Viaje de verano con TDAH: la fatiga que llega antes que la maleta
Tu cerebro TDAH ya está agotado antes de despegar. La fatiga del viaje de verano no es jet lag: es sobrecarga ejecutiva disfrazada de vacaciones.
Todavía no he salido de casa y ya estoy agotado.
Llevo tres días con la maleta abierta en el suelo del cuarto, echándole cosas, sacándole cosas, mirándola como si fuera un examen que no he estudiado. He buscado vuelos siete veces. He abierto Google Maps para ver dónde está el hotel. He cerrado Google Maps. He vuelto a abrirlo. He leído cuatro reseñas de restaurantes que probablemente nunca pise. He comparado tres rutas distintas al aeropuerto. He pensado en si necesito adaptador de enchufe. He buscado "adaptador enchufe universal" en Amazon. No he comprado nada.
Son las once de la noche. El vuelo sale pasado mañana. Y mi cerebro ya ha hecho el viaje entero tres veces.
¿Por qué viajar agota más cuando tienes TDAH?
Porque viajar no es una tarea. Es cien tareas disfrazadas de ilusión.
Piénsalo. Un viaje de verano implica: elegir destino, comparar vuelos, reservar hotel, hacer la maleta, comprobar documentos, llegar al aeropuerto a tiempo, pasar control de seguridad sin perder la tarjeta de embarque, encontrar la puerta, no perder el avión, llegar al hotel, orientarte en una ciudad que no conoces, decidir qué hacer cada día, gestionar horarios de comidas, controlar el presupuesto.
Cada una de esas cosas requiere planificación, toma de decisiones y gestión del tiempo.
Las tres cosas que peor se le dan a un cerebro con TDAH.
No es que no te apetezca viajar. Te apetece muchísimo. Llevas meses soñando con esa playa o esa ciudad o ese pueblo perdido donde nadie te conoce. El problema no es la motivación. El problema es que tu cerebro tiene que ejecutar una secuencia de 47 pasos en orden, sin olvidar ninguno, con fechas límite reales, y sin que nadie le vaya diciendo cuál es el siguiente.
Eso no es un viaje. Eso es un proyecto de fin de carrera con bikini.
La fatiga invisible de antes del viaje
Hay una fatiga que nadie te cuenta. La de los días anteriores.
La de hacer la maleta con TDAH y que se convierta en un evento de dos días. La de repasar mentalmente si llevas el cargador, el DNI, el bañador, la crema solar, aquel medicamento que siempre se te olvida. La de hacer listas que luego pierdes. La de abrir la app de la aerolínea catorce veces porque no te acuerdas de si ya habías hecho el check-in online.
Tu cerebro gasta energía en cada decisión. Cada una. Y antes de un viaje, las decisiones se multiplican como gremlins mojados.
¿Maleta de cabina o facturada? ¿Llevo chanclas o zapatillas? ¿Las dos? ¿Necesito ropa de abrigo por si refresca? ¿Cuántos calzoncillos? ¿Siete o diez por si acaso? ¿Cabe todo? No cabe. Saco cosas. ¿Y si las necesito? Las meto otra vez.
Un neurotípico hace la maleta en cuarenta minutos y se echa una siesta.
Tú llevas dos días negociando con una cremallera y tu autoestima.
El aeropuerto: la prueba de fuego
Si la preparación era el calentamiento, el aeropuerto es el partido entero.
Ruido. Gente. Pantallas con información que cambia. Colas que no sabes si son la tuya. Controles de seguridad donde tienes que acordarte de sacar el portátil, los líquidos, el cinturón, los zapatos, todo al mismo tiempo mientras la gente detrás de ti resopla.
Para un cerebro con TDAH, un aeropuerto es como meter a un gato en una feria de fuegos artificiales. Demasiados estímulos, demasiadas decisiones rápidas, y esa sensación constante de que se te está olvidando algo.
Puerta B24. No, espera, la han cambiado a B31. Y sale veinte minutos tarde. ¿O era veinte minutos antes? Miras el móvil. Miras la pantalla. Vuelves a mirar el móvil. Te sientas. Te levantas. Vas a comprar agua. Vuelves. ¿Era esta la puerta?
Y todo esto consume batería. Batería que tú no tienes de sobra.
La paradoja de las vacaciones que cansan
Aquí viene lo que nadie con TDAH se atreve a decir en voz alta: a veces las vacaciones cansan más que el trabajo.
No porque no te gusten. Sino porque tu cerebro necesita estructura para funcionar, y las vacaciones son lo contrario de estructura. No hay rutina. No hay horarios fijos. Cada día es un lienzo en blanco donde tú tienes que decidir todo.
¿A qué hora desayunamos? ¿Playa o ciudad? ¿Ese museo cierra a las dos o a las seis? ¿Reservamos para cenar o vamos sin plan? ¿Cogemos el metro o un taxi? ¿Cuánto queda de presupuesto?
Decisiones. Decisiones. Decisiones.
Y cuando llevas tres días tomando decisiones sin parar, tu cerebro hace lo que hace siempre: fundirse. Ese bajón que te pilla en mitad del viaje. Esas ganas de no hacer nada. Esa irritabilidad que aparece de la nada cuando tu acompañante te pregunta "¿qué te apetece hacer hoy?" y tú solo quieres gritar "NO SÉ, ELIGE TÚ".
No eres mala persona. No eres un desagradecido. Es agotamiento ejecutivo disfrazado de vacaciones.
¿Se puede viajar con TDAH sin acabar destrozado?
Sí. Pero necesitas aceptar una cosa: tu forma de viajar no puede ser igual que la de todo el mundo.
Algunas cosas que a mí me funcionan:
Decide menos. En serio. Cuantas menos decisiones tengas que tomar durante el viaje, más energía te queda para disfrutar. Reserva restaurantes antes de ir. Elige tres cosas que quieres ver y olvídate del resto. Deja días "vacíos" sin plan. Tu cerebro necesita esos huecos como necesita agua.
La maleta, con lista. Una lista física. Que puedas ir tachando. No mental, porque las listas mentales duran lo que un helado en agosto.
Llega pronto al aeropuerto. Sí, ya sé que suena a consejo de padre. Pero llegar con margen te quita la mitad del estrés. Mejor aburrirte veinte minutos en la puerta de embarque que ir corriendo por la terminal como Tom Hanks en aquella película.
Un día de nada. Por cada dos o tres días de plan, un día de no hacer absolutamente nada. Playa, sofá, terraza con un libro. Sin culpa. Sin "estamos perdiendo el día". No estás perdiendo nada. Estás recargando.
Avisa a quien viaje contigo. No hace falta dar una charla sobre neurodivergencia. Basta con un "oye, a veces me saturo y necesito un rato solo, no es por ti". Esa frase salva viajes. Y relaciones.
No es debilidad, es cómo funciona tu cerebro
La fatiga del viaje con TDAH no es falta de ganas. No es ser quejica. No es que "todo te canse".
Es que tu cerebro consume más gasolina en las cosas que otros hacen en piloto automático. Planificar, decidir, organizar, recordar. Cosas que para muchas personas son invisibles, para ti son un esfuerzo consciente. Cada una.
Y cuando juntas todas esas cosas en una semana de vacaciones, la factura llega. No en forma de dinero, sino de agotamiento.
Así que la próxima vez que vuelvas de vacaciones más cansado de lo que te fuiste, no te culpes. No estás roto. Solo necesitas viajar a tu manera, no a la de la guía de viajes.
Tu cerebro no necesita unas vacaciones del trabajo. A veces necesita unas vacaciones de las vacaciones.
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