La impulsividad de Diego Maradona: genio dentro de la cancha, caos fuera
La mano de Dios, el gol del siglo, las adicciones. El mismo cerebro impulsivo que creó magia en el campo generó destrucción fuera de él.
Hay una pregunta que se han hecho durante décadas periodistas, psicólogos y aficionados al fútbol por igual: ¿cómo puede la misma persona crear el gol más bonito de la historia y meter la mano de forma descarada en el siguiente?
La respuesta más fácil es "trampa" o "genio". Las dos son parcialmente ciertas.
Pero hay una tercera posibilidad que nadie suele nombrar.
¿Y si era el mismo cerebro el que hacía las dos cosas?
Maradona nunca fue diagnosticado con TDAH. Que quede claro desde el principio. Lo que voy a explorar aquí es especulación basada en patrones de conducta, no un diagnóstico póstumo.
Dicho esto, cuando lees su historia con los ojos de alguien que conoce el TDAH de cerca, hay cosas que te dejan con la boca abierta.
La impulsividad extrema es uno de los rasgos más reconocibles del TDAH en adultos. No es falta de moral ni de inteligencia. Es un fallo en los frenos. El cerebro ve la oportunidad, actúa, y los mecanismos de evaluación llegan tarde.
Siempre llegan tarde.
La mano de Dios fue impulsividad pura
Era el Mundial de México 86. Cuartos de final contra Inglaterra. Minuto 51. El balón sube hacia el área y Maradona, que mide 1,65, salta con el portero Shilton.
La mano sale sola.
No hubo un plan de diez segundos en la cabeza de Maradona. No hubo una deliberación moral. Hubo una fracción de segundo, un estímulo, y una respuesta automática. El árbitro señaló gol. Y Maradona, en lugar de callarse, lo llamó "la mano de Dios" con una sonrisa.
Eso también es impulsividad. La incapacidad de frenar antes de hablar.
Luego llegó el gol del siglo. Cuatro minutos después, en el mismo partido. Si la mano fue impulsividad en estado puro, el gol del siglo fue su opuesto exacto: hiperfoco total.
El hiperfoco que paraliza a todos menos a ti
Cuando Maradona recibió ese balón en su campo y empezó a correr, su cerebro entró en un estado que muchos con TDAH reconocerían al instante. Cincuenta metros. Cinco rivales superados. El portero estático como un árbol.
Eso no se improvisa con los pies.
Se improvisa con el cerebro en modo hiperfoco. Sin miedo, sin duda, sin conciencia del peligro. Solo el objetivo y el camino hacia él.
El TDAH tiene esa paradoja brutal: el mismo cerebro que no puede concentrarse en una reunión de quince minutos puede obsesionarse durante horas con algo que le importa de verdad. Y cuando ese algo es un balón de fútbol, el resultado puede ser la jugada más memorable de la historia del deporte.
Si te interesa cómo el cerebro hiperactivo rinde en el deporte, hay un artículo que lo desarrolla bastante bien: el cerebro hiperactivo en el deporte de élite.
Fuera del campo: el mismo cerebro sin estructura
El problema de la impulsividad es que no se apaga cuando termina el partido.
Maradona luchó durante décadas contra las adicciones. Cocaína, alcohol, comida de forma compulsiva. Las relaciones tormentosas. Las decisiones financieras disparatadas. Los conflictos con entrenadores, presidentes, periodistas.
No era un hombre sin inteligencia. Era un hombre cuyo sistema de frenos no funcionaba igual que el de los demás.
Las adicciones y el TDAH tienen una relación incómoda y bien documentada. Las personas con TDAH no diagnosticado buscan de forma inconsciente sustancias que regulen su dopamina. Es automedicación. Dolorosa, destructiva, pero automedicación al fin.
Maradona encontró en el deporte un canal perfecto para su cerebro. Pero nadie le enseñó a gestionar lo que pasaba fuera del campo. Y en cuanto el fútbol dejó de ser el centro, todo lo que había estado contenido empezó a desbordarse.
No es la única historia así. La impulsividad de JFK sigue un patrón muy parecido: brillantez en el escenario donde encontraron estructura, caos en lo personal.
La trampa del genio
Hay una narrativa muy cómoda que convierte a Maradona en una tragedia shakespeariana: el genio condenado por sus propios demonios. Es una buena historia. Pero es incompleta.
Porque lo que llamas "demonios" tiene nombre, tiene mecanismos, y en muchos casos tiene tratamiento.
No digo que con un diagnóstico de TDAH la vida de Maradona hubiera sido diferente. Eso nadie puede saberlo. Digo que cuando ves sus conductas a través de ese prisma, dejan de ser inexplicables y se vuelven comprensibles.
La impulsividad que le dio el gol del siglo era la misma que le puso la mano en el área. La intensidad que le hizo el mejor del mundo era la misma que le impedía moderar cualquier cosa. El cerebro que creó magia era el que no encontraba reposo fuera de la cancha.
Mismo cerebro. Distintos contextos.
Maradona y Ali comparten más de lo que parece
Lo que Maradona nos enseña
Que el talento sin estructura es un arma de doble filo.
Que el cerebro impulsivo puede hacer cosas extraordinarias exactamente porque no calcula el riesgo igual que los demás.
Y que cuando ese mismo cerebro no tiene un campo de fútbol donde encauzar su energía, necesita encontrar algo. Lo que sea.
El problema no era Maradona. El problema era que nadie tenía herramientas para entender cómo funcionaba su cabeza.
Décadas después, seguimos sin tener del todo claro cómo funciona la nuestra.
Si crees que reconoces en ti mismo algunos de estos patrones, el test de TDAH para adultos te puede dar algo de contexto: hazlo aquí. No diagnostica nada, pero puede ser el primer paso para entenderte un poco mejor.
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