Lo que Mary Shelley nos enseña sobre creatividad y cerebros que no paran
Mary Shelley escribió Frankenstein con 18 años. Su mente inquieta creó al monstruo más famoso de la historia. Qué nos enseña sobre creatividad y TDAH.
Mary Shelley escribió Frankenstein con 18 años. Una historia nacida de una noche de insomnio, una mente que no paraba y una imaginación que no tenía límites.
Y lo que más me fascina no es que escribiera una de las novelas más importantes de la historia de la literatura. Es que lo hizo en unas condiciones que a cualquier persona "normal" le habrían paralizado por completo.
Una noche de tormenta y un cerebro que no se apaga
Verano de 1816. Villa Diodati, a orillas del lago Ginebra. Mary tiene dieciocho años y está pasando unas vacaciones con un grupo de escritores que, siendo honestos, parecen sacados de un reality show del siglo XIX.
Una noche de tormenta, Byron propone un reto: que cada uno escriba una historia de terror.
Los demás lo intentan y lo dejan. Byron se aburre. Percy se dispersa. Polidori escribe algo que luego pulirá.
Mary no puede dormir.
Y ahí está la clave.
Porque esa noche, mientras los demás se fueron a la cama y sus cerebros se apagaron como quien cierra una pestaña del navegador, el de Mary siguió funcionando. Rumiando. Conectando ideas sueltas que no tenían nada que ver entre sí. Galvanismo. Muerte. Ciencia. Creación. Ética. Un cadáver que cobra vida. Un científico que juega a ser Dios.
Cuando por fin se durmió, tuvo una pesadilla tan vívida que al despertar lo tenía todo en la cabeza. Entero. Como si su cerebro hubiera estado montando un puzle mientras ella intentaba descansar.
Eso no es solo talento. Es un cerebro que no tiene botón de apagar.
¿Qué nos enseña Mary Shelley sobre la creatividad que nace de un cerebro inquieto?
Mary Shelley no tuvo una vida fácil. Perdió a su madre diez días después de nacer. Su padre la quería pero la educó como un experimento filosófico, no como una hija. Se fugó con Percy Shelley a los dieciséis. Perdió a varios hijos. Vivió con deudas, mudanzas constantes y un entorno que a cualquiera le habría quitado las ganas de escribir.
Y sin embargo, escribió.
No a pesar del caos. Dentro del caos.
Porque hay cerebros que funcionan así. Que no necesitan estabilidad para crear. Que de hecho producen sus mejores ideas cuando todo está patas arriba, cuando hay tormenta fuera y tormenta dentro, cuando las condiciones "ideales" brillan por su ausencia.
Mary no esperó a tener la vida resuelta para escribir Frankenstein. La escribió mientras su vida era un desastre. Y lo hizo porque su cabeza no le daba la opción de no hacerlo. La historia estaba ahí, empujando, pidiendo salir, y ella solo tuvo que sentarse y darle forma.
Eso es algo que muchos escritores con rasgos similares han descrito con sus propias palabras. La sensación de que no eliges escribir. Tu cerebro elige por ti. Tú solo pones las manos en el teclado. O en el papel, si estamos en 1816.
El monstruo que nadie entendió
Hay algo en Frankenstein que es brutalmente relevante si lo miras desde la perspectiva de alguien con un cerebro diferente.
El monstruo de Frankenstein no es malo. Es rechazado. Nace diferente, asusta a la gente, y el mundo decide que es un problema antes de intentar entenderle. Su creador, Victor Frankenstein, le da vida y luego huye. Le crea y le abandona. Le trae al mundo sin manual de instrucciones y luego le culpa por no saber encajar.
No sé tú, pero a mí eso me suena bastante.
Porque crecer con un cerebro que funciona diferente al resto se parece mucho a ser el monstruo de Frankenstein. Nadie te explica por qué piensas como piensas. Nadie te da el manual. Y cuando tus diferencias incomodan, el problema eres tú, no el sistema que no sabe qué hacer contigo.
Mary Shelley escribió esa metáfora con dieciocho años. Sin saber que dos siglos después seguiríamos identificándonos con ella.
El caos como sistema operativo
Lo que me parece más interesante de Mary Shelley no es Frankenstein. Es todo lo demás.
Después de esa novela siguió escribiendo. Novelas, relatos, ensayos, biografías. Lo hizo mientras criaba a su hijo sola después de que Percy muriera ahogado. Lo hizo con problemas de dinero. Lo hizo en un mundo que no tomaba en serio a las escritoras.
Su productividad no venía de la disciplina militar ni de levantarse a las cinco de la mañana ni de tener un sistema de Notion con cuarenta bases de datos interconectadas.
Venía de un cerebro que no paraba.
De una mente que funcionaba mejor bajo presión que en calma. Que necesitaba el estímulo, el reto, la urgencia, para activarse. Que cuando tenía deadline producía obras maestras y cuando tenía todo el tiempo del mundo se quedaba bloqueada.
Si eso no te suena familiar, probablemente no tengas TDAH.
Y no. No estoy diciendo que Mary Shelley tuviera TDAH diagnosticado. Es imposible saberlo. Vivió en el siglo XIX y el TDAH como diagnóstico ni existía. Pero su forma de funcionar, su creatividad explosiva, su dificultad con la rutina, su capacidad de producir en el caos, su mente que no se apagaba por las noches, tiene un parecido más que razonable con lo que describía Poe y con lo que miles de personas experimentan hoy.
Lo que te llevas de una noche de tormenta en 1816
Que no necesitas tener la vida perfecta para crear algo que valga la pena. Mary Shelley no la tenía. Tenía dieciocho años, una vida complicada y un cerebro que no paraba. Y con eso le bastó.
Que si tu cabeza funciona mejor a las tres de la mañana que a las nueve, no estás roto. Estás funcionando con un sistema operativo diferente. Y a lo mejor el problema no es tu cerebro. Es que llevas toda la vida intentando usarlo en horario de oficina.
Y que a veces, la mejor obra de tu vida empieza en una noche de insomnio, con una tormenta fuera y un montón de ideas dentro que no te dejan dormir.
Mary Shelley no pidió permiso para escribir Frankenstein. Su cerebro no se lo pidió a ella.
Si alguna vez has sentido que tu cabeza va más rápido que el mundo, que las ideas no paran y que nadie entiende cómo funciona tu cerebro, puede que no sea un problema. Puede que solo necesites entenderlo.
Sigue leyendo
Artistas plásticos con TDAH: cuando el lienzo no es suficiente
Da Vinci, Picasso, Van Gogh, Dalí, Michelangelo. Los artistas más grandes de la historia comparten rasgos de TDAH. Esto no es casualidad.
Lo que Robin Williams nos enseña sobre TDAH y humor
Robin Williams nunca fue diagnosticado, pero su cerebro iba a 300 km/h. Qué nos enseña sobre usar el humor como herramienta de supervivencia.
James Cook: tres viajes al fin del mundo porque uno nunca era suficiente
James Cook completó tres viajes a lo desconocido. Después del primero ya era héroe. Pero su cerebro no podía parar. El tercero lo mató.
Julio César: el general que dictaba cartas mientras cabalgaba
Julio César dictaba varias cartas a la vez a caballo y no podía parar quieto. ¿Rasgos TDAH en el mayor general de Roma?