Bodas, bautizos y comuniones con TDAH: el evento social infinito
Ceremonia interminable, banquete con 80 desconocidos y sin escapatoria. Así es un evento social con TDAH. Te lo cuento desde dentro.
Llevas veinte minutos en un banco de madera durísimo. El cura lleva quince leyendo el mismo pasaje. La novia ha llorado dos veces. Y tú llevas al menos diez minutos mirando la lámpara del techo y calculando cuántos bombillitos tiene.
Doscientos cuarenta y tres. Por si te lo preguntas.
Este es el evento social definitivo para un cerebro con TDAH. No porque sea malo. No porque no quieras estar ahí. Sino porque es exactamente el entorno que tu cerebro peor tolera: estructura rígida, silencio obligatorio, duración impredecible, y la presión social de no poder moverte porque todos te están viendo.
Y lo mejor: esto es solo el aperitivo. Después vienen seis horas de banquete.
¿Por qué los eventos familiares son tan agotadores con TDAH?
Porque combinan, en un solo día, todo lo que tu cerebro procesa peor.
Primero, la ceremonia. Es exactamente como una reunión de trabajo de una hora, pero con más incienso y menos posibilidad de escaquearte. No hay novedad. No hay estímulo. No hay nada que hacer excepto estar sentado, en silencio, mirando al frente, mientras tu mente lleva diez minutos pensando en qué habrá de primero en el banquete.
Tu cerebro necesita dopamina para mantenerse enganchado. La ceremonia genera la misma dopamina que ver crecer el césped. Así que desconecta. No porque seas un maleducado. Porque no puede hacer otra cosa.
Y entonces el problema no es solo aburrirte. Es gestionar que te estás aburriendo delante de treinta familiares que te observan.
El banquete: sobreestimulación total
Si la ceremonia es el desierto, el banquete es la tormenta eléctrica.
De repente estás en un salón con ochenta personas, música de fondo a volumen de bar, cuatro conversaciones simultáneas en tu mesa, y la tía que no ves desde la comunión del primo en 2009 preguntándote cómo te va la vida. En ese orden.
Tu cerebro, que ya venía agotado de dos horas de ceremonia, ahora tiene que procesar todo a la vez. La conversación de tu lado derecho. La del lado izquierdo. El discurso del padrino por los altavoces. El llanto de un bebé en algún punto del salón. La temperatura. Los zapatos que llevas tres horas apretando.
Todo entra. Nada se filtra. Y tú estás ahí, sonriendo, asintiendo, respondiendo preguntas, haciendo el esfuerzo titánico de parecer presente cuando por dentro tu sistema operativo ya está al límite.
Lo peor es que encima tienes que ser simpático. Con gente que apenas conoces. Y contestar las mismas preguntas doce veces: trabajo, si tienes pareja, si tienes hijos, si sigues en Zaragoza, planes para el futuro. Una y otra vez. Con cada nuevo familiar que se acerca a saludarte durante el banquete.
Es como hacer networking de empresa pero sin poder irte cuando quieras y con la obligación implícita de aguantar hasta que el novio tire el ramo.
La trampa de "no puedes irte"
Aquí está la diferencia clave entre una cena con amigos y una boda.
Con amigos, si en algún momento tu cerebro dice basta, puedes poner una excusa y salir. "Que mañana madrugo." "Que tengo una cosa." Nadie lo interpreta mal.
En una boda no puedes. No puedes irte a las tres horas porque "estás cansado". No puedes desaparecer después del primer plato. Estás atrapado en el guion social del evento. Y el guion dice que te quedas hasta el final, o al menos hasta que se sirve el pastel, o hasta que sagas el toro, o lo que sea que dure hasta las dos de la mañana.
El masking, que es la energía que gastas en parecer normal y encajar, está funcionando al máximo durante todo el día. Cada momento que sonríes cuando estás agotado. Cada vez que finges que te acuerdas de quién es el primo de la novia. Cada conversación que mantienes cuando lo que quieres es silencio.
