TDAH y la necesidad de tenerlo todo controlado: el falso perfeccionismo
No es perfeccionismo real. Es miedo al caos. Tu cerebro con TDAH necesita controlarlo todo porque sabe que en cualquier momento se le escapa. Así funciona.
Revisas el email tres veces antes de enviarlo.
Lees el mensaje de WhatsApp cuatro veces antes de darle a enviar. Compruebas que has cerrado la puerta con llave. Dos veces. Vuelves a comprobar. Miras la agenda del día por séptima vez aunque la tienes memorizada. Repasas la lista de la compra en el coche, en la tienda y otra vez en la caja.
Desde fuera, pareces una persona organizada. Meticulosa. Perfeccionista.
Desde dentro, estás aterrorizado.
Lo que parece perfeccionismo y es puro miedo
El perfeccionismo clásico - el de verdad - viene de querer que las cosas queden bien. Del orgullo por el trabajo, de los estándares altos, de la autoexigencia sana (o menos sana, según el grado).
El "perfeccionismo" del TDAH no viene de ahí. Viene del historial.
Tu cerebro ha olvidado cosas importantes tantas veces que ahora sobrecompensa. Has dejado el fuego encendido. Te has olvidado de recoger a alguien. Has enviado un email con un error que te costó una discusión. Has perdido documentos, llaves, oportunidades.
Y después de años de errores, tu cerebro ha desarrollado un sistema de verificación obsesivo. No porque quieras que todo sea perfecto. Porque necesitas que nada se rompa.
Es perfeccionismo laboral con TDAH en versión expandida. Se sale del trabajo y se mete en todo: en la casa, en las relaciones, en las decisiones más insignificantes.
El coste energético de vigilar todo
Imagínate que eres el vigilante de un museo con 200 salas y una sola pantalla de seguridad.
No puedes ver todas las salas a la vez. Así que alternas: miras la sala 1, la sala 7, la sala 43, vuelves a la 1 porque ya no recuerdas si estaba todo bien, saltas a la 89...
Eso es tu cerebro todo el día. Monitorizando cosas que la mayoría de la gente ni piensa. ¿Apagué la placa? ¿Envié el archivo correcto? ¿Dije algo raro en esa conversación? ¿Tengo cita mañana o pasado?
Y ese monitoreo constante consume una cantidad absurda de energía mental. Llegas a las 7 de la tarde hecho polvo sin haber hecho nada especialmente difícil. Solo has estado vigilando. Todo el día.
Es la misma razón por la que el agotamiento de fingir normalidad te deja sin batería. No es lo que haces. Es lo que gastas en asegurarte de que no la cagas.
"Si no lo controlo yo, nadie lo controla"
Hay una creencia que se instala sin que te des cuenta: "si yo no estoy encima de esto, se va a ir al carajo".
Y a veces es verdad. Tu cerebro con TDAH te ha demostrado 847 veces que cuando bajas la guardia, las cosas se olvidan, se pierden, se complican. Así que la conclusión lógica es: no bajes la guardia nunca.
El problema es que eso no es sostenible. Nadie puede estar en modo alerta permanente sin romperse. Y el día que te rompes - porque te rompes - todo lo que estabas sosteniendo con vigilancia se cae a la vez.
Es un castillo de naipes. Mientras lo vigilas, se mantiene. Pero no puedes vigilarlo y vivir tu vida al mismo tiempo.
La diferencia entre estructura y control
Aquí hay un matiz importante.
Tener estructura es bueno. Tener sistemas, rutinas, recordatorios, listas. Eso funciona. Eso es exactamente lo que necesita un cerebro con TDAH: apoyos externos que compensen lo que el cerebro no hace solo.
El problema empieza cuando la estructura se convierte en control. Cuando no es "tengo una lista para no olvidarme" sino "reviso la lista 9 veces porque si no, algo va a salir mal". Cuando no es "tengo un horario" sino "si me salgo del horario 15 minutos, entro en pánico".
La estructura te libera. El control te atrapa.
Y con TDAH es muy fácil pasar de una a otra sin darte cuenta. Porque la línea es fina y tu cerebro, que vive en un estado de desregulación permanente, siempre empuja hacia el extremo.
Lo que pasa cuando sueltas (un poco)
No te voy a decir "suelta el control" como si fuera un mantra de yoga. Tu cerebro tiene razones reales para vigilar. No son irracionales. Son adaptativas.
Pero sí puedes hacer una cosa: elegir qué controlar y qué soltar.
No puedes controlar todo. Es físicamente imposible. Así que la pregunta no es "¿cómo controlo mejor?" sino "¿qué merece mi energía de control y qué no?".
El email del trabajo: vale, revísalo. La puerta de casa: un check, no tres. El mensaje de WhatsApp a tu colega: envía el primero que escribas. La lista de la compra: si se te olvida algo, vuelves mañana. No se muere nadie.
Parece una tontería, pero liberar un 20% de tu vigilancia diaria puede devolverte una cantidad de energía que no sabías que existía.
El perfeccionismo real estaba escondiendo otra cosa
Debajo de la necesidad de control hay algo que pocas veces miramos de frente.
Miedo. Miedo a que te pillen. Miedo a que se note que tu cerebro no funciona como el de los demás. Miedo a que ese error que cometas sea la prueba definitiva de que eres un desastre como persona.
No controlas porque seas perfeccionista. Controlas porque tienes miedo de lo que pasa cuando dejas de controlar.
Y ese miedo tiene sentido. Pero también tiene una solución que no es "más control". Es aceptar que los errores van a pasar, que tu cerebro va a olvidar cosas, que de vez en cuando la vas a cagar, y que eso no te define. Es aceptar que te cuesta más que a los demás y que eso no te hace peor.
Te define cómo sigues adelante después. No cuántas veces revisaste el email.
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Si te has sentido identificado con revisar, comprobar y controlarlo todo hasta el agotamiento, puede que no sea perfeccionismo. Puede que sea tu cerebro. Hice un test de TDAH con 43 preguntas para ayudarte a entenderlo. 10 minutos. Solo hay que hacerlo una vez, no tres.
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