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El amigo que siempre cancela soy yo: TDAH y la culpa de fallar a los demás

Dijiste que sí con toda tu alma. Pero llegó el día y cancelaste. Otra vez. El TDAH y la culpa de ser el amigo que siempre falla.

tdah

Le dije que sí. Y lo decía en serio. Pero llegó el día y no pude ir. Otra vez.

No es que no quisiera. De hecho, cuando me lo propuso, estaba ilusionado. "El sábado a las nueve en el bar de siempre." Perfecto. Genial. Me apetece un montón. Lo dije de verdad. Con todas las letras y todas las ganas.

El problema es que entre ese "sí" y el sábado a las nueve pasaron cinco días. Y en esos cinco días mi cerebro hizo lo que sabe hacer: vivir dieciséis vidas paralelas, acumular tareas pendientes como quien acumula perchas en el armario, y llegar al sábado completamente vacío.

No vacío de ganas. Vacío de energía. Vacío de capacidad de ponerme unos pantalones, salir de casa y mantener una conversación durante tres horas.

¿Por qué las personas con TDAH cancelan planes constantemente?

Porque decir "sí" y cumplir ese "sí" son dos operaciones completamente distintas en un cerebro con TDAH.

Cuando alguien te propone un plan, tu cerebro se activa. Hay novedad, hay emoción, hay dopamina. "Qué bien, salir con los colegas, unas cañas, risas." Tu yo del miércoles dice que sí con la confianza de un presentador de concursos.

Pero tu yo del sábado es otra persona. Literalmente. Porque tu cerebro con TDAH no planifica en línea recta. No sabe calcular cómo se va a sentir dentro de tres días. Y cuando llega el momento, resulta que esa semana has dormido fatal, que tienes un proyecto a medias que te come la cabeza, que la simple idea de ducharte, vestirte y conducir hasta el bar te parece una expedición al Everest.

Y entonces cancelas.

Y empieza la culpa.

La culpa del amigo que siempre falla

Este es el bucle que nadie ve desde fuera:

Cancelas. Te sientes fatal. Te prometes que la próxima vez irás. Llega la próxima vez. Cancelas. Te sientes peor. Empiezas a evitar hacer planes directamente porque ya sabes cómo termina la película.

La culpa del TDAH no cancelado no es como la culpa normal de "vaya, qué fallo". Es una culpa profunda, que se acumula, que se mezcla con todos los otros "sí" que dijiste y no cumpliste a lo largo de tu vida. Prometer cosas que luego no puedes cumplir se convierte en tu modo por defecto. Y cada vez que pasa, una parte de ti se convence un poco más de que eres mala persona.

No lo eres.

Pero tu cerebro te lo repite hasta que te lo crees.

No es pereza. Es agotamiento invisible.

Desde fuera parece pereza. O falta de interés. O que les da igual. "Si quisiera, vendría." Esa frase la he escuchado cien veces. Y cada vez duele igual.

Porque sí quiero. Pero querer no es poder cuando tu cerebro gasta energía en cosas que el de los demás hace en automático.

Decidir qué ponerte. Calcular la hora de salida. Recordar dónde quedaste. Gestionar la transición de "modo sofá" a "modo social". Para un cerebro neurotípico eso son cinco minutos. Para un cerebro con TDAH es como arrancar un motor diésel en invierno.

Y encima, cuando consigues ir, socializar te encanta hasta que te agota. Porque el TDAH no regula bien el gasto de energía social. Pasas de estar pasándolo genial a estar completamente frito en cuestión de minutos. Y al día siguiente, la resaca emocional después de socializar te deja más plano que una tabla de planchar.

Tu cerebro lo sabe. Y aprende. "La última vez que fuiste, al día siguiente no pudiste ni funcionar." Así que la próxima vez que suena el teléfono con un plan, una parte de ti ya está buscando la excusa antes de que termines de leer el mensaje.

¿Se puede dejar de ser el amigo que cancela?

No del todo. Voy a ser honesto.

Pero se puede reducir mucho si entiendes qué está pasando. Algunas cosas que a mí me funcionan:

Di "puede" en vez de "sí". "Me apetece mucho, pero no te confirmo hasta el mismo día." Es más honesto que un sí que luego se convierte en una excusa por WhatsApp a última hora. La gente lo entiende mejor de lo que crees.

Reduce la fricción. Si el plan es a las nueve, ten la ropa preparada desde por la mañana. Si tienes que conducir, aparca mirando a la salida. Suena absurdo, pero eliminar pasos intermedios es lo que marca la diferencia entre ir y no ir.

Elige menos planes, pero cúmplelos. Mejor un plan al mes que cuatro cancelaciones. Tu cerebro necesita victorias sociales, no una agenda llena de culpa.

Explica lo que te pasa. No a todo el mundo. No con un PowerPoint. Pero a las tres o cuatro personas que te importan de verdad, diles: "Oye, a veces cancelo no porque me dé igual, sino porque mi cerebro funciona diferente y hay días que no puedo." La mayoría lo va a entender. Y los que no, puede que no merecieran ese plan contigo.

No eres mal amigo. Tienes un cerebro que no viene con modo social automático.

La gente que te quiere de verdad no cuenta las veces que cancelas. Cuenta las veces que apareces. Y cuando apareces, saben que has movido montañas para estar ahí. Aunque desde fuera parezca que solo te has puesto unos vaqueros y has bajado al bar.

Cancelar no te convierte en mala persona. Te convierte en una persona que funciona diferente y que todavía no ha encontrado el sistema que le permita gestionar su energía sin fundirse cada semana.

Eso tiene solución. No perfecta. Pero tiene.

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