Zidane: el genio del fútbol que jugaba con la cabeza
Zidane era el jugador más elegante del mundo. Pero también el que perdió una final a cabezazos. Ese contraste tiene un nombre que quizá reconoces.
Zidane era el jugador más elegante del mundo. Pero también el que perdió una final de Mundial por un cabezazo impulsivo. Ese contraste tiene nombre.
Y no, no estoy diciendo que Zidane tenga un diagnóstico de TDAH. No lo ha dicho públicamente. Pero si observas su carrera con un poco de atención, hay patrones que a cualquiera que conozca el TDAH le van a resultar muy familiares.
Un tipo capaz de controlar un balón como si fuera una extensión de su pie. Capaz de ver un pase que nadie más veía. Capaz de decidir en milisegundos lo que otros tardarían segundos en procesar. Y al mismo tiempo, capaz de estampar un cabezazo contra el pecho de Materazzi en la final de un Mundial, delante de mil millones de personas, porque algo que le dijo le encendió por dentro y no pudo frenar.
Eso no es solo carácter. Eso es un cerebro que funciona a otra velocidad. Para lo bueno y para lo jodido.
¿Podía Zidane controlar su cerebro fuera del campo?
Dentro del campo, Zidane era pura elegancia. Cada toque parecía calculado, como si tuviera tres segundos más que el resto para pensar. Pero aquí está la trampa: no era cálculo. Era intuición pura. Un cerebro que procesaba la información del juego a una velocidad absurda y tomaba decisiones antes de que la parte consciente pudiera intervenir.
Eso se parece mucho al hiperfoco. Ese estado donde un cerebro con TDAH se engancha a una actividad y rinde a un nivel que parece sobrehumano. Porque toda la atención, toda la energía, toda la capacidad de procesamiento se canaliza en una sola cosa. Y cuando esa cosa es el fútbol, lo que sale es una ruleta en el área que deja sentados a tres defensas.
Pero fuera del campo, Zidane nunca fue conocido por su oratoria. En las ruedas de prensa era parco, incómodo, como si las palabras le pesaran más que las piernas. No era timidez exactamente. Era más bien que su forma de expresarse no pasaba por el lenguaje verbal. Pasaba por los pies. Por el movimiento. Por la acción.
Eso también suena familiar si conoces el TDAH. Cerebros que brillan cuando están en su elemento y que se apagan visiblemente cuando la situación requiere quedarse quieto, hablar despacio y seguir el protocolo.
La impulsividad que le definió tanto como el talento
Hablemos del cabezazo. Berlín. 2006. Final del Mundial. Zidane llevaba un partido monumental. Había marcado de penalti. Francia estaba a penaltis de ganar el Mundial. Y entonces Materazzi dijo algo. Nadie sabe exactamente qué (las versiones cambian según a quién preguntes), pero fue suficiente para que Zidane se girara y le metiera un cabezazo en el pecho.
Expulsión. Se fue del campo. Francia perdió. Y ese fue el último partido de su carrera.
Ahora, piénsalo. Un profesional con veinte años de experiencia. Un tipo que ha jugado finales de Champions, que ha manejado presión a niveles que tú y yo no podemos ni imaginar. Y en el momento más importante de su vida, no puede frenar un impulso.
Eso no es falta de inteligencia. No es falta de experiencia. Es un cerebro donde la respuesta emocional llega antes que el filtro racional. Y cuando llega, ya es tarde. Ya has girado. Ya has golpeado. Ya estás caminando hacia el vestuario mientras tocas la Copa del Mundo al pasar, sabiendo que era tu última oportunidad.
No fue la primera vez. Zidane acumuló catorce tarjetas rojas en su carrera. Catorce. Para un mediapuntista que se suponía que era elegante y cerebral, eso es una cifra que no cuadra. A menos que entiendas que la misma intensidad que le hacía ver jugadas imposibles era la que le hacía explotar cuando algo le provocaba.
Es un patrón que se repite en otros deportistas. La impulsividad de Maradona es quizá el ejemplo más conocido, pero no es el único. Hay algo en los cerebros que procesan rápido y sienten fuerte que los hace capaces de lo mejor y de lo peor en cuestión de segundos.
¿Por qué Zidane brillaba más en los momentos de máxima presión?
Esto es lo que más llama la atención. Zidane no era un jugador de jornadas regulares. Era un jugador de finales. De momentos donde todo estaba en juego. Dos goles en la final del Mundial del 98. Esa volea absurda en la final de Champions contra el Leverkusen. El penalti a lo Panenka contra Italia en 2006.
Cuanta más presión, mejor jugaba.
Eso tiene una explicación que encaja con el TDAH como un guante. Los cerebros con baja disponibilidad de dopamina necesitan niveles altos de estimulación para activarse al máximo. Una tarde de Liga contra el Espanyol en enero no genera esa estimulación. Pero una final de Champions con 80.000 personas gritando y tu legado en juego, eso sí.
Es lo mismo que le pasa a pilotos y deportistas de velocidad que rinden mejor cuando el riesgo es real. No es que busquen el peligro por diversión. Es que su cerebro necesita ese nivel de activación para funcionar a su máximo potencial.
Zidane aburrido era un jugador muy bueno. Zidane encendido era el mejor del mundo. Y la diferencia entre uno y otro no era técnica. Era química cerebral.
Lo que Zidane nos enseña sin saberlo
Que el mismo cerebro que te hace brillar es el que te puede hundir si no lo entiendes. Zidane nunca habló de TDAH. Quizá nunca se lo planteó. Pero su carrera es un manual perfecto de lo que pasa cuando tienes un cerebro de altísimo rendimiento sin manual de instrucciones para la parte complicada.
La intuición sobrenatural. La capacidad de tomar decisiones en milisegundos. La creatividad con el balón que parecía de otro planeta. Todo eso convivía con la impulsividad, con la dificultad para gestionar la frustración, con esos arranques que le costaron expulsiones, finales y un final de carrera que debería haber sido glorioso y se quedó en amargo.
Zidane no necesitaba un diagnóstico para ser un genio. Pero quizá con uno habría entendido por qué un tipo capaz de controlar un balón como nadie era incapaz de controlar un impulso en el peor momento posible.
Y eso es lo que importa. No el diagnóstico en sí. Sino entender cómo funciona tu cabeza para poder usar todo lo que tiene de bueno sin que lo malo te reviente la final del Mundial.
Si alguna vez has sentido que tu cerebro puede ser tu mejor aliado y tu peor enemigo en la misma tarde, puede que no sea un defecto. Puede que solo necesites entender cómo funciona.
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