Ser traductor con TDAH: 50 páginas que tu cerebro negocia una a una
Traducir exige atención extrema, elegir cada palabra y mantener el foco horas. Con TDAH, cada página es una negociación con tu propio cerebro.
Página 23 de un manual técnico sobre válvulas hidráulicas.
Llevo cuatro horas y media. He traducido 22 páginas. Y acabo de descubrir que en la página 7 traduje "pressure relief valve" como "válvula de alivio de presión" y en la 19 como "válvula de descarga". Las dos son correctas. Las dos se usan. Pero en el mismo documento no pueden convivir las dos.
Vuelvo a la página 7. Corrijo. Reviso las intermedias por si se me ha escapado alguna más. Se me han escapado tres.
Esto no es un error de traducción. Esto es un cerebro que a las cuatro horas ya no recuerda lo que decidió a las dos.
¿Se puede ser buen traductor con TDAH?
Sí. Pero no de la forma que te cuentan en los artículos de "trabaja desde casa con estas 10 profesiones creativas".
Porque ser traductor no es solo saber idiomas. Es leer con atención quirúrgica. Es elegir entre dos palabras que significan casi lo mismo y decidir cuál encaja mejor en esa frase, en ese párrafo, en ese contexto, en ese registro. Es mantener coherencia terminológica durante 50 páginas que tu cerebro quiere abandonar en la 4.
Con TDAH, traducir es como hacer un puzzle de 5.000 piezas en una mesa que alguien mueve cada diez minutos.
Tu cerebro no coopera de forma lineal. Va a rachas. Hay momentos en los que las palabras fluyen solas y traduces tres páginas en veinte minutos. Y hay momentos en los que relees la misma frase seis veces y sigues sin entender qué quiere decir el autor.
No porque no sepas el idioma. Porque tu cabeza se ha ido a otra galaxia entre la primera lectura y la sexta.
¿Por qué la traducción es especialmente difícil con TDAH?
Porque requiere exactamente lo que peor se nos da: atención sostenida de baja intensidad.
No es resolver un problema de ingeniería que te activa la adrenalina. No es un juicio con un plazo que te pone las pilas. Es sentarte delante de un texto y procesarlo palabra por palabra, hora tras hora, sin más recompensa que avanzar una página.
Tu cerebro necesita dopamina. Y traducir un contrato mercantil no da dopamina. Da sueño.
Así que negocias. Con cada página, con cada párrafo.
"Traduzco esta página y me levanto a por café." "Dos páginas más y miro el móvil." "Si termino este capítulo antes de las 12, me como ese trozo de tarta."
No es un método de productividad. Es supervivencia. Es un cerebro que no tiene regulador de volumen y que necesita inventarse micro-recompensas para no saltar del documento al quinto vídeo de YouTube sobre cómo organizarte mejor. Que es irónico, pero es real.
Y luego está el otro extremo: el hiperfoco.
Cuando un texto te engancha, cuando el tema te interesa, cuando la dificultad es la justa, tu cerebro entra en un modo en el que traduces como poseído. Seis horas seguidas sin levantar la cabeza. Sin comer. Sin ir al baño. Sales de ahí con 30 páginas traducidas, dolor de espalda, y la sensación de que acabas de aterrizar desde otra dimensión.
El problema es que no controlas cuándo pasa. Y no puedes decirle a un cliente "mándame solo textos que me interesen, porfa".
¿Qué pasa con los plazos?
Los plazos son la relación más tóxica que tiene un traductor con TDAH.
Porque el TDAH y los deadlines funcionan con adrenalina. No con planificación. Con pánico.
Te dan un encargo de 50 páginas para el viernes. Hoy es lunes. Tienes cinco días. Son 10 páginas al día. Perfectamente factible.
Lunes: "Tengo tiempo de sobra". Traduces 3 páginas. Martes: "Todavía voy bien". Traduces 4. Miércoles: "Mañana me pongo en serio". Traduces 2. Jueves a las 11 de la noche: 41 páginas por hacer. Tu cerebro, por fin, enciende los motores. Traduces como si te fuera la vida en ello. Porque te va la vida en ello. La adrenalina del "o lo hago ahora o me muero profesionalmente" es la dopamina más potente que existe.
