Tomo decisiones impulsivas de las que luego me arrepiento

Dimito. Compro. Mando el mensaje. Tu cerebro decide antes de que proceses las consecuencias. Y luego te toca recoger.

"Dimito." "Compro." "Le mando el mensaje."

Tres palabras. Un segundo. Y las consecuencias duran semanas, meses, a veces años. Porque tu cerebro decide antes de que tú proceses lo que acaba de pasar. Tú eres el último en enterarte de tus propias decisiones.

Y no hablo de decisiones pequeñas. Hablo de dejar un trabajo en caliente. De mandar un mensaje que cambia una relación. De gastar 400 euros en algo que mañana no vas a querer. De comprometerte con un proyecto que sabes que no puedes asumir. Todo en un impulso. Todo sin pausa. Todo sin ese momento de "espera, vamos a pensarlo".

Porque ese momento no existe en tu cerebro. El freno entre "quiero hacer esto" y "lo hago" no funciona.

¿Por qué decido antes de pensar?

A ver, que quede claro: no eres idiota. No es que no sepas pensar. Es que tu cerebro tiene un cortocircuito en el proceso de toma de decisiones.

El proceso normal es: estímulo, pausa, evaluación de consecuencias, decisión, acción. Cinco pasos. Tu cerebro hace dos: estímulo y acción. Los tres del medio se los salta. No porque seas irresponsable, sino porque la conexión entre el lóbulo frontal (que frena) y el sistema límbico (que impulsa) no funciona a la misma velocidad.

Es como un semáforo que se pone en verde antes de que el de la calle perpendicular se ponga en rojo. El sistema existe, pero los tiempos están descuadrados. Y en ese desajuste de milisegundos, la has liado.

Lo peor es que en el momento de la decisión, la decisión parece perfecta. Tu cerebro no está siendo irracional. Está siendo impulsivo, que es distinto. Tiene sus razones. Son razones emocionales, inmediatas, que no han pasado por el filtro de "¿y mañana qué?". Pero en ese instante, son razones válidas. El problema es que esas razones tienen una vida útil de unos 30 segundos.

Las compras de las 2 de la mañana

Vamos a hablar de esto. Porque es el ejemplo más claro y el menos peligroso.

Son las 2 de la mañana. Estás en la cama con el móvil. Ves algo. Una cámara. Un curso. Un gadget que no sabías que existía pero que ahora necesitas con toda tu alma. Y lo compras. Sin pensarlo. Sin comparar. Sin preguntarte si lo necesitas de verdad.

Y cuando llega el paquete, a veces ni recuerdas haberlo comprado. O lo abres, lo miras, y piensas: "¿Para qué he comprado esto?"

Pero no es solo compras. Es todo. Es decir que sí a un plan que no puedes cumplir. Es empezar una discusión que no tenías que empezar. Es cambiar de opinión sobre algo importante porque en ese momento te sentías de una forma y a la media hora te sientes de otra.

Si esto te suena y además actúas sin pensar en general, el patrón es el mismo. No son problemas aislados. Es la misma raíz manifestándose en distintos sitios.

El coste acumulado

Y aquí está lo que de verdad importa.

Una decisión impulsiva no te destroza la vida. Pero 500 decisiones impulsivas acumuladas sí te la complican. Dinero gastado que no debías gastar. Trabajos dejados que no debías dejar. Relaciones dañadas por cosas que dijiste sin pensar. Proyectos abandonados porque te comprometiste en un momento de euforia.

Y al mirar atrás, ves un patrón. Ves que muchas de las cosas que han salido mal en tu vida no salieron mal por mala suerte ni por falta de capacidad. Salieron mal porque tomaste la decisión en el momento equivocado, con la emoción equivocada, sin el tiempo necesario para procesar.

Lo explican bien cuando hablan de por qué algunas personas no pueden evitar tomar decisiones antes de pensar. No es un defecto de carácter. Es una función del cerebro que no regula bien los tiempos.

Y encima, las consecuencias de las decisiones impulsivas te generan frustración. Y la frustración te hace más impulsivo. Y cuando estás más impulsivo, explotas por cosas que a los demás no les afectan. Todo se alimenta.

¿Se puede aprender a parar?

Sí y no. No te voy a engañar.

No vas a convertirte en una persona que medita 3 segundos antes de cada decisión. Eso no va a pasar. Pero puedes crear sistemas que te protejan de ti mismo en los momentos de mayor impulso.

Reglas como: no comprar nada por encima de 50 euros sin dormir una noche. No mandar mensajes emocionales sin releerlos 30 minutos después. No decir "dimito" sin hablarlo antes con alguien de confianza.

No es fuerza de voluntad. Son barreras externas que sustituyen al freno interno que no tienes. Andamios para un edificio que todavía está en construcción.

Pero todo eso empieza por entender que el problema no es que seas irresponsable. Es que tu cerebro funciona con unos tiempos que no coinciden con los de la realidad. Y cuando entiendes eso, dejas de culparte y empiezas a protegerte.

A mucha gente le cuesta todo más que a los demás. Y una de las cosas que más cuesta es algo que la mayoría hace sin pensar: pensar antes de hacer.

Esto no sustituye un diagnóstico profesional. Si lo que describo te suena a tu vida entera, habla con un psicólogo o psiquiatra que entienda de impulsividad y función ejecutiva.

Si quieres un primer paso, hice un test de 43 preguntas. Diez minutos. Gratis. No diagnostica nada, pero puede explicarte por qué tu cerebro actúa antes de que tú estés listo. Hazlo aquí.

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