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Dalí vs Picasso: dos artistas españoles, dos cerebros imposibles

Dalí pintaba lo que veía al dormirse. Picasso reinventaba su estilo cada década. Dos españoles, dos genios, dos cerebros que no funcionaban como se esperaba.

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Dos españoles. Los dos genios. Los dos incapaces de funcionar como el mundo esperaba que funcionaran.

Y sin embargo, no se parecen en nada.

Dalí y Picasso son probablemente los dos artistas españoles más conocidos de la historia. Y si los estudias con un mínimo de detalle, lo que encuentras es que sus cerebros eran radicalmente distintos. Distintos en cómo procesaban el mundo, distintos en cómo trabajaban, distintos en qué tipo de caos dejaban a su paso.

Pero los dos caos, a su manera, produjeron algo que no habría salido de un cerebro convencional.

¿Por qué vale la pena comparar a Dalí y Picasso?

No es solo curiosidad histórica.

La razón de comparar estos dos es que representan dos perfiles diferentes de lo que puede pasar cuando un cerebro funciona de forma atípica. Dalí es el caso más asociado al surrealismo puro, al cerebro que no filtra la realidad. Picasso es el caso del tipo que cambió de estilo siete veces, que produjo más de cincuenta mil obras, y que era incapaz de quedarse quieto ni profesional ni personalmente.

Dos extremos. Dos formas de no encajar.

Si te interesa el caso de cada uno por separado, he escrito sobre Dalí y el TDAH y también sobre Picasso y su cerebro. Aquí voy a la comparación directa.

¿Qué tenía Dalí que lo hacía diferente?

Salvador Dalí fue expulsado de la Real Academia de Bellas Artes de Madrid. Dos veces.

La primera vez, en 1923, fue suspendido por incitar a sus compañeros a no presentarse a un examen oral. La segunda vez, en 1926, se negó a ser evaluado por el tribunal porque, según él, ninguno de los profesores tenía suficiente capacidad para juzgar su trabajo.

Eso no es arrogancia de artista. Eso es un cerebro que no entiende por qué tiene que someterse a unas normas que no tienen sentido para él.

Dalí desarrolló su famosa técnica de la "siesta con llave": se sentaba en una silla con una llave de metal entre los dedos, se dejaba quedar dormido, y cuando la llave caía al suelo el ruido le despertaba. En ese microsegundo entre el sueño y la vigilia, su cerebro generaba imágenes que luego trasladaba al lienzo.

Las obras de arte y los cerebros que no filtraban la realidad

Los relojes blandos, los elefantes con patas de araña, las figuras que se derriten sobre el paisaje. No los diseñó. Los vio. Su cerebro los producía y él los copiaba.

Eso es un filtro que no funciona igual que en la mayoría de la gente. Para bien y para mal. Porque vivir con un cerebro que genera esas imágenes de forma involuntaria no es fácil. Dalí lo convertía en arte. El resto del tiempo, la excentricidad que todos le atribuían era en parte una forma de gestionar algo que no tenía nombre claro.

También era hipersensible al ridículo, incapaz de mantener rutinas convencionales, y constantemente en conflicto con cualquier estructura que le impusieran desde fuera. La academia, los movimientos artísticos formales, las expectativas de su familia.

¿Y qué hacía Picasso tan distinto a todo lo demás?

Picasso produjo más de cincuenta mil obras. Pinturas, esculturas, grabados, cerámicas, dibujos.

Cincuenta mil.

Si empezó a trabajar seriamente a los doce años y murió a los noventa y uno, eso es setenta y nueve años de carrera. Cincuenta mil obras en setenta y nueve años son más de seiscientas obras al año. Más de una al día. Todos los días. Durante casi ocho décadas.

Eso no es productividad. Eso es un cerebro que no puede parar.

Lo que hace a Picasso especialmente interesante es que no solo producía mucho. Es que cambiaba de estilo completamente cada ciertos años. El período azul, el período rosa, el cubismo, el neoclasicismo, el surrealismo, el expresionismo. No son variaciones sobre el mismo tema. Son cambios radicales de lenguaje visual, como si cada pocos años reinventara desde cero lo que era un cuadro.

Para un cerebro con TDAH, eso tiene mucho sentido. El aburrimiento es físico. No es "me apetece probar algo nuevo". Es que el cerebro literalmente ya no puede seguir haciendo lo mismo. Necesita el estímulo de lo desconocido. Y cuando Picasso encontraba algo nuevo que le enganchaba, lo llevaba al límite hasta que lo agotaba, y luego buscaba lo siguiente.

Su vida personal tenía el mismo patrón. Siete relaciones románticas principales, varias simultáneas, con una intensidad que las personas a su alrededor describían como absoluta mientras duraba y como desaparición total cuando terminaba. No porque fuera mal tío (bueno, también, pero eso es otra historia). Sino porque así funcionaba la atención en su cabeza.

¿En qué se parecen Dalí y Picasso?

En lo que más llama la atención de los dos: no encajaron nunca donde se suponía que debían encajar.

Dalí expulsado de la academia. Picasso abandonando Barcelona para irse a París porque el ambiente artístico español le parecía demasiado limitado. Los dos en conflicto constante con cualquier autoridad que intentara ponerles normas.

Los dos con una relación con el trabajo que el resto del mundo consideraba obsesiva o directamente incomprensible.

Los dos capaces de entrar en estados de concentración que les hacía perder la noción del tiempo y del espacio. Dalí con su técnica de la llave. Picasso con maratones de trabajo en los que no dormía durante días cuando algo le enganchaba de verdad.

Y los dos con una intensidad emocional que se desbordaba en todo lo que hacían. En el trabajo y fuera de él.

¿En qué se diferencian?

La diferencia principal es el tipo de desregulación.

Dalí era impredecible hacia adentro. Su cerebro generaba cosas que no controlaba, filtraba la realidad de una forma que nadie más veía. El caos era interno. La excentricidad externa era, en parte, una forma de gestionar eso. De hacer que el mundo externo fuera tan extraño como el interno para que encajaran.

Picasso era impredecible hacia afuera. El caos era en la producción, en los cambios, en la incapacidad de quedarse quieto. Cambiaba de estilo como cambiaba de pareja: con la misma intensidad, la misma entrega total mientras duraba, y la misma imposibilidad de mantenerse en el mismo sitio demasiado tiempo.

Uno pintaba lo que no podía dejar de ver.

El otro pintaba para no tener que dejar de moverse.

¿Qué tienen que ver estos dos con tu cerebro?

No te voy a decir que si tienes TDAH eres un genio incomprendido. Eso sería exactamente el tipo de romanticismo barato que no le hace un favor a nadie.

Pero sí hay algo que vale la pena entender.

Los cerebros que funcionan de forma atípica no son mejores ni peores. Son distintos. Y esa diferencia, cuando se entiende y se encauza, produce cosas que un cerebro convencional no produciría. No porque el cerebro disperso sea superior. Sino porque ve el mundo desde un ángulo diferente, conecta cosas que los demás no conectan, y tiene una relación con la obsesión que puede ser paralizante o puede ser el motor de algo extraordinario.

Dalí y Picasso no lo gestionaban perfectamente. Ni de lejos. Sus vidas personales fueron un desastre bastante documentado. Pero entendieron, de alguna forma, cómo usar lo que tenían en lugar de luchar contra ello.

La pregunta no es si tu cerebro funciona raro.

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