¿Tenía Victor Hugo TDAH? El escritor que no podía parar de crear
1.500 páginas de Los Miserables, exilio, política, poesía y amantes. Victor Hugo no sabía frenar. Su cerebro tiene pinta de explicar por qué.
Victor Hugo escribió Los Miserables en el exilio. 1.500 páginas. Cinco tomos. Una novela tan larga que su editor le mandó un telegrama con un solo signo de interrogación: "?". Hugo contestó con otro: "!".
Y siguió escribiendo.
Porque eso es lo que hacía Hugo. Escribir. Escribir como si le pagaran por palabra y le quedaran tres meses de vida. Novelas, poemas, obras de teatro, panfletos políticos, discursos, cartas a sus amantes, cartas a sus enemigos, cartas a gente que no le había pedido ninguna carta. Su producción es tan descomunal que doscientos años después los académicos siguen encontrando manuscritos que no habían catalogado.
Hay escritores prolíficos. Y luego está Victor Hugo, que era prolífico como un volcán es caliente. No es que escribiera mucho. Es que no podía parar.
¿Qué tiene que ver Victor Hugo con el TDAH?
Primero lo obvio: nadie puede diagnosticar a un señor que murió en 1885. No había TDAH como categoría. No había evaluaciones. No había nada parecido a lo que hoy entendemos por neurociencia. Así que esto no es un diagnóstico. Es una observación.
Dicho esto. Vamos a mirar el patrón.
Hugo tenía una energía que sus contemporáneos describían como inagotable. Podía pasarse doce horas seguidas escribiendo sin levantarse. Su rutina en Guernsey, durante el exilio, era levantarse al amanecer, desayunar, subir al torreón de su casa y escribir hasta que se ponía el sol. Todos los días. Durante diecinueve años.
Eso no es disciplina al uso. Eso suena a hiperfoco: el cerebro enganchado a una tarea sin botón de apagado, produciendo como una máquina porque la actividad genera la dopamina suficiente para que el mundo exterior desaparezca.
Y cuando no estaba escribiendo, la energía no desaparecía. Se redirigía. Hacia la política, hacia amantes simultáneas, hacia peleas públicas con medio gobierno de Francia, hacia proyectos arquitectónicos, hacia causas sociales que abrazaba con la misma intensidad con la que escribía novelas.
Hugo no tenía un interés. Tenía catorce a la vez. Y todos los perseguía a la vez.
El exilio: cuando te quitan todo menos tu cerebro
En 1851, Napoleón III dio un golpe de estado. Hugo, que era senador y se oponía frontalmente, intentó organizar la resistencia. Fracasó. Y tuvo que huir de Francia para no acabar en la cárcel. O algo peor.
Aterrizó en Bruselas, después en Jersey, y finalmente en Guernsey, una isla del Canal de la Mancha que es básicamente un peñasco con vacas. Se quedó allí diecinueve años. Casi dos décadas en una isla minúscula, separado de París, de su vida, de su fama.
Y aquí viene lo interesante: en vez de hundirse, produjo las mejores obras de su carrera.
Los Miserables. Los trabajadores del mar. El hombre que ríe. Poemarios enteros. Cientos de dibujos. El tipo estaba en una isla en mitad de la nada y su producción se disparó.
Eso tiene una lectura TDAH bastante clara. Cuando un cerebro que necesita estímulo constante se queda sin distracciones externas, a veces pasa algo paradójico: canaliza toda esa energía hacia dentro. Sin la vida social de París, sin los salones, sin el parlamento, sin las cenas, Hugo tenía una sola salida para todo lo que llevaba dentro.
Escribir.
Es como meterle una manguera de bomberos a una tubería estrecha. La presión hace que el chorro llegue más lejos de lo que llegaría nunca en condiciones normales.
