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Franz Kafka: el escritor que convertía la ansiedad en literatura universal

Kafka trabajaba de funcionario, escribía de noche y odiaba ambas cosas. Su cerebro ansioso creó algunas de las obras más importantes de la historia.

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Kafka trabajaba de funcionario de seguros de día y escribía de noche hasta que el cuerpo no podía más. Odiaba su trabajo, odiaba su escritura y no podía dejar de hacer ninguna de las dos cosas.

Si eso no te suena a un cerebro atrapado en su propio bucle, no sé qué te sonará.

Franz Kafka es uno de los escritores más importantes de la historia. Sus libros se estudian en todas las universidades del mundo. La palabra "kafkiano" existe en el diccionario. Y sin embargo, en vida, publicó poquísimo, se sentía un fracaso absoluto y le pidió a su mejor amigo que quemara todos sus manuscritos al morir.

Max Brod no le hizo caso, por cierto. Gracias a eso tenemos "El proceso", "El castillo" y la mayor parte de su obra. Pero el dato dice mucho sobre cómo se veía Kafka a sí mismo.

¿Era Kafka un genio atormentado o un cerebro sin diagnosticar?

La respuesta fácil es "genio atormentado". Es la que queda bien en los documentales. El artista sufridor que canaliza su dolor en arte inmortal. Muy romántico, muy bonito para un póster de librería.

Pero si miras los síntomas con ojos de 2025, la cosa cambia bastante.

Kafka tenía una ansiedad brutal y documentada. Insomnio crónico. Incapacidad para mantener rutinas estables. Relaciones personales que empezaba con una intensidad descomunal y que luego no podía sostener. Escribió cientos de cartas a Felice Bauer, su prometida, con la que rompió el compromiso dos veces. Cientos. De cartas. A una persona con la que no fue capaz de casarse.

Eso no es romanticismo literario. Eso es un cerebro que hiperfocaliza, se obsesiona, y luego se estrella contra la realidad de mantener lo que empezó.

No estamos diciendo que Kafka tuviera TDAH diagnosticado. Murió en 1924, cuando el trastorno ni siquiera tenía nombre. Pero los patrones están ahí, y se parecen mucho a los de otros escritores que funcionaban de forma similar.

El funcionario que escribía de madrugada

Kafka trabajaba en una compañía de seguros. Un trabajo estable, respetable, aburridísimo. Lo odiaba con toda su alma pero no lo dejaba porque necesitaba el dinero y porque su padre, Hermann Kafka, le habría montado un drama de proporciones bíblicas.

Así que hacía lo que muchos cerebros inquietos hacen: cumplir de día y vivir de noche.

Escribía desde las once de la noche hasta las tres, las cuatro, las cinco de la mañana. A veces más. Sus mejores textos nacieron en sesiones nocturnas maratonianas donde el mundo se callaba y su cerebro por fin podía hacer lo que realmente quería hacer.

"La condena" la escribió entera en una sola noche. De un tirón. Ocho horas seguidas sin parar. Y cuando terminó, escribió en su diario que había sido la mejor noche de su vida.

Eso tiene nombre. Se llama hiperfoco. Ese estado donde tu cerebro con TDAH se engancha a algo y el resto del universo deja de existir. No comes. No duermes. No miras el reloj. Solo produces. Y lo que produces en esas horas vale más que semanas enteras de trabajo "normal".

El problema es que al día siguiente tienes que ir a la oficina de seguros con tres horas de sueño y fingir que eres una persona funcional.

La ansiedad como motor creativo (y como cárcel)

Aquí es donde Kafka se pone interesante de verdad.

Su ansiedad no era un efecto secundario de su vida. Era el combustible de su escritura. "La metamorfosis" es la historia de un tío que se despierta convertido en un insecto gigante y su familia no sabe qué hacer con él. "El proceso" trata de un hombre que es arrestado y juzgado sin que nadie le diga de qué se le acusa.

Si has tenido alguna vez la sensación de que el mundo funciona con unas reglas que todos entienden menos tú, ya sabes de qué escribía Kafka. Esa sensación de estar fuera de sitio, de no encajar, de que hay un manual de instrucciones que todo el mundo tiene y a ti no te llegó.

Es la misma sensación que describe Virginia Woolf en sus diarios. Un cerebro que procesa la realidad de forma diferente y que intenta desesperadamente traducir esa experiencia a palabras que los demás puedan entender.

La diferencia es que Kafka lo hacía desde la ansiedad pura. No desde la melancolía, no desde la rabia. Desde esa sensación constante de que algo va mal pero no sabes exactamente qué. De que estás haciendo las cosas incorrectas pero no sabes cuáles serían las correctas. De que el suelo se mueve debajo de tus pies y nadie más lo nota.

Las relaciones imposibles de un cerebro que siente demasiado

La vida personal de Kafka es un desastre documentado con una precisión casi científica. Porque lo escribía todo.

Con Felice Bauer mantuvo una correspondencia de más de quinientas cartas en cinco años. Se comprometieron dos veces. Rompieron dos veces. Kafka analizaba cada interacción, cada palabra, cada silencio con una intensidad que haría que cualquier terapeuta de 2025 levantara una ceja.

Después vino Milena Jesenská. Misma historia. Cartas apasionadas, conexión intelectual brutal, incapacidad total de convertir eso en una relación estable.

El patrón se repite con Amy Winehouse y con tantos otros cerebros que sienten las relaciones con una intensidad que el otro lado no puede igualar. No es que no quieran comprometerse. Es que la distancia entre lo que sienten y lo que pueden gestionar es un abismo.

Kafka lo sabía. Escribió en su diario: "Tengo una avidez infinita por las personas, pero no soporto la realidad de su presencia durante mucho tiempo". Si eso no es desregulación emocional explicada con la prosa más elegante de la historia, no sé qué es.

Lo que Kafka nos enseña sin pretenderlo

Que la ansiedad y la creatividad pueden ser el mismo cable conectado a voltajes diferentes.

Que un cerebro que no encaja en la oficina de seguros puede crear una palabra nueva en el diccionario.

Que escribir a las tres de la mañana porque tu cabeza no te deja dormir no es indisciplina. Es un cerebro que necesita soltar lo que lleva dentro antes de explotar.

Que pedir que quemen tu obra no significa que no valga. Significa que la distancia entre lo que imaginas y lo que consigues poner en papel se siente insalvable. Aunque desde fuera parezca que has creado algo extraordinario.

Kafka no tuvo diagnóstico. No tuvo tratamiento. No tuvo a nadie que le dijera "oye, tu cerebro funciona diferente y eso está bien". Tuvo un padre autoritario, un trabajo que odiaba y una noche eterna para escribir lo que le quemaba por dentro.

Y con eso creó literatura que sigue siendo relevante cien años después.

Imagina lo que habría hecho con las herramientas que hoy existen.

Si alguna vez has sentido que tu cerebro funciona con unas reglas que nadie te explicó, que la ansiedad y la creatividad van en el mismo paquete y que el mundo no está diseñado para cómo piensas, quizá no sea un defecto. Quizá solo necesites entender cómo funciona.

Hacer el test de TDAH

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