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¿Tenía Julio Verne TDAH? El escritor que predijo el futuro

Julio Verne predijo submarinos, cohetes y videoconferencias. Su cerebro no podía quedarse en el presente. ¿Era TDAH? Analizamos los rasgos.

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Julio Verne predijo submarinos, cohetes y videoconferencias.

En el siglo XIX. Cuando la gente todavía se movía en carruajes de caballos y la electricidad era poco más que un truco de feria.

Su cerebro no podía quedarse en el presente. Necesitaba imaginar lo que aún no existía. Y lo hacía con un nivel de detalle que daba escalofríos. Porque no eran fantasías vagas. Eran planos. Descripciones técnicas. Cálculos. Como si su cabeza hubiera viajado al futuro, le hubiera echado un vistazo rápido y volviera corriendo a contarlo todo antes de que se le olvidara.

Y cuando miras su vida entera, desde niño hasta sus últimos años, hay algo que no encaja con la imagen del señor tranquilo sentado en su escritorio con una pluma y una pipa.

Algo que suena muy familiar si sabes lo que es tener un cerebro que no para.

¿Quién era Julio Verne antes de ser Julio Verne?

De crío, Verne era un desastre académico con matrícula de honor en soñar despierto.

Su padre, abogado en Nantes, tenía un plan muy claro: Jules estudiaría derecho y heredaría el bufete. Un plan perfecto. Racional. Ordenado. El tipo de plan que un cerebro con TDAH mira desde lejos, asiente educadamente y luego ignora por completo.

Verne se fue a París a estudiar derecho. Técnicamente. En la práctica, se pasaba las noches escribiendo obras de teatro, frecuentando círculos literarios y gastándose el dinero que le mandaba su padre en cualquier cosa menos en libros de leyes. Su padre se enteró, le cortó la asignación, y Verne empezó a pasar hambre. Literalmente. Comía mal, dormía peor y seguía escribiendo como si le fuera la vida en ello.

Porque le iba la vida en ello. Su cerebro había encontrado lo que quería y no había fuerza humana que lo desviara.

Eso, si tienes TDAH, te suena. Es el hiperfoco. Esa capacidad brutal de tu cerebro para engancharse a algo y no soltarlo ni debajo del agua. El problema es que el hiperfoco no elige cosas prácticas. Elige lo que le da la gana. Y en el caso de Verne, eligió escribir sobre mundos que todavía no existían.

¿Cómo se ven los posibles rasgos TDAH en Julio Verne?

Vamos a dejarlo claro: Julio Verne nació en 1828. Nadie le hizo un test. Nadie le diagnosticó nada. Estamos especulando basándonos en lo que sabemos de su vida y sus patrones de comportamiento. Dicho esto, los rasgos están ahí, y son bastante llamativos.

La producción descomunal. Verne escribió más de sesenta novelas en la serie "Viajes extraordinarios". Más obras de teatro, relatos cortos y ensayos. Escribía todos los días, de cinco de la mañana a mediodía, con una disciplina que parece contradecir el TDAH. Pero no lo hace. Porque muchas personas con TDAH funcionan exactamente así: o a cero o a mil. Y cuando encuentran su sistema, producen a una velocidad que el resto no entiende.

La obsesión por los datos. Verne no se inventaba la ciencia ficción de la nada. Se pasaba horas en bibliotecas devorando artículos científicos, revistas técnicas, mapas, tratados de ingeniería. Acumulaba fichas y notas como un poseso. Era un recolector compulsivo de información. Si eso no es un cerebro buscando dopamina a través del aprendizaje, no sé qué es.

Los cambios de proyecto. Aunque tenía su rutina, Verne saltaba entre géneros y temáticas sin pestañear. Un día escribía sobre un viaje al centro de la Tierra, al siguiente sobre un viaje a la Luna, después una vuelta al mundo en ochenta días. Su cabeza no se quedaba quieta en un solo lugar. Necesitaba variedad. Necesitaba novedad constante. Como otros escritores con cerebros que funcionan de forma diferente, la monotonía era su verdadero enemigo.

La inquietud física. Verne viajó todo lo que pudo. Se compró un barco (el Saint-Michel III) y navegó por el Mediterráneo, el Atlántico y el norte de Europa. No podía estarse quieto. Para alguien que escribía sobre viajes extraordinarios, tenía bastante sentido. Pero la necesidad de movimiento constante, de cambiar de escenario, de no echar raíces demasiado tiempo en un mismo sitio, es un patrón que cualquiera con TDAH reconoce al instante.

El cerebro que no podía quedarse en el presente

Hay algo fascinante en la forma en que Verne pensaba.

No le interesaba el mundo tal como era. Le interesaba el mundo tal como podría ser. Y eso es muy típico de un cerebro que no para de hacer conexiones entre cosas que aparentemente no tienen nada que ver.

Verne leía un artículo sobre electricidad, otro sobre navegación submarina, un tercero sobre la composición del aire, y su cerebro los mezclaba todos en un batido mental que acababa siendo "20.000 leguas de viaje submarino". Una novela que describía un submarino eléctrico décadas antes de que existiera uno funcional.

Es el mismo tipo de pensamiento divergente que ves en figuras como Benjamin Franklin. Cerebros que no siguen el camino recto. Que saltan entre ideas, hacen conexiones imposibles y de vez en cuando aterrizan en algo que el resto del mundo tarda cien años en entender.

No es que Verne fuera un visionario porque sí. Es que tenía un cerebro que no podía evitar conectar puntos que nadie más estaba conectando.

Lo que no vemos detrás de las novelas

Pero no todo eran aventuras y predicciones brillantes.

Verne tuvo una vida personal complicada. Su matrimonio con Honorine no fue precisamente un cuento de hadas. Pasaba más tiempo con sus manuscritos y su barco que con su familia. Su relación con su hijo Michel fue difícil durante años. Michel era rebelde, impulsivo, incapaz de seguir las normas. Curiosamente, muchos biógrafos señalan los mismos rasgos en él que en su padre.

Verne también sufrió episodios de lo que en su época llamaban "melancolía". Hoy lo llamaríamos depresión. Y en sus últimos años, cuando su salud se deterioró y ya no podía viajar, se volvió más aislado y sombrío. Como si un cerebro diseñado para no estar quieto se estuviera apagando al verse forzado a estarlo.

Eso es lo que la gente no ve cuando habla de "genios visionarios". El precio. Las noches de insomnio. La dificultad para conectar emocionalmente con los que tienes al lado porque tu cabeza siempre está en otro sitio. En otro siglo. En otro planeta.

Lo que Julio Verne nos enseña sin querer

Que un cerebro que no puede quedarse quieto no es un cerebro roto. Es un cerebro que necesita espacio para moverse. Literal y figuradamente.

Que la capacidad de ver lo que otros no ven no es magia. Es un cerebro haciendo conexiones a una velocidad que a veces asusta, a veces molesta, y de vez en cuando cambia el mundo.

Y que no necesitas un diagnóstico del siglo XIX para reconocer los patrones. Solo necesitas mirar con los ojos correctos.

Verne predijo submarinos, cohetes, helicópteros, videoconferencias, internet, viajes espaciales. No porque fuera un profeta. Sino porque tenía un cerebro que no sabía quedarse en el presente.

Y resulta que eso, a veces, es exactamente lo que el mundo necesita.

Si alguna vez te han dicho que piensas demasiado, que te dispersas, que tu cabeza va más rápido que el mundo, puede que no sea un problema. Puede que solo necesites entender cómo funciona tu cerebro.

Hacer el test de TDAH

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