Líderes con TDAH: cuando la impulsividad dirige naciones
Churchill, JFK, Napoleón, Theodore Roosevelt, Lincoln. Los líderes más recordados tenían cerebros que no funcionaban como se esperaba.
Hay una lista que no sale en los libros de historia.
No la de batallas ganadas, ni la de tratados firmados, ni la de discursos que cambiaron el mundo.
La lista de los líderes que probablemente no habrían pasado el primer trimestre del colegio hoy en día.
Churchill suspendía todo. Lincoln fracasó siete veces antes de llegar a la Casa Blanca. Roosevelt necesitaba boxear, escribir libros y explorar la Amazonia al mismo tiempo para sentirse mínimamente funcional. Napoleón dormía cuatro horas. JFK buscaba el siguiente estímulo como si le fuera la vida en ello.
Genios, dicen los libros.
Cerebros que no funcionaban como se esperaba, digo yo.
¿Qué tenían en común los líderes más caóticos de la historia?
No el cociente intelectual. No el origen familiar. No la suerte, aunque algunos tuvieron bastante.
Lo que tenían en común era una mente que no podía parar. Que necesitaba estímulos constantes. Que tomaba decisiones a una velocidad que dejaba al resto sin palabras. Que alternaba entre una energía desbordante y momentos de oscuridad que nadie a su alrededor entendía del todo.
Ese patrón tiene nombre hoy. En el siglo XVIII o XIX, simplemente se llamaba carácter difícil. O genio. Dependía de si ganabas o perdías.
Vamos uno a uno.
¿Por qué Churchill es el caso más claro?
Winston Churchill era el peor estudiante de su clase en Harrow. Sus profesores lo describían como incapaz de concentrarse, incapaz de sentarse, incapaz de seguir instrucciones. Suspendía materias de forma sistemática. Su padre lo consideraba, literalmente, un caso perdido.
El mismo tipo luego escribió más de cuarenta libros, dirigió el Imperio Británico durante la Segunda Guerra Mundial, pronunció discursos que todavía hoy ponen los pelos de punta y ganó el Nobel de Literatura en 1953.
Lo que nadie cuenta es el otro lado.
Churchill también tenía lo que él llamaba el "perro negro". Episodios de depresión profunda que lo dejaban sin poder levantarse de la cama durante días. Una impulsividad que lo llevó a tomar decisiones militares desastrosas (Gallipoli es el ejemplo que todos los historiadores mencionan). Una necesidad de atención y validación que complicó muchas de sus relaciones.
El mismo cerebro que le permitía trabajar dieciocho horas seguidas, dictar memorandos a sus secretarios a las dos de la mañana y procesar información de varios frentes a la vez, era el que lo hundía cuando no había crisis en la que meterse.
Sin la guerra, Churchill era un hombre buscando una guerra constantemente. Con la guerra, era exactamente lo que el mundo necesitaba.
Ese es el TDAH funcionando exactamente como funciona: rendimiento brutal en el contexto correcto, caos en el contexto equivocado.
¿Por qué JFK era adicto a los estímulos?
John F. Kennedy no podía parar quieto. No en el sentido físico, aunque también. En el sentido de que necesitaba constantemente situaciones nuevas, riesgos nuevos, personas nuevas, problemas nuevos.
Los biógrafos lo atribuyen a su personalidad. A su educación. A su entorno familiar competitivo. Todo eso es verdad. Pero también hay un patrón neurológico muy reconocible debajo.
La búsqueda de novedad es uno de los rasgos más consistentes del TDAH adulto. No es vicio ni falta de carácter. Es que el cerebro con TDAH necesita dopamina para funcionar, y la dopamina aparece con lo nuevo, lo urgente, lo emocionante. Lo rutinario, lo predecible, lo seguro, eso no activa el cerebro del mismo modo.
Kennedy tomaba decisiones bajo presión mejor que casi cualquier presidente antes o después que él. La Crisis de los Misiles de Cuba es el ejemplo más citado: trece días donde el mundo estuvo al borde de la guerra nuclear y Kennedy mantuvo la cabeza cuando todos los que lo rodeaban querían pulsar el botón.
El mismo hombre que se aburría en una reunión de gabinete que durara más de veinte minutos.
El carisma que lo hizo presidente tenía mucho que ver con esa energía y esa capacidad de conectar en segundos con cualquier persona. Eso también es frecuente en el TDAH: la hipersensibilidad social, la capacidad de leer una habitación de un vistazo, la chispa que se enciende cuando hay gente delante.
¿Cómo gestionaba Napoleón cuatro conversaciones a la vez?
Ya hemos hablado de Napoleón en este blog. Pero en el contexto de esta lista merece una mención.
Napoleón dictaba cartas a cuatro secretarios simultáneamente. Cuatro personas tomando notas al mismo tiempo sobre temas completamente distintos. Y cada carta era coherente, argumentada y con instrucciones concretas.