La poligrafía: no es que hiciera mucho, es que hacía de todo
Hugo no era solo novelista. Era poeta, dramaturgo, político, dibujante, activista contra la pena de muerte, defensor de los derechos de los niños, reformador social y ocasionalmente diseñador de interiores, que decoró su casa de Guernsey con una creatividad que hoy te dejaría flipando.
Esa variedad no es normal ni siquiera para un siglo XIX donde los intelectuales solían tocar varios palos. Hugo no tocaba varios palos. Hugo tocaba todos los palos, al mismo tiempo, con una intensidad que agotaba a la gente de su alrededor.
Sus amigos lo describían como imposible de seguir. Conversaciones que saltaban de tema sin aviso. Proyectos que empezaba antes de terminar el anterior. Una mente que no sabía estar en una sola cosa porque le parecía un desperdicio de tiempo cuando había tantas cosas interesantes en el mundo.
Eso es búsqueda de novedad. El mismo rasgo que hoy veríamos en alguien con cuarenta pestañas abiertas en el navegador y tres proyectos a medio empezar en el escritorio. Solo que Hugo, en vez de pestañas, tenía manuscritos.
Las amantes: impulsividad nivel Hugo
Si hay un aspecto de la vida de Hugo que grita impulsividad, es su vida sentimental.
Estuvo casado con Adele Foucher durante toda su vida. Pero eso no le impidió tener relaciones simultáneas que duraron décadas. La más conocida, con Juliette Drouet, duró cincuenta años. Cincuenta. Pero Juliette tampoco era la única.
Hugo tenía un apetito por las relaciones que él mismo describía como incontrolable. No lo decía con orgullo. Lo decía como alguien que sabe que debería parar pero que el freno no responde cuando lo pisa.
Cuidado: esto no es una excusa. Tener un cerebro que busca estímulo no justifica hacer daño. Pero sí ayuda a entender el patrón. La impulsividad en el TDAH no es falta de moral. Es un sistema de frenos que tarda más en activarse que en la mayoría de la gente. Para cuando el "quizá no debería" llega, la decisión ya está tomada.
Hugo era perfectamente consciente de las consecuencias de sus actos. Y aun así, no podía evitarlos. Eso es un patrón que cualquier persona con TDAH reconoce.
¿Qué nos dice esto de verdad?
Mira, es fácil caer en el relato bonito: "Victor Hugo tenía TDAH y por eso fue un genio". Pero eso sería simplificar demasiado. Y ya hay demasiados artículos que hacen eso.
La realidad es que si Hugo tenía un cerebro con rasgos TDAH, ese cerebro no fue solo su motor creativo. También fue el origen de relaciones rotas, de conflictos que podría haber evitado, de una vida personal que a menudo era un desastre detrás de la fachada pública.
Lo interesante de Hugo no es que fuera productivo a pesar de su cerebro. Es que fue productivo porque su cerebro funcionaba así. La misma energía que lo hacía imposible como marido lo hacía imparable como escritor. El mismo hiperfoco que le permitía escribir doce horas seguidas lo aislaba de las personas que lo querían.
No es un superpoder. No es una maldición. Es un cerebro que funciona distinto y que necesita entender cómo funciona para no acabar en una isla (literal o metafórica) sin saber muy bien cómo ha llegado ahí.
Y todo esto tiene que ver contigo
No hace falta que escribas 1.500 páginas para reconocer el patrón.
Si alguna vez te has metido en un proyecto y has perdido la noción del tiempo. Si tienes más ideas de las que puedes ejecutar en una vida. Si empiezas cosas con una energía brutal y luego saltas a la siguiente antes de terminar. Si la gente te dice que eres "demasiado intenso" como si eso fuera un defecto.
Hugo vivió doscientos años antes de que existiera una palabra para lo que probablemente le pasaba. Tú no tienes esa excusa.
Si te identificas con el cerebro que no para, que salta de tema en tema y que tiene más energía dentro de la que sabe gestionar, el primer paso es ponerle nombre. Y el segundo, entender qué haces con eso.
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