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Networking con TDAH: cuando hablar con extraños es agotador o adictivo

Networking con TDAH: o te resulta una tortura o te enganchas a hablar con todo el mundo. El resultado final siempre es el mismo: agotamiento total.

tdah

Eres el primero en entrar al evento. Te quedas junto a la mesa de los canapés con un vaso de agua que no vas a beber mirando a treinta personas que se conocen entre ellas. Nadie te mira. Tú miras el reloj. Han pasado cuatro minutos y ya quieres irte.

O lo contrario.

Llegas, ves gente, y algo se activa. Hablas con el primero que tienes al lado. Luego con otro. Luego con un tercero que resulta ser un proyecto interesantísimo que no terminas de entender del todo pero sigues escuchando porque mola. Dos horas después llevas hablado con doce personas y no recuerdas el nombre de ninguna.

El networking con TDAH no tiene término medio. Es tortura o es hiperfoco social. Y los dos acaban igual.

¿Por qué el small talk parece diseñado para hacerte sufrir?

Porque lo es. O al menos para tu cerebro.

El small talk funciona con un protocolo muy claro. "¿A qué te dedicas?" "¿Llevas mucho en el sector?" "¿Conoces a Fulanito?" Preguntas de relleno que llenan el silencio hasta que la conversación llega a algo interesante o uno de los dos encuentra la excusa para irse.

Para un cerebro neurotípico eso es automático. Piloto automático social. Sale solo.

Para el tuyo es un esfuerzo activo. Tienes que elegir la pregunta, calcular si es demasiado personal, escuchar la respuesta, decidir qué comentar, gestionar si tu respuesta ha sonado rara, y además mantener el contacto visual sin que parezca que estás mirando demasiado o demasiado poco. Todo a la vez. Todo en tiempo real.

Y mientras tanto, la mitad de tu cabeza está pensando en algo completamente distinto que no tiene nada que ver con la conversación.

Cuando la conversación no te interesa, el TDAH te desconecta. No decides desconectarte. Es automático. Tu cerebro busca dopamina y si la conversación no la da, la busca en otro sitio. La vista se va hacia la puerta. Empiezas a pensar en lo que tienes que hacer mañana. En esa serie que dejaste a medias. En si has cerrado bien el coche.

Y la persona que tienes delante lo nota. No sabe por qué, pero lo nota. Y tú te das cuenta de que lo nota. Y eso genera una capa extra de ansiedad encima de todo lo demás.

Así que cuando expresarse bien ya es difícil con TDAH, hacerlo con desconocidos en un contexto de networking es directamente una misión de alto riesgo.

El otro extremo: el networking como hiperfoco

Y luego está la otra versión del mismo problema.

La conversación que empieza con "¿y tú a qué te dedicas?" y a los cuarenta minutos lleváis hablando de la crisis de identidad del emprendedor moderno, de un proyecto que ninguno de los dos tiene claro pero que ambos queréis lanzar ya, y de por qué el sistema educativo está roto. Cuarenta minutos con un desconocido completo que ahora siente como tu mejor amigo.

Eso también es TDAH.

Cuando algo te interesa, el hiperfoco no distingue entre un amigo de diez años y alguien que acabas de conocer hace media hora. La intensidad es la misma. La energía es la misma. La sensación de conexión es la misma.

Y eso tiene dos efectos.

Primero: esa persona probablemente también lo ha disfrutado. La conversación ha sido buena. Real. Sin protocolo. Y puede que ahí haya algo interesante.

Segundo: has estado tan metido en esa conversación que el resto del evento no ha existido para ti. El objetivo de "hablar con diez personas y conseguir tres contactos útiles" se ha convertido en "hablar con una persona durante cuarenta y cinco minutos mientras perdía la noción del tiempo".

Clásico.

El problema es que, cuando haces amigos con TDAH, esa intensidad inicial tan buena suele chocar después con la constancia tan mala. Esa persona con la que conectaste tan bien va a quedar en un número en tu móvil al que nunca vas a escribir porque tu cerebro habrá pasado a otra cosa cuando llegues a casa.

El momento de interrumpir sin querer

Hay una escena que se repite en todos los eventos de networking con TDAH y que siempre acaba igual.