Dormía cuatro horas. Comía en diez minutos. Reorganizó el código civil francés, el sistema educativo, el banco de Francia y de paso conquistó media Europa.
Y luego invadió Rusia en invierno cuando todos le dijeron que era un suicidio.
Ahí está el doble filo: la misma velocidad de decisión que le daba ventaja en batalla lo llevó al error más catastrófico de su carrera. La impulsividad no distingue entre el momento en que necesitas decidir rápido y el momento en que necesitas parar y escuchar.
Napoleón nunca aprendió esa diferencia. Le costó todo.
¿Qué pasa cuando el presidente también es explorador, escritor y boxeador?
Theodore Roosevelt merece un párrafo aparte porque su caso es el más extremo de todos.
En un periodo en que era presidente de los Estados Unidos, también escribió libros de historia, exploró el Amazonas, perseguía outlaws en Dakota del Norte a caballo, boxeaba regularmente en la Casa Blanca (hasta que un golpe le dañó un ojo de por vida y tuvo que dejarlo), construyó el canal de Panamá, recibió el Nobel de la Paz y cazaba animales en África.
Eso no es productividad. Eso es un cerebro que físicamente no puede procesar la idea de hacer solo una cosa.
Roosevelt era lo que hoy llamaríamos hiperactivo en su expresión más pura. No podía sentarse. No podía no hacer algo. Necesitaba que cada día tuviera una aventura, un proyecto nuevo, un reto físico, un debate intelectual.
Lo interesante de Roosevelt es que canalizó esa energía de forma brutalmente efectiva. No porque tuviera un sistema de productividad. Sino porque encontró un contexto, la política y la exploración, que le exigía exactamente el tipo de actividad que su cerebro necesitaba para funcionar.
Si hubiera nacido en otro momento o en otra circunstancia, igual es el tío que empieza ocho negocios y no termina ninguno. El contexto lo cambió todo.
¿Por qué Lincoln fracasó siete veces antes de llegar a la presidencia?
Abraham Lincoln fracasó en los negocios en 1833. Perdió una elección al estado en 1836. Tuvo un colapso nervioso en 1836. Perdió otra elección en 1843. Perdió la candidatura al Congreso en 1848. Perdió la candidatura al Senado en 1855. Perdió la candidatura a vicepresidente en 1856. Perdió otra elección al Senado en 1858.
En 1860, ganó la presidencia de los Estados Unidos.
Los libros de autoayuda usan esa lista como ejemplo de perseverancia. Lo que nadie menciona es lo que Lincoln describía en sus propios diarios: una intensidad emocional que lo aplastaba. Episodios de tristeza profunda que no podía explicar. Una mente que iba constantemente a velocidad máxima y que no tenía un botón de pausa.
Lincoln tenía lo que los historiadores llaman melancolía. Hoy probablemente se llamaría depresión comórbida con TDAH, que es combinación frecuente y bastante complicada de gestionar.
La intensidad emocional del TDAH no es solo hiperactividad y despiste. Es también sentir todo a un volumen más alto que los demás. Las derrotas duelen más. Los fracasos se instalan más tiempo. Y la capacidad de levantarse igualmente, no por optimismo ingenuo sino por una especie de obstinación que no sabe bien cómo rendirse, eso también es parte del perfil.
Lincoln llegó a presidente después de siete fracasos no porque fuera el más listo o el más preparado. Llegó porque su cerebro no procesaba la derrota como señal de parar.
¿Qué nos dice todo esto sobre el TDAH?
No que sea un superpoder. Ya estoy aburrido de ese framing.
Tampoco que sea una maldición. Eso tampoco es verdad ni útil.
Lo que nos dice es que el TDAH es un perfil neurológico con características muy concretas. Algunas de esas características, en el contexto correcto, producen resultados que el resto del mundo llama extraordinarios. En el contexto equivocado, producen desastres del tamaño de la campaña de Rusia o siete fracasos seguidos.
Churchill sin una guerra era un hombre buscando pelea. Con una guerra, era exactamente lo que hacía falta.
Roosevelt sin una frontera que cruzar habría sido un desastre doméstico. Con un continente por explorar, fue presidente y aventurero al mismo tiempo.
Lincoln sin la obstinación de un cerebro que no procesa bien la señal de "para ya", nunca habría llegado a donde llegó.
El patrón es el mismo en todos: el cerebro con TDAH no tiene más valor ni menos valor que cualquier otro cerebro. Tiene condiciones distintas bajo las que funciona mejor. Y la diferencia entre el caos y la grandeza, muchas veces, es haber encontrado esas condiciones.
O haberlas creado.
Lo cual es mucho más fácil cuando sabes lo que tienes entre manos.
Si tu cabeza va a una velocidad que no siempre entiendes, lo primero es entender qué tipo de cerebro tienes.
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