Catalina la Grande: la emperatriz que no podía dejar de reformar
Catalina la Grande llegó a Rusia sin hablar ruso y transformó un imperio entero. Analizamos los posibles rasgos TDAH detrás de su energía imparable.
Catalina la Grande llegó a Rusia sin hablar ruso, destronó a su marido y modernizó un imperio entero. Un cerebro que no sabía estarse quieto ni sentado en un trono.
Y no hablamos de pequeños ajustes. Hablamos de reformar la educación, la administración, el ejército, las leyes, las artes, la medicina, la expansión territorial y, ya de paso, mantener correspondencia con Voltaire y Diderot como quien tiene un grupo de WhatsApp con los filósofos más importantes de Europa.
Todo a la vez. Sin parar. Durante treinta y cuatro años.
Si eso no te suena a un cerebro que funciona diferente, es que no has conocido a nadie con TDAH.
De princesa alemana a emperatriz de Rusia (sin instrucciones)
Catalina nació como Sofía Federica Augusta en un pequeño principado alemán. Una familia noble pero sin dinero. Sin poder real. Sin ningún motivo para pensar que esa niña iba a acabar gobernando el imperio más grande del planeta.
La casaron con Pedro III de Rusia cuando tenía quince años. Un matrimonio político. Un marido que, según cuentan los historiadores, prefería jugar con soldaditos de madera antes que gobernar un país. Literalmente. El hombre jugaba con figuras militares en miniatura mientras su mujer aprendía ruso por su cuenta, leía todo lo que caía en sus manos y construía alianzas con medio tribunal.
Piénsalo un momento.
Una adolescente alemana, sola en un país extranjero, con un idioma que no conoce, casada con un tipo que no le hace ni caso, rodeada de una corte que la ve como una extranjera. La mayoría de personas se habrían hundido. Catalina hizo lo contrario: se obsesionó con aprender.
Se cuenta que se levantaba de madrugada para estudiar ruso. Que leía filosofía francesa hasta las tantas. Que mientras su marido jugaba a los soldaditos, ella estaba hablando con generales, diplomáticos y sacerdotes ortodoxos para entender cómo funcionaba aquello por dentro.
Eso tiene un nombre. Se llama hiperfoco. Cuando un cerebro con TDAH encuentra algo que le enciende, no existe nada más. Ni el sueño, ni el cansancio, ni el sentido común. Solo esa cosa que necesita entender, dominar, conquistar.
Catalina hiperfocó en Rusia. Y Rusia no tenía ni idea de lo que se le venía encima.
¿Cómo se ven los posibles rasgos TDAH en Catalina la Grande?
Antes de nada, lo obvio: Catalina la Grande vivió en el siglo XVIII. Nadie le hizo un test. No hay diagnóstico. Lo que hay son patrones de comportamiento documentados por historiadores que, vistos desde lo que hoy sabemos sobre el TDAH, encajan con una precisión que da un poco de escalofríos.
La necesidad constante de estímulo nuevo. Catalina no podía hacer una sola cosa. Reformó el sistema educativo ruso, fundó hospitales, construyó museos, amplió las fronteras del imperio, escribió obras de teatro, mantuvo correspondencia con medio continente y coleccionó arte como si intentara meter toda Europa dentro del Hermitage. Un proyecto detrás de otro. A veces, tres a la vez. Es el patrón típico de un cerebro que necesita novedad para funcionar. Que cuando algo deja de ser nuevo, necesita el siguiente reto o se apaga.
La impulsividad en las decisiones. El golpe de estado contra su propio marido. Catalina no esperó a que las cosas se arreglaran solas. Vio la oportunidad, se puso un uniforme militar, montó a caballo y lideró a los guardias imperiales para derrocar a Pedro III. En cuestión de horas. Sin plan detallado. Sin comité de expertos. Sin consultoría de McKinsey. Vio, decidió, actuó. Los historiadores llevan siglos debatiendo si fue valentía o locura. Los que tenemos TDAH lo reconocemos al instante: es impulsividad pura con un motor detrás tan potente que funciona.
Hiperfoco seguido de cambio brusco. Catalina se lanzaba a un proyecto con toda su energía. La reforma legal, por ejemplo. Escribió un documento de más de quinientas páginas llamado Nakaz, basado en ideas de Montesquieu y Beccaria. Lo trabajó durante dos años con una intensidad brutal. Y después lo dejó. Pasó a otra cosa. No porque no le importara, sino porque su cabeza ya había pasado a la siguiente obsesión. Como quien abre cuarenta pestañas en el navegador y al final no cierra ninguna.
Búsqueda de estímulo social. Catalina era conocida por su necesidad de rodearse de gente. Organizaba tertulias, debates, eventos. No soportaba el silencio ni la soledad prolongada. Buscaba conversación, confrontación intelectual, movimiento. Como muchas mujeres con posibles rasgos TDAH a lo largo de la historia, su energía social se interpretó de mil formas, pero pocas veces se asoció con un cerebro que necesita estímulo constante para no desconectar.
Una emperatriz que gobernaba como quien tiene treinta proyectos abiertos
Catalina gobernó Rusia durante treinta y cuatro años. Y la forma en que lo hizo es un catálogo andante de lo que pasa cuando un cerebro con mucha gasolina y pocas ganas de frenar se sienta en el trono más poderoso del mundo.
No delegaba bien. Quería controlar todo. Se metía en los detalles de cada reforma como si fuera ella la que tenía que escribir cada ley, supervisar cada obra, negociar cada tratado. Los historiadores lo describen como perfeccionismo. Pero también puede verse como la incapacidad de soltar un proyecto una vez que tu cabeza se ha enganchado a él.
Dormía poco. Trabajaba de madrugada. Pasaba de un asunto a otro con una velocidad que agotaba a sus asesores. Donde otros líderes con posibles rasgos TDAH en la historia se rodearon de equipos que compensaban su dispersión, Catalina intentó ser ella misma ese equipo. Muchas veces lo consiguió. Otras, el coste fue alto.
Porque la otra cara de toda esa energía es el desgaste. Las decisiones impulsivas que luego hay que reparar. Los proyectos empezados con pasión y abandonados a medias cuando la novedad se evapora. La dificultad de mantener relaciones estables cuando tu cabeza funciona a una velocidad que el resto no puede seguir.
Catalina tuvo todo eso. Y aun así, transformó Rusia de un país aislado en una potencia europea. No a pesar de su cerebro, sino empujada por él.
Lo que Catalina la Grande nos enseña sobre los cerebros que no paran
Que la historia está llena de personas que cambiaron el mundo no porque supieran estarse quietas, sino precisamente porque no podían.
Catalina no encajaba en ningún molde. Era mujer en un mundo de hombres. Extranjera en un país que no era el suyo. Y tenía un cerebro que funcionaba a un ritmo que nadie a su alrededor podía seguir. Todo estaba en su contra. Y usó cada una de esas diferencias como combustible.
No es tan diferente de Juana de Arco y sus posibles rasgos TDAH. Otro cerebro que no aceptaba el guion que le habían escrito. Otra persona que actuaba antes de que el mundo le diera permiso.
La diferencia es que Catalina tuvo treinta y cuatro años de trono para demostrarlo. Y los usó todos. Cada uno. Sin descanso.
Eso es lo que hace un cerebro que no sabe parar cuando le pones el contexto adecuado.
No se rompe.
Reforma un imperio.
Si alguna vez te han dicho que piensas demasiado, que saltas de una cosa a otra, que no puedes estarte quieto, puede que no sea un defecto. Puede que solo necesites entender cómo funciona tu cerebro.
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