Ser cocinero con TDAH: el caos del servicio es tu hiperfoco y tu infierno
La cocina profesional es puro estímulo. Para un cerebro con TDAH, el servicio es adrenalina pura. El problema viene cuando se apagan los fuegos.
La comanda dice: dos de lubina, un solomillo al punto y una ensalada sin cebolla. Tu cerebro ha retenido "lubina" y "algo de carne". El resto es fe.
Y lo peor es que te va a salir bien. Porque llevas tres horas de servicio, tienes seis sartenes al fuego, el jefe de sala gritando por el pase, y tu cerebro está en un estado que solo puedes describir como "modo guerra". Concentración absoluta. Manos moviéndose antes de pensar. Todo fluye.
Hasta que el servicio termina.
Y entonces te quedas mirando la partida como si acabaras de despertar de un trance. No sabes dónde has dejado el mandil. No recuerdas si has limpiado la plancha. Y de repente te pesa el cuerpo como si llevaras tres días sin dormir.
Bienvenido a ser cocinero con TDAH.
¿Por qué un cocinero con TDAH rinde en el servicio pero se hunde después?
Porque la cocina profesional durante el servicio es la fábrica de dopamina perfecta.
Piénsalo. Estímulos constantes. Urgencia real. Consecuencias inmediatas. Si te despistas, la salsa se quema. Si no emplatas rápido, el jefe de cocina te come vivo. Cada segundo importa. Cada movimiento tiene feedback instantáneo.
Para un cerebro con TDAH, eso es el paraíso.
No necesitas fuerza de voluntad para concentrarte. No necesitas listas, ni alarmas, ni técnicas de productividad. Tu entorno hace el trabajo por ti. La presión del servicio activa el hiperfoco de forma natural, como si alguien hubiera enchufado tu cerebro directamente a la red eléctrica.
El problema es que eso no dura.
Cuando los fogones se apagan y llega el momento de limpiar la partida, inventariar, cerrar el turno, rellenar fichas de alérgenos... tu cerebro se queda sin gasolina. Se acabó la urgencia. Se acabó el estímulo. Y ahora tienes que hacer tareas repetitivas, aburridas, sin deadline inmediato.
Es como pasar de una montaña rusa a una cola del banco. Mismo cerebro, dos universos.
La cocina te enseña a improvisar. El TDAH también.
Hay algo que se cuenta poco: muchos cocineros con TDAH son bestias improvisando. Se les cae el plato a falta de treinta segundos para el pase y sacan otro de la nada. Se les olvida un ingrediente y lo sustituyen por algo que funciona mejor que el original. El caos no les paraliza. Les activa.
Eso no es casualidad. Los errores por descuido en el trabajo son pan de cada día para un cerebro con TDAH. Pero en una cocina profesional, donde el error es constante y la velocidad de reacción lo compensa todo, esa habilidad se convierte en ventaja competitiva.
Fuera de la cocina, olvidarte de algo es un problema. Dentro, es un martes cualquiera. Y todo el mundo olvida cosas. La diferencia es que tú ya tienes práctica resolviendo desastres en tiempo real.
Lo que nadie te dice del mise en place
El mise en place es la biblia de cualquier cocina. Todo preparado, todo en su sitio, todo medido antes de que empiece el servicio. Y tiene sentido. Es pura lógica.
Pero para un cerebro con TDAH, el mise en place es un campo de minas.
No porque no entiendas el concepto. Lo entiendes perfectamente. Sabes que deberías tener las guarniciones listas, los fondos reducidos, las proteínas porcionadas. El problema es que hacerlo requiere exactamente lo que peor se te da: planificación sin presión, atención al detalle sin estímulo, y ejecutar una secuencia larga sin que tu cabeza se vaya a pensar en qué vas a cenar tú esta noche.
Y aquí es donde aparece la trampa. El servicio va bien porque el hiperfoco te salva. Pero el mise en place va regular porque nadie te está gritando mientras cortas la brunoise. Entonces tu jefe piensa que eres un cocinero brillante pero descuidado. Que tienes talento pero te falta disciplina.
Que suena. Eso de trabajar en hostelería con TDAH tiene sus patrones, y el de "talento con asterisco" es el más repetido.
El bajón post-servicio es real
Después de un servicio largo, la mayoría de cocineros están cansados. Normal. Pero un cocinero con TDAH no está solo cansado. Está vacío.
Es un crash de dopamina en toda regla. Tu cerebro ha estado funcionando a tope durante horas, con niveles de estimulación que en tu vida normal no consigues ni pagando. Y de repente, nada. Se acabó. Vuelta a la realidad.
Ese bajón explica muchas cosas. Por qué algunos cocineros necesitan la cerveza de después del servicio como si fuera oxígeno. Por qué la hostelería tiene tasas de consumo de sustancias que dan miedo. Por qué hay quien solo se siente vivo cuando está en la línea de fuego.
No es vicio. No es debilidad. Es un cerebro que ha encontrado la única fuente de estimulación que funciona y no sabe qué hacer cuando se la quitan.
Entonces, ¿la cocina es buena o mala para el TDAH?
Las dos cosas. A la vez. Siempre.
Buena porque te da estructura real (los horarios en hostelería son sagrados), feedback inmediato, y un entorno donde tu forma de funcionar no solo es tolerada sino que es útil. He quemado más comida que Gordon Ramsay, pero también he salvado más servicios de los que me correspondían.
Mala porque el ritmo te destroza. Porque los horarios son inhumanos para un cerebro que ya de por sí tiene el reloj biológico roto. Porque las tareas administrativas de la cocina (pedidos, fichas técnicas, inventarios) requieren exactamente el tipo de atención que no tienes. Y porque el contraste entre la adrenalina del servicio y el vacío del después es tan brutal que tu sistema nervioso acaba hecho polvo.
No hay respuesta fácil. Pero sí hay una cosa clara: si eres cocinero y te reconoces en todo esto, no eres un desastre ni un vago. Eres un cerebro que necesita entender sus reglas para jugar con ventaja, no contra sí mismo.
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