. No había espacio para la dispersión. No había ruido mental. No había diez pensamientos compitiendo por atención. Solo había la curva, el volante y la línea entre vivir y morirse. Hiperfoco puro.

Earhart describía algo parecido. En sus escritos hablaba de la paz que sentía volando sola sobre el océano. Paz. En un avión de los años 30 con instrumentos que hoy meterían miedo. Eso no es valentía convencional. Es un cerebro que por fin encuentra silencio en el lugar más ruidoso del mundo.

Los exploradores con TDAH comparten exactamente este patrón. Magallanes no dio la vuelta al mundo por gloria. La dio porque quedarse quieto era peor que morir en el intento. Marco Polo no viajó veinticuatro años seguidos por curiosidad turística. Lo hizo porque volver a Venecia y llevar una vida normal era lo más parecido al infierno que podía imaginar.

¿Dónde están las diferencias entre los dos?

En casi todo lo que no es cerebro.

Senna era metódico. Analizaba cada vuelta, cada dato, cada décima de segundo. Tenía una capacidad obsesiva para encontrar patrones en los tiempos de carrera que sus ingenieros no veían. Eso es hiperfoco aplicado a datos. Un cerebro que cuando se engancha a algo, lo procesa a una profundidad que la gente neurotípica no alcanza.

Earhart era más caótica. Cambiaba de plan, improvisaba, se metía en líos logísticos que después tenía que resolver sobre la marcha. Su vuelo transatlántico en solitario de 1932 fue, según ella misma, un desastre técnico que salió bien de milagro. El motor fallaba. La altitud no era la correcta. Y ella siguió volando porque parar no era una opción que su cerebro contemplase.

Senna encontró estructura dentro de la velocidad. Earhart encontró libertad.

Los dos buscaban dopamina. Pero el camino para conseguirla era opuesto. Uno a través del control absoluto. Otra a través del caos controlado. Y curiosamente, los dos funcionaban mejor cuando el riesgo era más alto. No a pesar del peligro, sino gracias a él.

Eso es algo que mucha gente no entiende sobre los cerebros que buscan sensaciones extremas. No es que quieran morir. Es que necesitan sentirse vivos a un nivel que las actividades normales no les dan. Y la diferencia entre un cerebro que gestiona eso bien y uno que acaba mal no es la intensidad del estímulo. Es si tienes o no un sistema que funcione alrededor.

Lo que sus vidas dicen sobre el TDAH (sin diagnosticarlos)

Ni Senna ni Earhart tuvieron un diagnóstico de TDAH. Vivieron en épocas donde eso no existía como concepto clínico aplicable a adultos funcionales. Así que no vamos a inventarnos uno.

Lo que sí podemos hacer es observar patrones.

La necesidad constante de estímulo. La incapacidad de funcionar en entornos estructurados convencionales. El hiperfoco en actividades que generan adrenalina. La tendencia a tomar decisiones impulsivas que otros consideran suicidas. La dificultad para encontrar satisfacción en lo cotidiano. La sensación de estar vivo solo cuando todo va a doscientos por hora.

Eso no prueba nada. Pero dibuja un perfil que cualquier persona con TDAH reconoce inmediatamente. Porque es el suyo propio.

Y lo más interesante no es si tenían o no TDAH. Lo interesante es que los dos encontraron exactamente el entorno que su cerebro necesitaba para funcionar al máximo. No intentaron encajar en el molde. Buscaron un mundo donde ser así no fuera un problema, sino una ventaja. Y en ese mundo, fueron los mejores.

Senna es considerado el mejor piloto de la historia de la Fórmula 1. Earhart fue la primera mujer en cruzar el Atlántico sola en avión. No está mal para dos cerebros que probablemente no habrían aprobado una oposición ni aguantado un mes en una oficina.

Lo que puedes sacar de esta comparación

Que la velocidad no es el objetivo. Es el síntoma.

Lo que Senna y Earhart buscaban no era ir rápido. Era sentir que su cerebro funcionaba. Que las piezas encajaban. Que el ruido se callaba por fin. La velocidad era simplemente el canal que encontraron para llegar a ese estado.

Tu canal probablemente no sea un coche de Fórmula 1 ni un biplano. Pero la necesidad es la misma. Encontrar esa actividad, ese proyecto, ese entorno donde tu cerebro deja de pelear contra sí mismo y empieza a funcionar como fue diseñado.

No necesitas cruzar un océano. Necesitas entender cómo funciona tu cabeza.

Si alguna vez has sentido que necesitas el doble de estímulo que los demás para funcionar, que tu cerebro se apaga con lo rutinario y se enciende con lo extremo, puede que no sea un defecto. Puede que solo necesites saber qué está pasando ahí dentro.

Hacer el test de TDAH

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