Tu hermano también lo tiene pero a él nunca le dijeron nada: TDAH en hermanos
Te diagnostican TDAH y miras a tu hermano: las mismas manías, los mismos olvidos. ¿Y si él también lo tiene y nadie se lo ha dicho?
Te diagnostican TDAH y de repente miras a tu hermano y piensas: espera, él también.
Las mismas llaves perdidas. Las mismas tres alarmas para levantarse. La misma incapacidad para sentarse a hacer la declaración de la renta sin que parezca una tortura medieval. El mismo historial de "es que no se aplica" en las reuniones de padres.
Pero a él nunca le dijeron nada.
¿Es posible que mi hermano tenga TDAH y no lo sepa?
Sí. Y es más probable de lo que crees.
El TDAH es hereditario. No como el color de ojos, que es blanco o negro. Más bien como la altura: hay una base genética potente, pero la expresión varía. Si un padre tiene TDAH, sus hijos tienen entre un 40% y un 60% de probabilidades de tenerlo también. Y eso se extiende a los hermanos.
Si tú lo tienes, las probabilidades de que tu hermano también lo tenga no son triviales. Rondan el 30%.
Uno de cada tres.
Pero aquí viene lo interesante: que lo tenga no significa que lo parezca. Y que no lo parezca no significa que no esté ahí, devorándole la vida desde dentro mientras todo el mundo le dice que "simplemente es así".
¿Por qué a uno le diagnostican y al otro no?
Porque el TDAH es un camaleón. Se presenta diferente en cada persona.
Tú a lo mejor eras el que no paraba quieto en clase, el que interrumpía, el que perdía los libros. El TDAH tipo hiperactivo, el escandaloso, el que molesta. A ese le pillan rápido. Bueno, rápido es un decir. Le pillan antes que al otro.
Tu hermano a lo mejor era el que se quedaba mirando por la ventana. El soñador. El que sacaba notas justas pero "podría dar mucho más si se esforzara". El que nunca acababa los deberes pero tampoco montaba escándalo. Ese pasa desapercibido. Porque el TDAH inatento no hace ruido.
Y lo que no hace ruido, no se diagnostica.
Hay otro factor que pesa como un piano: el género. Si tu hermano es tu hermana, las probabilidades de que pasara desapercibida se multiplican. Las chicas con TDAH tienden a compensar más, a enmascarar mejor, a convertir la impulsividad en ansiedad interna en lugar de en caos visible. Y los profesionales, históricamente, buscaban TDAH con el estereotipo del niño que se levanta de la silla. No de la niña que tiene la cabeza en Marte pero saca un 6 pelado y nadie pregunta por qué no saca un 9.
El efecto comparación dentro de casa
En una familia con varios hijos, siempre hay roles. El responsable. El caótico. El artista. El deportista. Y esos roles se asignan pronto, muchas veces antes de que nadie sepa qué está pasando realmente.
Si tú eras "el desastre" de casa, tu hermano automáticamente pasaba a ser "el normal". Aunque también perdiera cosas. Aunque también dejara todo para el último momento. Aunque también tuviera la sensación de que algo no encajaba.
Pero como tú eras más visible, la comparación hacía que él pareciera funcional. Y funcional, en una familia, significa "a este no hay que llevarlo al psicólogo".
Es la trampa de la normalidad relativa. Si comparas a alguien con una persona que va a 200 por hora sin cinturón, cualquiera que vaya a 180 parece prudente. Pero los dos van demasiado rápido.
Lo que pasa cuando uno se diagnostica y el otro no
Cuando te diagnostican TDAH de adulto, se reestructura todo tu pasado. De repente entiendes por qué la universidad fue un infierno. Por qué cambias de hobby cada tres meses. Por qué las relaciones se resienten cuando desaparece la novedad.
Y cuando empiezas a hablar de ello, tu hermano te mira raro. A veces con curiosidad. A veces con rechazo. A veces con un "bah, eso lo tiene todo el mundo".
Pero a veces, a veces, con un reconocimiento silencioso. Un "espera, eso que describes me pasa a mí también".
Y ahí empieza una conversación incómoda. Porque si tu hermano también lo tiene, eso significa que lleva 25, 30, 40 años sin saberlo. Gestionando una vida con un cerebro que nadie le explicó. Desarrollando estrategias de compensación que funcionaban a medias. Sintiéndose vago, irresponsable o "raro" sin tener ni idea de por qué.
Eso es mucho tiempo sintiéndote defectuoso sin motivo.
¿Qué puedes hacer?
No le diagnostiques tú. Eso es lo primero.
Por mucho que veas los patrones, por mucho que te parezca obvio, un diagnóstico requiere un profesional. Tú puedes abrir la puerta, pero no puedes forzar a nadie a cruzarla.
Lo que sí puedes hacer es hablar de tu experiencia. Sin presionar. Sin señalar. Contar lo que a ti te pasó, cómo fue el diagnóstico, qué cambió después. Y dejar que tu hermano haga sus propias conexiones.
Porque a veces la información más potente no es la que te da un médico. Es la que te da tu hermano un domingo en un bar, sin pretenderlo, mientras os tomáis una caña y dice algo que te revienta el cerebro.
"¿Sabes que yo también hago eso?"
Esa frase. Esa frase sola puede cambiar una vida.
También puedes mandarle algo para leer. Sin dramatismo. Un "oye, mira esto, me recordó a ti". Algo que pueda procesar solo, sin la presión de una conversación cara a cara donde sienta que le estás psicoanalizando entre montaditos.
¿Y si no quiere escuchar?
Entonces respétalo.
No todo el mundo está preparado para cuestionar la narrativa que lleva toda la vida contándose. Si tu hermano se ha construido una identidad alrededor de "yo soy así, punto", sugerirle que hay una explicación neurológica puede sentirse como un ataque. Aunque no lo sea.
Las dinámicas familiares con TDAH son complicadas. Hay culpas cruzadas, hay comparaciones viejas, hay heridas que nadie ha curado. A veces hace falta tiempo. A veces hace falta que la vida le ponga delante una situación donde ya no pueda ignorarlo.
Y a veces hace falta simplemente que tú sigas con tu proceso. Que te vea mejorar. Que vea que entender tu cerebro te ha cambiado la vida. Y que en algún momento piense: "¿Y si yo también?"
No puedes forzar eso. Pero puedes ser el ejemplo.
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