Viernes a las 8 de la mañana: entregas. Revisado a medias. Con tres erratas que encontrarás la semana que viene, cuando ya no puedas corregirlas. Con la promesa de que la próxima vez lo harás diferente.
La próxima vez no lo harás diferente.
¿Y la revisión?
La revisión es donde el TDAH te apuñala por la espalda.
Porque traducir es una cosa. Pero revisar lo que has traducido es leer tu propio texto con ojos nuevos. Y tu cerebro no tiene ojos nuevos. Tu cerebro ya ha visto esas frases, ya sabe lo que dicen, y las rellena automáticamente aunque haya un error.
Lees "el paciente debe tomar la meditación diaria" y tu cerebro lee "medicación" porque sabe que eso es lo que debería poner. No ves la errata. La ves tres días después cuando ya has mandado el documento.
Los traductores con TDAH necesitamos revisar en diferido. Dejar pasar horas, mejor un día entero, entre la traducción y la revisión. Para que el cerebro se olvide lo suficiente como para volver a leer de verdad.
Pero eso requiere haber terminado con tiempo de sobra. Y ya hemos visto cómo va eso.
¿Tiene alguna ventaja el TDAH para traducir?
Algunas. De verdad.
El cerebro con TDAH hace conexiones que un cerebro "normal" no haría. Cuando traduces textos creativos, publicitarios, literarios, esa forma caótica de pensar se convierte en una máquina de encontrar equivalencias. Donde otro traductor pone la traducción literal y se queda tranquilo, tú buscas cinco alternativas, tres juegos de palabras, y una metáfora que ni existía en el original pero que funciona mejor.
La creatividad no compensa los olvidos, las erratas y las noches sin dormir antes de una entrega. Pero existe. Y cuando encaja, el resultado es mejor que lo que haría alguien con más disciplina y menos chispa.
Lo que pasa es que nadie te paga extra por la chispa. Te pagan por entregar a tiempo, sin errores, con terminología consistente. Y ahí es donde la precisión y el caos chocan de frente.
¿Qué se puede hacer?
Glosarios. Glosarios obsesivos. Cada término que traduzcas, apúntalo en un documento aparte con el original y la traducción elegida. No confíes en tu memoria. Tu memoria es un compañero de piso que dice que va a hacer la compra y vuelve con un peluche y sin leche.
Bloques de trabajo cortos. Pomodoros de 25 minutos o lo que te funcione a ti. Pero bloques. Porque 4 horas seguidas de traducción con TDAH no son 4 horas de producción. Son 45 minutos de producción y 3 horas y 15 minutos de mirar por la ventana, abrir pestañas, cerrar pestañas, y preguntarte si deberías cambiar de profesión.
Herramientas de memoria de traducción. Trados, MemoQ, lo que sea. No porque seas vago. Porque necesitas un sistema externo que recuerde lo que tu cerebro no va a recordar.
Y sobre todo: asume que la revisión es parte del trabajo, no un extra. Presupuesta tiempo para revisar. Ponlo en tu calendario. Trátalo como una fase tan importante como la traducción misma. Porque para nosotros lo es más.
No es que no podamos ser buenos traductores. Es que necesitamos más sistemas, más estructura, más trucos. Como cualquier profesión que exige precisión cuando tu cerebro no viene de serie con ella.
Traducir con TDAH es un deporte de resistencia
No de velocidad. De resistencia. De negociar con tu cerebro cada página, cada párrafo, cada decisión terminológica. De saber que vas a tener días buenos y días en los que una página te lleva una hora.
Pero se puede. Con sistemas, con autoconocimiento, y con la honestidad de admitir que tu cerebro funciona diferente y que eso no te hace peor traductor. Te hace un traductor que necesita adaptaciones que nadie te enseñó en la carrera.
Porque en Traducción e Interpretación te enseñan sintaxis, pragmática y teoría de la traducción. Pero no te enseñan qué hacer cuando tu cerebro se desconecta a mitad de una subordinada de relativo y te encuentras 20 minutos después leyendo sobre la migración de las ballenas jorobadas.
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