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Ser abuelo con TDAH: cuando los nietos llegan y tu cerebro sigue disperso

Tienes 60 y pico, llegan los nietos, y se espera que seas el abuelo paciente. Pero tu TDAH no se jubiló contigo.

tdah

Tienes 60 y pico. Llegan los nietos. Todo el mundo espera que seas el abuelo paciente, sabio, que cuenta cuentos junto a la chimenea mientras los peques te miran con los ojos como platos.

Pero tu cerebro sigue tan disperso como cuando tenías 25.

La diferencia es que ahora, además de la dispersión, tienes las rodillas hechas polvo y una vejiga que no negocia.

¿Cómo es ser abuelo cuando tu cerebro sigue funcionando con TDAH?

Te voy a contar una cosa que nadie dice en voz alta: el TDAH no se jubila. No hay una edad en la que tu cerebro dice "bueno, ya hemos tenido bastante aventura, ahora vamos a funcionar como Dios manda". No. Tu cerebro a los 65 sigue saltando de pensamiento en pensamiento igual que a los 30. Solo que ahora lo hace más cansado.

Y lo peor no es eso.

Lo peor es que llegas a la edad de ser abuelo con décadas de compensación acumulada. Décadas de trucos, de listas, de "a ver si esta vez no se me olvida". Y cuando te ponen un nieto en los brazos, todo el mundo asume que tienes experiencia. Que ya criaste hijos. Que esto ya lo sabes.

Pero tú sabes que criaste a tus hijos con el piloto automático al máximo, haciendo malabares que ni el Circo del Sol, y que la mitad de las cosas no te acuerdas de cómo las hiciste.

¿No se supone que el TDAH mejora con la edad?

Este es uno de los mitos más persistentes. Durante años se dijo que el TDAH era cosa de niños. Que se pasaba. Que con los años te "centrabas" y ya está.

La realidad es que algunos síntomas cambian. La hiperactividad física baja, sí. Ya no estás dando botes en la silla como cuando tenías 12. Pero la hiperactividad mental sigue ahí. Los olvidos siguen ahí. La dificultad para organizarte, para gestionar el tiempo, para regular las emociones. Todo eso sigue.

Y a los 60, encima, se mezcla con cosas nuevas. El miedo a envejecer con un cerebro que no puedes planificar. La pérdida de memoria que es normal por la edad pero que tú vives con el doble de angustia porque ya de base se te olvidaba todo. Las visitas al médico donde te dicen "es la edad" y tú piensas "no, mire, es que esto lo llevo haciendo desde los 7 años".

El abuelo que se olvida de recoger al nieto

No es gracioso cuando pasa. Pero pasa.

Te dicen "recoge a Marcos del cole a las 5". Tú dices que sí. Lo apuntas. Te pones una alarma. Y a las 4:45 estás tan metido arreglando la puerta del garaje que cuando suena la alarma la quitas sin mirar porque "será spam" y a las 5:20 te llama tu hija con ese tono que conoces perfectamente.

Ese tono que dice "papá, otra vez".

Y ahí es donde duele. Porque con los hijos ya tenías ese desgaste. Ya pasaste por las reuniones del colegio que se te olvidaban, los cumpleaños que preparabas a última hora, los recados que se perdían por el camino. Creías que siendo abuelo sería diferente. Que al no tener la responsabilidad completa, podrías disfrutar sin la presión.

Pero el cerebro no distingue entre "responsabilidad completa" y "recoger al nieto a las 5". Para él todo es un estímulo más que gestionar en medio de otros 47 estímulos que compiten al mismo tiempo.

La culpa de segunda generación

Cuando tienes TDAH y crías hijos, cargas con una culpa específica. La culpa de no haber sido el padre o la madre que querías ser. De haber olvidado cosas, de haber reaccionado con demasiada intensidad, de haber estado presente pero ausente a la vez.

Cuando llegan los nietos, muchos abuelos con TDAH ven una oportunidad. Una segunda oportunidad. "Esta vez lo voy a hacer bien. Esta vez voy a estar presente de verdad."

Y lo intentan. Vaya si lo intentan.

Pero el cerebro sigue siendo el mismo. Y la culpa, en vez de desaparecer, se duplica. Porque ahora no solo sientes que fallaste como padre. Sientes que estás fallando como abuelo también.

Eso es la culpa de segunda generación. Y nadie habla de ella.

¿Y si tu nieto también tiene TDAH?

Esto es lo que completa el cuadro. Porque el TDAH es genético. Y si tú lo tienes, hay probabilidades reales de que alguno de tus nietos lo tenga también.

Y de repente estás ahí, viéndolo. Viéndote a ti mismo hace 55 años. El niño que no para. Que se distrae con una mosca. Que pierde los lápices cada día. Que no entiende por qué le cuesta lo que a otros les sale solo.

Y tú lo reconoces. Porque lo has vivido. Porque la crianza moderna con TDAH tiene sus particularidades, pero la raíz es la misma de siempre.

Algunos abuelos me cuentan que ese momento, ver a su nieto luchando con lo mismo que ellos lucharon, es lo que por fin les empuja a buscar su propio diagnóstico. A los 60. A los 65. A los 70. Porque ya no es solo por ellos. Es porque quieren entender lo que pasa para poder ayudar al nieto de una forma que nadie les ayudó a ellos.

Lo que sí puedes hacer

No te voy a soltar aquí una lista de 10 trucos para ser el abuelo perfecto con TDAH. Porque no existe el abuelo perfecto. Ni con TDAH ni sin él.

Pero hay cosas que funcionan.

Hablar. Decirle a tu familia que tu cerebro funciona así. Que no es despiste, no es dejadez, no es "ya estás mayor". Es tu forma de funcionar y la llevas arrastrando toda la vida.

Pedir estructura. Que los horarios de los nietos te los manden por escrito. Que las alarmas las pongas tú y las ponga también tu hija, por si acaso. Que nadie asuma que "ya te acordarás".

Perdonarte. Esto es lo más difícil. Perdonarte por lo que pasó con tus hijos. Perdonarte por lo que pase con tus nietos. Perdonarte por no ser el abuelo de las películas que se sienta en el porche y repara relojes con manos firmes y paciencia infinita.

Tu paciencia tiene límites. Tu memoria tiene agujeros. Tu atención salta como un grillo.

Pero estás ahí. Y eso, con TDAH o sin él, es lo que importa.

El nido vacío que se vuelve a llenar

Muchos abuelos con TDAH pasaron por una fase rara cuando los hijos se fueron de casa. Ese silencio repentino. La rutina que desaparece. El cerebro que de repente no tiene a quién gestionar y no sabe qué hacer con tanto espacio.

Y cuando llegan los nietos, ese nido se vuelve a llenar. Pero de una forma distinta. Ya no eres el responsable principal. Eres el apoyo. El refugio. El que cuenta historias que empiezan por un sitio y terminan por otro completamente distinto porque te has perdido tres veces en tu propia anécdota.

Y sabes qué. A los nietos eso les encanta. Porque un abuelo con TDAH es un abuelo que se emociona con todo, que inventa juegos absurdos, que pasa de estar hablando del tiempo a estar construyendo un fuerte con cojines del sofá sin transición ninguna.

Tu cerebro disperso, ese que te ha dado tantos problemas toda la vida, resulta que es la mejor herramienta para conectar con un niño de 4 años.

Quién lo iba a decir.

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