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Tolkien: el hombre que construyó un mundo entero dentro de su cabeza

Tolkien no escribió una novela: inventó idiomas, mapas y miles de años de historia. Su cerebro no sabía hacer las cosas a medias.

tdahfamosos

Tolkien no escribió una novela.

Construyó un idioma. Luego otro. Luego una mitología para justificar esos idiomas. Luego una geografía donde ocurría esa mitología. Luego una historia de miles de años para que esa geografía tuviera sentido.

Y empezó por el idioma, no por la historia.

Eso no es literatura. Es un cerebro que no puede hacer las cosas a medias.

Un chaval que coleccionaba idiomas como otros coleccionaban cromos

J.R.R. Tolkien aprendió latín siendo niño. Luego griego. Luego gótico. Luego finés. Luego galés. Luego anglosajón. Y no los aprendió como quien estudia para un examen. Los aprendió porque le fascinaba la estructura, la fonética, la forma en que las palabras cambiaban de un siglo a otro.

Y cuando se le acabaron los idiomas que aprender, hizo lo que cualquier cerebro obsesivo haría.

Se inventó los suyos.

El quenya. El sindarin. Idiomas completos con gramática, fonología, evolución histórica y dialectos. Idiomas que nadie iba a hablar, que no servían para nada práctico, que no le iban a dar dinero ni reconocimiento.

Pero su cabeza no le dejaba parar.

Eso es lo que la gente no entiende cuando habla de Tolkien como "el autor de El Señor de los Anillos". El Señor de los Anillos fue un efecto secundario. Lo que Tolkien quería hacer era construir idiomas. La Tierra Media existe porque necesitaba un sitio donde se hablaran esos idiomas. La historia existe porque los idiomas necesitaban un contexto histórico.

Su obra no nació de un plan editorial. Nació de un cerebro que encontró algo que le encendía y fue incapaz de parar.

¿Cómo se ven los posibles rasgos TDAH en Tolkien?

Vamos a dejar algo claro. Tolkien nació en 1892 y murió en 1973. Nunca fue diagnosticado de TDAH. Nadie va a poder confirmarlo ni negarlo. Pero cuando lees su biografía, ciertos patrones saltan a la vista.

El hiperfoco salvaje. Tolkien podía pasarse horas, días, semanas enteras trabajando en la evolución fonética de una lengua élfica. Sin comer. Sin dormir bien. Sin atender nada más. Mientras tanto, sus alumnos en Oxford esperaban las correcciones de sus exámenes. Que llegaban tarde. Siempre tarde.

La procrastinación épica. El Señor de los Anillos tardó doce años en escribirse. Doce. Su editor le mandaba cartas preguntando cómo iba el libro. Tolkien respondía con disculpas, explicaciones larguísimas y promesas de que pronto estaría listo. Luego se ponía a revisar un mapa de la Tierra Media durante tres meses en vez de escribir el capítulo que debía.

Los proyectos infinitos que nunca terminan. El Silmarillion. La obra que Tolkien empezó antes que El Hobbit, antes que El Señor de los Anillos, antes que todo. La reescribió, la reorganizó, la cambió de formato docenas de veces a lo largo de décadas. Nunca la terminó. La publicó su hijo después de su muerte, reconstruyéndola a partir de manuscritos, notas y versiones contradictorias.

Eso no es perfeccionismo normal. Es un cerebro que se queda atrapado en bucles de revisión porque cada detalle genera tres ideas nuevas y cada idea genera cinco caminos posibles y de repente estás reescribiendo la cosmogonía entera porque una vocal en sindarin no encajaba.

La dispersión creativa. Tolkien no solo escribía novelas y construía idiomas. Dibujaba mapas. Diseñaba caligrafías élficas. Escribía poesía en anglosajón. Daba clases magistrales sobre Beowulf que cambiaron la academia literaria para siempre. Traducía textos medievales. Escribía cartas de cientos de páginas a sus hijos. Pintaba acuarelas.

Su cabeza no tenía un solo carril. Tenía quince. Y todos funcionaban a la vez.

El profesor que llegaba tarde a todo menos a lo que le importaba

Tolkien era profesor en Oxford. Y por los testimonios de sus alumnos, era un profesor fascinante cuando le interesaba lo que estaba contando. Se levantaba, gesticulaba, recitaba pasajes de Beowulf en anglosajón con una pasión que hacía que los alumnos se olvidaran de que estaban en una clase de filología.

Pero las tareas administrativas. Los exámenes por corregir. Los horarios. Las reuniones de departamento.

Un desastre.

Sus colegas describían a un hombre caótico, desorganizado, que perdía papeles, que se comprometía con plazos que luego no cumplía, que empezaba conversaciones sobre un tema y terminaba hablando de otro completamente distinto porque una idea le había llevado a otra y esa a otra.

Suena familiar, ¿no?

Porque eso es exactamente lo que hacen muchos escritores con TDAH. Crean universos enteros en su cabeza mientras el mundo real se desordena a su alrededor. La magia ocurre dentro. El caos se queda fuera.

Un mundo construido a capas, como solo un cerebro así puede construir

Lo que hace que la Tierra Media sea diferente a cualquier otro universo de ficción es la profundidad. No es un decorado. Es un mundo con miles de años de historia, genealogías completas, mapas geográficamente coherentes, sistemas de escritura funcionales y lenguas que evolucionan con el tiempo igual que las lenguas reales.

Ningún editor le pidió eso. Ningún lector lo necesitaba para disfrutar de Frodo y el anillo.

Pero el cerebro de Tolkien sí lo necesitaba.

Porque un cerebro con hiperfoco no sabe construir a medias. No sabe poner un mapa de fondo y decir "ya vale". Necesita que los ríos tengan sentido geológico. Que las distancias cuadren. Que si un personaje camina de un punto a otro, los días de viaje sean coherentes con la geografía.

Julio Verne hacía algo parecido

Y Mary Shelley creó Frankenstein con diecinueve años porque su cerebro conectó ideas que nadie más habría conectado. Filosofía, ciencia, horror, ética. Todo mezclado en una noche de tormenta. Eso es lo que hacen estos cerebros: ven conexiones donde otros ven compartimentos separados.

Lo que Tolkien nos enseña sin haberlo pretendido

Que la obsesión no siempre es un defecto. A veces es la única forma de crear algo que dure.

Que un cerebro que no puede hacer las cosas a medias, que necesita profundizar en cada detalle, que se pierde en tangentes y proyectos paralelos, también puede construir el universo de ficción más rico de la historia de la literatura.

Que tardó doce años en escribir El Señor de los Anillos. Que nunca terminó El Silmarillion. Que sus editores se desesperaban. Que sus alumnos esperaban las correcciones. Que su escritorio era un caos de papeles, mapas y notas en idiomas inventados.

Y que nada de eso importa.

Porque lo que dejó es un mundo entero. Construido palabra a palabra, idioma a idioma, mapa a mapa. Por un cerebro que no sabía parar.

A veces el problema no es la cabeza. Es que el mundo no tiene espacio para lo que esa cabeza necesita construir.

Si alguna vez te han dicho que piensas demasiado, que te complicas, que vas de un tema a otro sin control, puede que tu cerebro funcione de una forma distinta. No peor. Distinta.

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