Alguien está contando algo. Tú escuchas. Y de repente te viene una idea relacionada. Una buena idea. Una idea que añade algo real a lo que está diciendo. Y si no la dices ahora, se va. La pierdes. Tu cerebro no la va a guardar para cuando la otra persona termine.

Así que la dices.

Y cortas.

Y la otra persona para. Y tú ves su cara. Y entiendes que acabas de interrumpir sin querer, otra vez. Y te pasas los siguientes cinco minutos convencido de que has arruinado la conversación y que esa persona te está etiquetando internamente como "el pesado del evento".

No lo has arruinado. Y probablemente no te está etiquetando de nada.

Pero el ciclo es tan automático que cuando te das cuenta ya estás en la espiral.

El after siempre es el mismo

Ya sea que el evento haya sido una tortura social de dos horas mirando canapés, o que hayas conectado con cuatro personas interesantísimas y hayas perdido el tiempo y el espacio, el after siempre es igual.

Llegas a casa destrozado.

Si fue tortura: gastaste energía enorme en gestionar la incomodidad, el small talk, la ansiedad de no saber qué hacer con las manos ni con los ojos.

Si fue bueno: gastaste energía enorme en procesar a cuatro personas diferentes, sus proyectos, sus historias, sus nombres que ya no recuerdas.

Los dos escenarios consumen lo mismo. Porque socializar agota con TDAH independientemente de si te lo has pasado bien o mal. No es el contenido. Es el proceso. El esfuerzo de gestionar interacciones sociales con un cerebro sin filtro ni regulador de volumen consume batería a un ritmo que los demás no ven desde fuera.

Y luego viene el post-mortem.

El repaso mental de todo lo que has dicho. La frase que ha sonado rara. La persona a la que has cortado. El nombre que no has preguntado y ahora no puedes preguntar. La conversación que se ha cortado en mal momento y no sabes si reiniciarla o dejarlo estar.

Tu cerebro lo revisa todo. Aunque ya sean las doce de la noche y no puedas hacer nada con esa información.

Lo que sí puedes controlar

No te voy a decir que el networking se vuelve fácil. No se vuelve fácil.

Pero hay cosas que reducen el coste.

Primero: ve con un objetivo concreto y pequeño. No "hablar con mucha gente". No "hacer contactos". Un objetivo específico: hablar con dos personas del sector que te interesa. Dos. Con eso basta. Tu cerebro funciona mejor con misiones que con objetivos difusos.

Segundo: gestiona el small talk como un trámite, no como una conversación. Tienes cuatro o cinco preguntas de inicio que funcionan. Las mismas siempre. No necesitas improvisar en frío cada vez. Es un protocolo. Y los protocolos le van bien a tu cerebro porque elimina la carga de decisión.

Tercero: si conectas con alguien de verdad y la conversación se convierte en hiperfoco, aprovéchalo. Pero pon un límite de tiempo consciente. "Veinte minutos más y me muevo." No para cortar algo bueno, sino para no quedarte sin batería antes de tiempo.

Y cuarto, lo más práctico: escribe el nombre de cada persona en el momento. Mientras estás hablando. En el móvil, en un papel, donde sea. No cuando se vayan. En el momento. Porque si esperas a que terminen, tu cerebro ya habrá pasado a otra cosa y ese nombre habrá desaparecido para siempre.

El problema no eres tú, pero tampoco es el networking

El problema es que el formato estándar del networking, sala llena de gente, small talk, veinte conversaciones cortas, tarjetas, seguimiento, está diseñado para cerebros que gestionan bien el tiempo, el nombre de las personas, la constancia y el piloto automático social.

Tu cerebro gestiona bien la profundidad. La conexión real. La conversación que va a algún sitio. El proyecto que te activa de verdad.

El networking estándar no juega a tu favor. Pero las conexiones reales que puedes hacer dentro de ese formato sí pueden ser tuyas.

El truco no es hacerte mejor en networking. Es saber qué buscar dentro de ese caos.

Si reconoces este patrón y llevas tiempo pensando que algo en tu cabeza funciona diferente al de los demás, puede que valga la pena revisarlo. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. No es un diagnóstico, pero en 10 minutos te da un mapa bastante claro de lo que pasa arriba. A veces, ponerle nombre es lo que cambia todo.

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