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Tony Hawk: el skater con TDAH que convirtió una tabla en un imperio

Le diagnosticaron TDAH de niño. Su padre le llevó a un skatepark. Treinta años después, su nombre es sinónimo de skate en todo el planeta.

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Tony Hawk era el niño que no paraba. El que se subía a los muebles, saltaba desde sitios que no debía, corría por los pasillos del colegio como si le persiguiera algo y se metía en problemas antes de que el profesor terminara de pasar lista.

Su padre hizo algo que en los años ochenta era casi revolucionario: en vez de castigarle, le llevó a un skatepark.

No como premio. No como terapia. Sino porque vio que su hijo tenía tanta energía dentro que iba a reventar si no encontraba un sitio donde soltarla. Y ese sitio resultó ser una rampa de madera con una tabla debajo de los pies.

¿Qué pasa cuando un cerebro hiperactivo encuentra su rampa?

Hawk fue diagnosticado con TDAH de niño. En una época en la que el diagnóstico solía venir acompañado de miradas de preocupación y frases tipo "este niño tiene un problema". Sus profesores lo describían como incontrolable. Demasiada energía. Demasiada intensidad. Demasiado todo.

Pero resulta que "demasiado todo" es exactamente lo que necesitas para pasarte ocho horas al día intentando un truco que te ha tirado al suelo cuarenta veces seguidas.

Porque eso es lo que hacía Hawk. Llegaba al skatepark después del colegio y no se iba hasta que cerraban. No porque fuera disciplinado. No porque tuviera un plan de entrenamiento. Sino porque su cerebro se enganchaba al skate como un imán a un frigorífico y no había fuerza humana capaz de separarlo.

Eso tiene un nombre: hiperfoco. La misma capacidad que hacía que Michael Phelps nadara 80.000 metros a la semana o que Einstein se olvidara de comer mientras pensaba en la curvatura del espacio-tiempo. El cerebro TDAH, cuando encuentra algo que le da suficiente estímulo, no solo presta atención. Se fusiona con ello.

Y Hawk se fusionó con una tabla de skate.

El 900: cuando el hiperfoco se convierte en historia

27 de junio de 1999. X Games de San Francisco. Tony Hawk tiene 31 años y lleva meses obsesionado con un truco que nadie ha conseguido nunca en competición: el 900. Dos giros y medio en el aire. 900 grados de rotación sobre una rampa vertical.

Lo había intentado miles de veces. Se había caído miles de veces. Se había roto cosas, se había levantado, y había vuelto a intentarlo. Porque así funciona un cerebro con TDAH cuando se engancha: no existe el "dejarlo para mañana". Existe solo el intento, la caída, y el siguiente intento.

Aquella noche en San Francisco, Hawk falló los primeros diez intentos. La competición ya había terminado oficialmente. Le habían dado tiempo extra. La multitud gritaba. Las cámaras grababan. Y él seguía cayéndose.

En el intento número once, lo clavó.

Dos giros y medio. Aterrizaje limpio. El estadio explotó. Los otros skaters le abrazaron en el aire. Y Tony Hawk se convirtió en leyenda.

Eso no fue talento en bruto. Fue un cerebro que no sabe rendirse cuando algo le engancha. La misma terquedad que en el colegio era "no hace caso" y "no sigue instrucciones", en una rampa de skate era la diferencia entre hacer historia o irse a casa.

De skater a empresario: el mismo cerebro, distinta rampa

Aquí es donde la historia de Hawk se pone interesante para cualquiera con TDAH.

Porque muchos deportistas con TDAH son brillantes en su deporte y un desastre fuera de él. El cerebro funciona a tope en la pista y se apaga cuando toca hacer cosas "normales". Phelps lo ha contado. Simone Biles ha hablado de ello. Es el patrón habitual.

Hawk rompió el patrón.

En 1999, el mismo año del 900, lanzó el videojuego Tony Hawk's Pro Skater. Un juego que vendió millones de copias, creó una generación entera de skaters y convirtió su nombre en una marca global. No fue casualidad. Hawk llevaba años pensando en cómo llevar el skate más allá de las rampas.

Creó Birdhouse, su marca de tablas. Fundó 900 Films, su productora. Montó la Fundación Tony Hawk para construir skateparks en comunidades sin acceso. Licenció su nombre para ropa, juguetes, parques temáticos. Convirtió un deporte marginal en una industria multimillonaria con su cara en el centro.

Y lo hizo con el mismo cerebro que no podía estarse quieto en clase.

¿El TDAH fue ventaja o problema?

Las dos cosas. Como siempre.

Le dio la energía para practicar cuando otros se iban a casa. Le dio la obsesión para intentar el 900 once veces seguidas sin plantearse parar. Le dio la impulsividad para tomar decisiones de negocio que un cerebro más cauteloso habría analizado durante seis meses y al final no habría tomado.

Pero también le dio todo lo demás. La dificultad para gestionar el día a día. Las relaciones complicadas. La incapacidad de frenar cuando debería frenar. La sensación de que si no estás haciendo algo intenso, no estás haciendo nada.

Hawk ha hablado abiertamente de cómo el TDAH afecta su vida fuera del skate. De cómo necesita movimiento constante para pensar. De cómo la quietud le genera ansiedad. De cómo ha tenido que construir una vida entera alrededor de las necesidades de su cerebro, no a pesar de ellas.

Y eso es lo que mola de su historia. No es el típico relato de "superó su TDAH". Es un relato de "construyó todo lo que tiene porque su cerebro funciona así, no a pesar de ello".

La tabla como regulador

Hay algo que Hawk ha repetido en varias entrevistas y que a mí me parece la frase más TDAH que he escuchado de un famoso: "El skate es lo único que hace que mi cerebro se calle".

Eso lo entiende cualquiera con TDAH. Esa actividad que encuentras donde de repente tu cabeza deja de ser un navegador con 47 pestañas abiertas y se convierte en una sola ventana a pantalla completa. Donde no tienes que esforzarte por prestar atención porque la atención viene sola, como el agua bajando por una pendiente.

Para Hawk, eso era una tabla de skate. Para Richard Branson era montar empresas. Para Phelps era una piscina. La actividad cambia. Lo que no cambia es la necesidad de encontrarla.

Y eso es lo que diferencia a las personas con TDAH que "funcionan" de las que sienten que nada les funciona. No es talento. No es suerte. Es haber encontrado la rampa correcta.

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Tony Hawk tuvo la suerte de que su padre le llevara a un skatepark en vez de a un psicólogo que le dijera que se estuviera quieto. Esa decisión cambió todo. No porque el skatepark fuera mágico, sino porque era el sitio donde su cerebro podía ser lo que era sin que nadie le pidiera que fuera otra cosa.

Si llevas años sintiéndote como Hawk antes del skatepark, como un cerebro con demasiada energía en un mundo que te pide que te sientes y no te muevas, el problema no está en tu cerebro. Está en que todavía no has encontrado tu rampa.

Y la rampa existe. Siempre existe. A veces es un deporte. A veces es un proyecto. A veces es algo tan raro que da vergüenza decirlo en voz alta. Pero existe. Y cuando la encuentras, todo ese "demasiado" que llevas dentro deja de ser un problema y empieza a ser combustible.

Si alguna vez te has preguntado por qué tu cerebro parece tener un motor que no se apaga, quizá no sea un defecto. Quizá sea información que aún no has usado. El primer paso es entender cómo funciona.

Hacer el test de TDAH

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