Einstein vs Edison: dos cerebros dispersos, dos formas de crear
Einstein hiperfocaba durante años en un solo problema. Edison probaba mil cosas a la vez. Ambos cerebros dispersos, pero opuestos.
Si te digo "genio", probablemente pienses en Einstein garabateando ecuaciones en una pizarra o en Edison rodeado de bombillas.
Dos cerebros que cambiaron el mundo. Dos personas que fracasaron en la escuela. Y dos formas completamente opuestas de funcionar que, curiosamente, encajan con lo que hoy llamamos TDAH.
Lo interesante no es que los dos fueran brillantes. Lo interesante es que lo fueron de maneras que no pueden ser más diferentes. Y eso dice mucho sobre cómo funciona un cerebro disperso.
¿Se puede ser genio y no aguantar una clase?
Einstein fue un alumno mediocre. No por falta de inteligencia, evidentemente, sino porque la estructura académica le resultaba insoportable. Las clases le aburrían. Los profesores le desesperaban. Y él se dedicaba a pensar en lo que le daba la gana mientras el resto del mundo intentaba que prestara atención.
Suena familiar, ¿verdad?
Edison fue aún más directo. Su profesor dijo que era "demasiado estúpido para aprender nada". Su madre lo sacó del colegio y lo educó en casa. Fin de su carrera académica formal. Tenía siete años.
Dos genios. Dos fracasos escolares. Y una pregunta que nadie se hizo en su momento: ¿y si el problema no eran ellos?
El hiperfoco contra la hiperactividad
Aquí es donde la cosa se pone interesante.
Einstein trabajaba solo. Un problema. Años. Décadas si hacía falta. Se encerraba en su cabeza y hacía experimentos mentales. Imaginaba que cabalgaba un rayo de luz para entender la relatividad. No necesitaba un laboratorio. Necesitaba silencio y un problema lo bastante grande como para que su cerebro no quisiera soltarlo.
Publicó pocos papers. Pero los que publicó cambiaron la física para siempre.
Su fortaleza era la profundidad. Un agujero negro de concentración del que no salía hasta que el problema estaba resuelto. El hiperfoco en estado puro.
Edison era lo contrario.
Trabajaba rodeado de gente. Tenía un laboratorio en Menlo Park con decenas de asistentes. Saltaba de proyecto en proyecto como si la vida fuera un buffet libre de inventos. Probó más de 6.000 materiales para encontrar el filamento de la bombilla. Seis mil. Acumuló 1.093 patentes a lo largo de su vida.
Su lema lo dice todo: "El genio es un 1% de inspiración y un 99% de transpiración".
Su fortaleza era el volumen. La persistencia bruta. La capacidad de probar, fallar, probar otra vez, fallar mejor, y seguir probando hasta que algo funcionaba. Como un pinball humano rebotando entre ideas hasta que una hacía diana.
¿Por qué importa que fueran tan diferentes?
Porque desmonta el mito de que hay una sola forma de tener un cerebro disperso.
Hay gente que se identifica con Einstein. El que desaparece del mundo cuando algo le atrapa. El que puede pasar ocho horas seguidas con un problema y olvidarse de comer, de dormir y de que existe un universo fuera de su pantalla. El que tiene tres pestañas abiertas en el navegador, pero las tres son del mismo tema.
Y hay gente que se identifica con Edison. El que tiene cuarenta y siete proyectos abiertos. El que empieza a pintar una pared, para a mitad porque se le ha ocurrido una idea, abre el portátil, se pone a investigar, y tres horas después está comprando material para un proyecto que no existía por la mañana. El que no para. Nunca.
Ninguno de los dos es más válido que el otro. Son dos formas en las que el cerebro busca dopamina: uno la encuentra profundizando, el otro la encuentra explorando.
Y lo fascinante es que ambos funcionan. Pero solo si sabes cuál es la tuya.
El error de intentar ser el que no eres
Imagina a Einstein obligado a trabajar como Edison. Saltando de proyecto en proyecto, con un equipo de veinte personas pidiéndole decisiones cada cinco minutos, gestionando mil cosas a la vez. Se habría vuelto loco. Y la relatividad no existiría.
Ahora imagina a Edison trabajando como Einstein. Solo. En silencio. Con un único problema. Sin poder tocar nada, solo pensar. Se habría muerto de aburrimiento antes de la hora de comer.
Y sin embargo, eso es exactamente lo que hacemos con el TDAH sin diagnosticar. Intentamos encajar en un modelo que no es el nuestro. Nos decimos "debería ser más organizado" cuando nuestro cerebro funciona con caos creativo. O nos decimos "debería abarcar más cosas" cuando nuestro cerebro necesita un solo objetivo profundo.
Es como ponerle a un pez un examen de trepar árboles. No va a suspender porque sea tonto. Va a suspender porque es un pez.
La diferencia entre Einstein y Edison no era talento. Era que cada uno encontró la forma de trabajar que encajaba con su cerebro. Einstein necesitaba profundidad. Edison necesitaba volumen. Y ambos dejaron de luchar contra cómo funcionaban para empezar a usarlo a su favor.
¿Y tú? ¿Einstein o Edison?
Esa es la pregunta que vale la pena hacerse. No "¿soy genio?" sino "¿cómo funciona mi cerebro cuando nadie me obliga a funcionar de otra manera?"
¿Desapareces del mundo cuando algo te atrapa? ¿O necesitas estar en movimiento constante, probando, tocando, cambiando?
¿Tu zona de genialidad está en la profundidad o en la velocidad?
Ninguna respuesta es mejor. Pero conocer la tuya lo cambia todo. Porque cuando dejas de pelearte con tu propio cerebro, resulta que ese cerebro que creías defectuoso es capaz de cosas que el resto ni se imagina.
Einstein no era disciplinado. Edison no era metódico. Ninguno de los dos funcionaba "como se supone que hay que funcionar". Y precisamente por eso cambiaron el mundo.
A lo mejor tu cerebro tampoco funciona como se supone. A lo mejor eso no es un fallo. A lo mejor es tu mejor herramienta.
Solo necesitas saber cómo usarla.
Si te has visto en alguno de los dos (o en una mezcla rara de ambos), quizá valga la pena entender un poco mejor cómo funciona tu cabeza.
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