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¿Tenía Theodore Roosevelt TDAH? El presidente que hacía todo a la vez

Roosevelt fue presidente, explorador, escritor, ranchero y boxeador. Todo a la vez. Su hiperactividad extrema y su impulsividad tienen nombre clínico.

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Theodore Roosevelt fue presidente de los Estados Unidos.

También fue explorador, escritor, ranchero, boxeador, cazador en África, coleccionista de fauna, naturalista aficionado, y el tipo que organizó la excavación del Canal de Panamá mientras hacía todas las demás cosas.

A la vez. No en distintas épocas de su vida. A la vez.

Cuando lees su biografía, hay un punto en que dejas de intentar seguirle el ritmo y simplemente te quedas mirando la pantalla con cara de "¿pero este tío dormía?". Porque sí dormía. Lo que pasa es que luego se levantaba a las seis y salía a boxear antes del desayuno.

Y eso que de niño era un crío enfermizo, con asma severa, que pasó sus primeros años encerrado en casa porque literalmente no podía respirar bien.

Lo que vino después fue una de las transformaciones más brutales de la historia de las personas con energía desbordante.

¿Qué rasgos de Roosevelt apuntan al TDAH?

Por donde quieras empezar, algo llama la atención.

La energía era sobrehumana. Sus colaboradores en la Casa Blanca lo describían como un torbellino. Entraba en una habitación y la habitación cambiaba. Tenía una presencia física y verbal que absorbía todo el oxígeno disponible. No porque quisiera dominar, sino porque su mente y su cuerpo simplemente iban a una velocidad distinta.

Luego está la hiperfoco extremo. Roosevelt leyó más de cien mil libros a lo largo de su vida. Leía uno o dos por día cuando no estaba en campaña. Tenía memoria fotográfica para los textos que le interesaban y podía citar párrafos enteros de libros que había leído veinte años antes. Pero ese mismo hombre olvidaba citas con personas, llegaba tarde a reuniones porque se le había ido la cabeza en otro asunto, y necesitaba a su equipo para gestionar la agenda porque él solo no podía seguirla.

La impulsividad también era legendaria. Roosevelt tomaba decisiones de política exterior en conversaciones informales, muchas veces sin consultar al Congreso ni a sus asesores. Mandaba cartas directas a líderes extranjeros sin avisar a nadie. Anunciaba iniciativas en discursos públicos que su propio gabinete escuchaba por primera vez en ese momento.

No era arrogancia. Era un cerebro que procesaba, decidía y actuaba antes de que el circuito de "espera y consulta" tuviera tiempo de cargarse.

Y después está el aburrimiento. Roosevelt necesitaba estímulo constante. Cuando llegó al rancho en Dakota del Norte, no fue de vacaciones. Construyó una operación ganadera real, persiguió ladrones de ganado armado, escribió varios libros y exploró kilómetros de terreno. Cuando estuvo en la Casa Blanca, además de gobernar organizaba partidos de judo, lucha libre y boxeo en los pasillos del ala oeste. Literalmente boxeaba con visitantes mientras tomaba decisiones de Estado.

Un hombre que necesita boxear entre reuniones presidenciales no es alguien que descansa bien sin estímulo.

¿Y el contexto histórico?

Aquí hay que ser honestos, como con Napoleón.

Roosevelt vivió en una época en que la energía desbordante era un activo político enorme. La imagen del líder activo, vigoroso, incansable, era lo que se esperaba de un hombre con ambiciones. El siglo XIX y principios del XX no penalizaban la impulsividad de la misma manera que lo haría una oficina moderna con doce reuniones semanales y un sistema de tickets de soporte.

También hay que considerar el trauma. Roosevelt perdió a su madre y a su primera esposa el mismo día, el 14 de febrero de 1884. Su respuesta fue irse al rancho, trabajar dieciséis horas al día y no volver a mencionar a su primera mujer en público jamás. Eso puede ser una forma de gestionar el duelo. También puede ser el patrón de alguien que no sabe cómo quedarse quieto con el dolor.

Y por encima de todo: Roosevelt era un hombre con recursos, rodeado de personas que gestionaban las partes del mundo que él no podía sostener. Lo que en alguien sin esos recursos habría sido un desastre organizativo, en él era "carácter excéntrico del presidente".

Eso pasa mucho con el TDAH y las personas con poder. Las mismas características que en un chaval de quince años generan un expediente académico desastroso, en alguien con dinero, red y estructura alrededor se llaman liderazgo carismático.

La impulsividad que casi lo destruye

Roosevelt tenía una costumbre que sus asesores odiaban: decir lo que pensaba exactamente en el momento en que lo pensaba.

En 1904, durante la campaña presidencial, prometió públicamente que no volvería a presentarse a la presidencia si ganaba. Lo dijo sin pensarlo, en el calor del momento, y después pasó el resto de su vida arrepintiéndose. Cuando en 1912 quiso volver a la presidencia, esa promesa irreflexiva lo persiguió.

La misma impulsividad que le daba credibilidad como alguien "directo y sin rodeos" era la que le cerraba puertas que él mismo había abierto sin querer.

Eso es algo que cualquiera con tendencia a la impulsividad reconoce: el momento en que abres la boca antes de que el freno llegue, y luego toca gestionar las consecuencias de lo que dijiste cuando ibas a máximas revoluciones.

Roosevelt era brillante. Pero también era alguien que necesitaba que alguien a su lado dijera "Theodore, espera dos minutos antes de enviar eso".

¿Se puede decir que tenía TDAH?

No. Murió en 1919 y el TDAH como concepto clínico ni existía entonces.

Lo que sí podemos decir es que su perfil encaja de manera llamativa con lo que hoy describe el TDAH combinado: la energía que no se apaga, el hiperfoco en lo que le interesa, la dificultad con las tareas rutinarias, la impulsividad verbal y decisional, la necesidad de estímulo constante para funcionar.

También encaja algo más difícil de ver desde fuera: la inseguridad profunda que se esconde debajo de toda esa actividad. Roosevelt fue un niño enfermizo que construyó toda su identidad alrededor de demostrar que podía. Cazaba leones en África para demostrar algo. Boxeaba en la Casa Blanca para demostrar algo. Había un motor interno que no venía solo de la ambición, sino de una necesidad de probar, constantemente, que valía.

Eso también es algo que el TDAH no inventa pero sí amplifica. La necesidad de más, de demostrar, de no parar nunca, a veces viene de un lugar más hondo que la simple energía.

¿Qué nos lleva Roosevelt?

Que el TDAH, o algo que se le parece mucho, no es incompatible con nada.

Con la presidencia, no. Con escribir libros, no. Con explorar selvas y criar ganado y levantar el Canal de Panamá, tampoco. Roosevelt lo hizo todo desde un cerebro que iba a una velocidad que el mundo a su alrededor no siempre podía seguir.

Pero también hay otra cara: Roosevelt no descansaba, Roosevelt no procesaba las pérdidas, Roosevelt actuaba antes de pensar y luego cargaba con las consecuencias. Tenía el apoyo de un sistema y una época que le permitían funcionar así sin hundirse.

No todo el mundo tiene ese sistema.

La versión más útil de esta historia no es "mira lo que hizo alguien con un cerebro como el tuyo". Es que entender cómo funciona tu cabeza te permite aprovechar lo bueno y poner freno a lo que te puede costar caro.

Roosevelt nunca tuvo ese mapa. Funcionó de milagro, con la energía a tope y los dientes apretados.

Tú puedes hacerlo con más información.

Si tu cabeza va a mil y no sabes exactamente qué tipo de mil es ese, el primer paso es entenderlo.

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