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La rebeldía de Mark Twain: humor, fracasos e impulsividad

Mark Twain tenía un humor ácido, invirtió en inventos desastrosos y fracasó en casi todo menos en escribir. Su impulsividad tiene un patrón reconocible.

tdahfamosos

Mark Twain se arruinó tres veces.

No una. Tres.

Invirtió una fortuna en una máquina tipográfica que iba a revolucionar la imprenta. No lo hizo. Metió dinero en otros inventos que tampoco funcionaron. Tuvo que irse de gira de conferencias por todo el mundo con sesenta años para pagar sus deudas. A una edad a la que mucha gente piensa en jubilarse, Twain estaba viajando de ciudad en ciudad contando historias para cuadrar las cuentas.

Y aun así, el tío nunca dejó de tener ideas nuevas. Nunca dejó de meterse en proyectos. Nunca aprendió a decir "espera, primero calcula si esto tiene sentido".

Hay un patrón ahí. Un patrón bastante reconocible.

¿Por qué alguien tan listo tomaba decisiones tan impulsivas?

Mark Twain no era tonto. Eso está claro.

Era el tipo que escribió Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn. Un escritor que todavía hoy se estudia en colegios de todo el mundo más de cien años después de su muerte. Un hombre con una capacidad de observación brutal, un sentido del humor afilado como un bisturí y una memoria para los detalles que te deja con la boca abierta.

Pero ese mismo hombre invertía en inventos sin investigarlos. Se lanzaba a negocios sin calcular los riesgos. Tomaba decisiones financieras que, en papel, parecían buenas ideas y en la práctica eran un desastre detrás de otro.

Eso no es falta de inteligencia.

Eso es impulsividad. La auténtica. La que actúa antes de que el cerebro tenga tiempo de procesar todas las consecuencias. La que ve una oportunidad y ya está firmando antes de haber terminado de leer el contrato.

No hay ningún diagnóstico oficial de Twain, claro. Murió en 1910. El TDAH como concepto ni existía. Pero el perfil, visto desde hoy, es lo que es.

¿Cómo se veía su impulsividad en el día a día?

La máquina tipográfica Paige es el ejemplo más famoso.

Twain se obsesionó con ella. La idea era buena en teoría: una máquina que podía componer texto de forma automática, lo que revolucionaría la imprenta. Twain metió lo equivalente a varios millones de euros actuales durante años. Visitaba el taller constantemente. Seguía el proyecto con una atención casi enfermiza.

Y todo se hundió.

La máquina era demasiado compleja, demasiado cara de fabricar y demasiado lenta para funcionar bien comercialmente. Mientras Twain invertía en ella, Mergenthaler estaba perfeccionando la linotipia, que era más simple, más barata y más fiable. La historia la recordamos porque uno funcionó y el otro no.

Pero lo interesante no es que Twain se equivocara. Es que se equivocó de una forma muy específica: hiperfocando en algo que le emocionaba, ignorando las señales de alarma, incapaz de soltar aunque los números no cuadraran.

Ese patrón de "me engancho a algo, lo veo clarísimo, no escucho a nadie y tiro hasta que revienta" tiene un nombre hoy. En 1880 solo tenía consecuencias.

El humor como mecanismo de supervivencia

Aquí está la otra cara de la moneda.

Twain era brillante socialmente. Su humor no era solo gracioso, era inteligente de una forma que pocas personas consiguen. Usaba la ironía para decir cosas que de otra manera serían demasiado incómodas. Se reía de los políticos, de los ricos, de la hipocresía de la sociedad americana, de la guerra, de la religión organizada.

Y se reía de sí mismo.

Eso es importante. La autocrítica real, la que no busca compasión sino que genuinamente encuentra la situación absurda, suele venir de cerebros que procesan el mundo de forma diferente. Que ven las contradicciones antes que los demás. Que notan lo ridículo de las situaciones cuando el resto todavía está intentando seguir el protocolo.

Muchos de los rasgos que hoy asociamos con el TDAH, la velocidad mental, los saltos de un tema a otro, la capacidad de ver conexiones inesperadas, son los mismos que generan ese tipo de humor. No es casualidad que tantos cómicos y escritores con ese perfil tengan también una vida personal bastante caótica.

Twain no era la excepción. Era el patrón.

¿Y la escritura? ¿Cómo cuadraba todo eso?

Aquí viene la parte que siempre me parece más interesante.

Twain era un genio literario con una vida hecha un desastre. Pero cuando escribía, escribía. Huckleberry Finn tiene una voz narrativa que parece improvisada pero está construida con una precisión tremenda. Los personajes de Tom Sawyer tienen una psicología real que hoy sigue funcionando.

Eso es hiperfoco.

La misma energía que le metía en inventos ruinosos, cuando apuntaba a la escritura, producía obras que duran siglos. El cerebro no distingue entre "buena idea" y "mala idea". Solo distingue entre "me engancha" y "no me engancha". Y cuando algo le engancha, le da todo. Sin filtros. Sin límites. Sin mirar el reloj.

El problema no era que Twain no pudiera concentrarse.

El problema era que su concentración era un cañón y no siempre apuntaba en la dirección correcta.

La vida caótica como contexto, no como excusa

Es importante aclarar algo.

Que Twain tuviera rasgos que hoy asociamos con el TDAH no explica sus obras. No las reduce a "tuvo TDAH, por eso fue genial". Eso sería una simplificación absurda.

Lo que sí hace es dar contexto.

Porque entender cómo funciona un cerebro así cambia cómo interpretas la historia. No ves a un hombre brillante que también era irresponsable con el dinero. Ves a alguien cuyo cerebro funcionaba de una manera específica: con picos de genialidad brutales en las áreas que le encendían, y con una incapacidad casi estructural para gestionar lo que no le activaba emocionalmente.

Las obras de arte creadas por cerebros dispersos tienen eso en común. No salieron a pesar del caos. Salieron junto a él.

Y lo mismo pasa con la impulsividad en figuras como Branson, que también invirtió en proyectos que la gente a su alrededor consideraba disparatados. La diferencia entre Branson y Twain es que a Branson le salieron más.

Pero el motor era parecido.

¿Qué hace que algunos fracasen y otros no?

Disney también fracasó

No hay una fórmula.

Lo que hay son cerebros que funcionan de una manera determinada y entornos que o amplifican eso o lo destruyen. Twain vivió en una época en la que nadie entendía cómo funcionaba su cabeza, él incluido. No tuvo ni diagnóstico, ni herramientas, ni estrategias para gestionar la impulsividad.

Tenía talento a raudales. Y una cabeza que le empujaba a meterse en todo sin filtrar.

El resultado es una obra literaria que dura para siempre y tres quiebras.

Las dos cosas son ciertas. Las dos forman parte del mismo cerebro.

Hoy tenemos algo que Twain no tuvo: la posibilidad de saber cómo funciona nuestra cabeza. De ponerle nombre a lo que nos pasa. De entender por qué nos cuesta tanto lo que a otros parece fácil, y por qué somos capaces de cosas que a otros les parecen imposibles.

Eso no lo cambia todo. Pero cambia bastante.

Si te reconoces en algo de todo esto, en la impulsividad, en el hiperfoco, en la vida caótica junto a momentos de genialidad, puede que valga la pena explorar cómo funciona tu cerebro.

Hacer el test de TDAH

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