Y ese gasto energético no se ve desde fuera. Desde fuera parece que lo estás pasando genial. Pero por dentro llevas horas quemando un combustible que no puedes recargar hasta que llegues a casa.
¿Por qué esperar entre plato y plato es insoportable?
Los eventos de este tipo tienen algo especialmente cruel: los tiempos muertos.
La espera entre la ceremonia y el aperitivo. La espera entre el aperitivo y que te digan dónde te sientas. La espera entre plato y plato. La espera para el pastel. La espera para el baile. La espera para que alguien decida que ya puedes irte sin que sea de mala educación.
Un cerebro con TDAH y las esperas no se llevan bien. Lo sabes si alguna vez has entrado en espiral mirando el móvil en una cola que no avanza. Ahora imagina eso, pero sin poder mirar el móvil porque estás en una boda y queda raro.
Te quedas mirando el mantel. Jugando con el cuchillo de la mantequilla. Contando las flores del centro de mesa. Leyendo el menú impreso tres veces aunque ya lo hayas memorizado.
Tu cerebro necesita estímulo y en esos momentos no hay nada. Nada de nada. Solo esperar.
El agotamiento antes del postre
A las seis horas, algo se rompe.
No es que estés triste. No es que no te estés pasando bien. Es que tu cerebro ha procesado tal cantidad de estímulos durante tanto tiempo, sin opción de descanso real, que simplemente se queda sin combustible.
Y entonces estás ahí, en el postre, sonriendo de forma mecánica, respondiendo con frases cortas, y lo único que quieres en el mundo es estar en el coche con el silencio.
No porque la boda sea mala. No porque no quieras a los novios.
Es que tu cerebro ha llegado al límite.
Cómo sobrevivir (sin que te echen del banquete)
No hay forma de convertir una boda en un plan de bajo impacto para el cerebro TDAH. Pero sí hay cosas que hacen la diferencia.
Los micro-descansos son fundamentales. Cada hora, busca dos minutos de soledad real. El baño. Salir un momento a la puerta. Dar una vuelta corta por el jardín si lo hay. No necesitas desaparecer. Solo necesitas cinco minutos sin estímulos para que tu cerebro baje un poco las revoluciones.
Sobre las conversaciones: prepárate mentalmente dos o tres temas que puedas tirar en cualquier conversación con desconocidos. "¿Cómo conociste a los novios?" es infalible. Les haces hablar a ellos, tú escuchas, y tu cerebro descansa de tener que generar contenido social desde cero.
Si puedes elegir sitio en la mesa, busca un extremo. Menos flancos de conversación simultánea. Más control sobre tu burbuja.
Y lo más importante: date permiso para estar agotado después. No es que te hayas portado mal. No es que seas antisocial. Has pasado ocho horas funcionando a máxima capacidad en un entorno de alta exigencia social. El bajón de después es consecuencia lógica. No es debilidad.
No es que seas un malquedado
Porque eso es lo que parece desde fuera.
El que se aburre en la ceremonia. El que mira el móvil entre plato y plato. El que a las nueve ya tiene cara de querer irse a casa. El que no recuerda el nombre del novio aunque se lo hayan dicho cuatro veces.
No es falta de respeto. Es que tu cerebro funciona con reglas diferentes y los eventos sociales de larga duración son exactamente el tipo de situación para la que no está diseñado.
Eso no significa que tengas que renunciar a ir a bodas. Significa que ir a una boda con TDAH es objetivamente más difícil que para el resto. Y saberlo te ayuda a prepararte, a gestionarlo, y a no machacarte cuando al día siguiente necesitas estar en casa viendo una serie en silencio para recuperarte.
Si esto te suena demasiado familiar y llevas años sintiéndote raro en situaciones sociales que para los demás parecen fáciles, puede que tenga que ver con cómo funciona tu cerebro. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. No es un diagnóstico, pero sí es un buen punto de partida para entender por qué ciertos entornos te cuestan mucho más que a los demás.
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