Tengo alarmas para todo y las ignoro todas
Alarma para levantarte, para la reunión, para comer, para salir. Y las silencias todas sin pensar. No es rebeldía. Es tu cerebro.
Mi móvil tiene 23 alarmas.
Veintitrés. Las conté una vez por curiosidad y me dio un poco de vergüenza. Alarma para levantarme. Alarma para desayunar. Alarma para empezar a trabajar. Alarma para la reunión de las once. Alarma quince minutos antes de la reunión de las once. Alarma para comer. Alarma para volver al trabajo después de comer. Alarma para dejar de trabajar. Alarma para cenar. Y un montón más que ya ni recuerdo para qué las puse.
Y las ignoro todas.
Bueno, no todas. La primera alarma de la mañana la escucho. Y la pospongo. Y escucho la segunda. Y la pospongo. Y escucho la tercera. Y entonces me levanto de golpe porque la cuarta ya es la de "llegas tarde seguro". Pero las del resto del día, las silencio como quien espanta una mosca. Sin pensar. Sin procesar. Suena la alarma, deslizo el dedo, y sigo con lo que estaba haciendo.
Y diez minutos después miro el reloj y pienso: "Espera, ¿no tenía algo a las once?"
¿Por qué pones alarmas que luego ignoras?
Porque cuando las pones, crees de verdad que te van a funcionar. Cada alarma es una promesa. "Esta vez sí que la hago caso." Y en el momento de ponerla, esa promesa es sincera. No estás mintiendo. Realmente piensas que cuando suene, vas a parar lo que estás haciendo y vas a hacer lo que toca.
Pero tu cerebro no funciona así.
Cuando suena la alarma, tu cerebro está metido en otra cosa. Puede ser trabajo, puede ser el móvil, puede ser un pensamiento que te ha atrapado. Y cambiar de actividad - parar lo que estás haciendo y hacer otra cosa - es como pedirle a un tren que frene en seco. No puede. Necesita distancia de frenado. Y la alarma no le da distancia. Le da un pitido de un segundo.
Un pitido de un segundo contra toda la inercia de lo que estabas haciendo. ¿Quién gana? Gana la inercia. Siempre. El pitido pierde y la inercia sigue. Y tú ni te enteras de que has descartado la alarma porque fue un acto automático, no una decisión consciente.
¿Cómo es posible que no funcione algo tan simple?
A ver, esto es lo que más frustra. Las alarmas funcionan para todo el mundo. ¿No? El despertador suena y la gente se levanta. La alarma de la reunión suena y la gente va a la reunión. Es un sistema tan básico que parece imposible que falle.
Pero falla porque parte de una premisa incorrecta: que cuando suena la alarma, tu cerebro va a interrumpir lo que está haciendo y va a atender la alarma. Y eso requiere una capacidad de cambio de tarea que no todos los cerebros tienen por defecto.
Es como eso de decir cinco minutos y tardar cuarenta. Tu cerebro no tiene la misma percepción del tiempo ni la misma capacidad de transición. Y la alarma, que para otro cerebro es una señal clara de "para y haz esto", para el tuyo es un ruido más en un mar de estímulos.
No es que la ignores a propósito. Es que tu cerebro la procesa a un nivel tan superficial que ni siquiera registra que la has silenciado.
Lo que a mí me ha funcionado (más o menos)
Primer cambio: cambié los tonos. Todas mis alarmas sonaban igual. El mismo pitido para levantarme y para la reunión. Mi cerebro las trataba todas como "eso que suena y que silencio". Ahora, cada alarma tiene un tono distinto. La del trabajo es una. La de salir de casa es otra. La del descanso, otra. Mi cerebro empieza a asociar tonos con acciones. No es perfecto, pero es mejor que el pitido universal.
Segundo cambio: las puse con nombre. En vez de "Alarma - 11:00", pongo "REUNIÓN CON MARCOS. LEVÁNTATE DE LA SILLA." Cuando silencio una alarma sin nombre, no registro nada. Cuando silencio una que dice "LEVÁNTATE DE LA SILLA" en mayúsculas, algo se queda en mi cabeza.
Tercer cambio: el vibrador del reloj. Porque el móvil lo ignoro con una facilidad asombrosa. Pero el reloj, que me vibra en la muñeca, es más difícil de ignorar. Es físico. Está en mi cuerpo. No puedo deslizarlo con el dedo sin mirar.
¿Funciona siempre? No. Sigo llegando tarde a cosas. Sigo silenciando alarmas. Pero llego tarde menos veces. Y eso cuenta.
¿Y si el problema no son las alarmas?
Aquí está la clave. Si pones alarmas para todo y las ignoras todas, el problema no son las alarmas. Las alarmas son un parche para un sistema que no funciona.
El sistema que no funciona es tu gestión del tiempo, tu cambio de tarea, tu capacidad de transición. Y eso no se arregla con más alarmas. Puedes poner 50 y seguirás ignorándolas todas.
Si esto te suena - si sientes que tu cerebro funciona de una forma que hace que todo te cueste más - quizá merece la pena entender por qué. No para excusarte. Para dejar de luchar contra ti mismo y empezar a buscar herramientas que funcionen para tu tipo de cerebro.
Un profesional te puede dar esa perspectiva. De verdad. Sin drama.
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