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5 canciones que no existirían sin un cerebro TDAH

Imagine, Smells Like Teen Spirit, Bohemian Rhapsody. Las canciones más icónicas las escribieron cerebros que no funcionaban como se esperaba.

tdahfamosos

Hay una cosa que nunca pienso cuando escucho una canción grande de verdad.

Qué le estaba pasando por dentro al tío que la escribió.

No en plan poético. En plan clínico. Porque si miras las biografías de los músicos más importantes de la historia, el patrón que aparece no es técnica, ni disciplina, ni años de conservatorio. Es hiperfoco extremo, emociones que no caben en el cuerpo, y una relación con la música que el resto del mundo consideraba obsesiva o directamente incomprensible.

Cinco canciones que lo demuestran.

¿Y si las canciones más grandes las escribieron los cerebros más desordenados?

El disclaimer de siempre: no voy a decirte que el TDAH es un superpoder. Tengo suficientes tardes en las que no puedo ni abrir el portátil como para romantizarlo así. Pero sí hay algo que los cerebros que funcionan de esta manera hacen diferente: la intensidad. La obsesión. La incapacidad de hacer algo a medias cuando algo les engancha de verdad.

Y resulta que eso, en música, produce cosas que duran cien años.

Imagine: la canción que John Lennon escribió en veinte minutos

John Lennon escribió Imagine en 1971. Veinte minutos, dicen algunos. Otros dicen que fluyó en una mañana.

Lo que no se suele contar es el contexto. Lennon tenía una relación con la concentración que era todo o nada. Cuando algo le enganchaba, desaparecía del mundo. Cuando no le enganchaba, era incapaz de centrarse en absolutamente nada. Sus profesores lo describían como brillante pero imposible. Nunca terminaba lo que empezaba a menos que lo hubiera decidido él.

La historia de los Beatles está llena de esa dinámica: sesiones de grabación que se alargaban hasta las cuatro de la mañana porque Lennon había entrado en un estado en el que no podía parar, y días enteros en los que no aparecía o aparecía sin haber dormido y sin poder hacer nada útil.

Imagine no salió de la disciplina. Salió de un cerebro que, cuando encontró la idea correcta, no tuvo otra opción que escribirla de una vez y sin parar.

Hay bastante evidencia de que Lennon tenía un perfil cognitivo muy específico

Smells Like Teen Spirit: la rabia que Kurt Cobain no podía procesar de otra forma

Cobain describió Smells Like Teen Spirit como el intento de escribir "la canción pop definitiva". La escribió en un rato, casi de golpe, después de años de frustración y de sentirse completamente desconectado del mundo que le rodeaba.

Lo que se sabe de Cobain apunta a algo bastante claro. Dificultades de atención desde pequeño. Hiperactividad que sus padres no sabían cómo gestionar. Un diagnóstico de TDAH en la infancia que terminó con una receta de Ritalin que dejó de tomar. Incapacidad de conectar con la gente de forma normal pero una intensidad emocional que le desbordaba constantemente.

Esa intensidad emocional es lo que se escucha en la canción. No es una elección estilística. Es lo que había dentro y no tenía otro sitio donde ir.

Los cerebros con TDAH no es que sientan más que los demás. Es que no tienen los mismos filtros para amortiguar lo que sienten. Y Cobain convirtió eso en una de las canciones más importantes de los noventa.

Bohemian Rhapsody: seis minutos que nadie entendía y Freddie Mercury no podía explicar

Cuando Freddie Mercury presentó Bohemian Rhapsody a su discográfica, nadie supo qué hacer con ella. Seis minutos. Sin estribillo reconocible. Ópera en medio de rock. Sin estructura que tuviera sentido para nadie.

Mercury no podía explicar de dónde había salido. Decía que llegó "como en una visión". Que simplemente sabía que tenía que ser así.

La vida de Mercury era exactamente eso multiplicado por mil. Una energía que no sabía dónde meterse, una necesidad de estímulo constante, una incapacidad de quedarse quieto que le llevaba a organizar fiestas de cuatro días seguidos cuando no estaba de gira. Sus relaciones personales eran caóticas. Sus hábitos de trabajo eran erráticos. Pero cuando entraba en el estudio y algo le enganchaba de verdad, la concentración que lograba era de otro nivel.

Bohemian Rhapsody no es una canción que se escribe con método. Es una canción que se escribe cuando el cerebro decide que sabe exactamente lo que tiene que hacer y no acepta ningún otro argumento.

El Réquiem de Mozart: cuarenta piezas a la vez, ninguna terminada

Mozart compuso más de seiscientas obras antes de morir a los 35 años. Seiscientas. En tres décadas de vida.

Cuando le encargaron el Réquiem en 1791, tenía cuarenta piezas entre manos. No lo terminó. Murió antes. Y sin embargo el Réquiem, incluso incompleto, es una de las obras más importantes de la historia de la música.

Lo que se sabe de Mozart es que tenía una dificultad muy evidente para gestionar su atención en contextos sociales normales. Era incapaz de estar en una habitación sin moverse, sin hacer ruidos, sin interrumpir. Sus cartas están llenas de asociaciones de ideas que van en todas las direcciones. Pero cuando componía, cuando algo le atrapaba de verdad, el hiperfoco era total.

No terminaba las cosas. Saltaba de proyecto en proyecto. Empezaba cuarenta cosas a la vez. Y aun así, lo que producía cuando el cerebro se ponía en marcha era de una complejidad que dejaba a sus contemporáneos sin palabras.

El patrón de Mozart tiene mucho en común con lo que vemos hoy en cerebros con TDAH

La Novena Sinfonía: Beethoven compuso sordo porque no podía parar

Beethoven empezó a perder la audición a los 26 años. A los 44 era completamente sordo.

Compuso la Novena Sinfonía siendo completamente sordo.

Usaba bastones de madera apoyados en el piano para sentir las vibraciones. Cuando se estrenó, él dirigía la orquesta sin escuchar nada. Alguien tuvo que girarle físicamente para que viera al público aplaudir, porque él no lo había oído.

La explicación oficial es dedicación y genialidad. La explicación más honesta es que su cerebro había decidido que la música era lo más importante del mundo y había apagado todo lo demás. Incluyendo la posibilidad de rendirse cuando perdió los oídos.

Ese es el hiperfoco. No es motivación. No es fuerza de voluntad. Es un cerebro que, cuando agarra algo de verdad, no tiene mecanismo de soltar. Para la mayoría de la gente eso es un problema en la vida cotidiana. Para Beethoven fue lo que le permitió componer su obra más grande sin poder escucharla.

La conexión entre Beethoven y el hiperfoco

Lo que tienen en común estas cinco canciones

Lennon no podía parar cuando la idea llegó.

Cobain no podía procesar lo que sentía de otra forma.

Mercury no podía aceptar una estructura que tuviera sentido para el resto.

Mozart no podía terminar las cosas pero tampoco podía dejar de empezarlas.

Beethoven no podía rendirse aunque su cuerpo le dijera que era imposible seguir.

Ninguno funcionaba como se esperaba. Todos tenían una relación con su trabajo que el mundo consideraba excesiva o incomprensible. Y esa relación es exactamente lo que produjo las canciones que seguimos escuchando cien años después.

No te estoy diciendo que si tienes TDAH vas a escribir Bohemian Rhapsody. Te estoy diciendo que el mismo cableado que hace que no puedas soltar una idea cuando te engancha, que hace que tus emociones sean más intensas de lo que el mundo espera, que hace que hagas cuarenta cosas a la vez y aun así a veces consigas algo extraordinario... ese cableado tiene una historia larga.

No es un defecto de fábrica.

Es el mismo cableado que usaron algunos de los músicos más importantes que ha dado la humanidad.

El problema no es cómo funciona tu cabeza.

Es que nadie te ha explicado cómo entenderla.

Si quieres entender mejor cómo funciona tu cerebro, he preparado un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas reales. No es un diagnóstico, pero es el mejor punto de partida que conozco.

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