TDAH y cirugía: el hospital, la anestesia y un cerebro que no sabe esperar
Te van a operar y tu cerebro TDAH convierte la sala de espera del hospital en una tortura. Así se vive una cirugía con un cerebro que no frena.
Te van a operar. Y tu cerebro TDAH ha decidido que la sala de espera del hospital es el peor sitio del universo.
No el quirófano. No la aguja. No el bisturí.
La espera.
Porque el hospital es un lugar diseñado para que te quedes quieto, en silencio, sin hacer nada, esperando a que alguien te llame por tu nombre. Y si tienes TDAH, eso es básicamente una condena.
El hospital antes de la operación ya es un infierno
La semana previa es lo peor. Porque tu cerebro no se va a quedar tranquilo con la información que le han dado. No. Tu cerebro va a buscar en Google "complicaciones anestesia general", "qué pasa si te despiertas durante una operación" y "casos raros de cirugía que salieron mal" a las tres de la mañana. Uno detrás de otro. Sin parar.
Y no es ansiedad al uso. Bueno, también. Pero sobre todo es un cerebro que no tiene regulador de volumen. Que cuando se engancha a un pensamiento, no lo suelta. Que convierte una operación de rutina en una película de terror con subtítulos y banda sonora.
Luego llega el día. Te dicen que llegues a las 7 de la mañana. Llegas a las 7. Y resulta que tu turno es a las 11. Cuatro horas. Sin comer, sin beber, sin poder moverte del pasillo, con una bata que te deja el culo al aire y un número en la muñeca como si fueras un paquete de Correos.
Cuatro horas. Para un cerebro que no sabe estar quieto ni cuatro minutos.
¿Por qué el hospital es especialmente difícil con TDAH?
Porque es la combinación perfecta de todo lo que un cerebro con TDAH no puede gestionar.
Primero: la espera sin estímulo. El hospital no es como esperar en un aeropuerto donde al menos hay tiendas, pantallas, gente con maletas interesantes. El hospital es un pasillo blanco con luces de tubo y un cartel que dice "silencio" cada tres metros. No hay nada que hacer. Y tu cerebro funciona con dopamina, no con disciplina. Sin estímulo, se apaga o se vuelve loco. No hay punto medio.
Segundo: la pérdida total de control. Tú no decides cuándo te operan, cuándo te llaman, cuándo comes, cuándo te puedes ir. Todo depende de otra persona. Y el TDAH es un cerebro que necesita sentir que tiene el volante, aunque sea un poquito. Quitarle eso es como quitarle las pilas al mando de la tele y decirle que espere.
Tercero: el ayuno. No comer ni beber durante horas destroza a cualquiera. Pero a un cerebro que ya va justo de regulación, le quita la poca gasolina que tenía. Estás más irritable, más disperso, más sensible. La hostia.
Y cuarto: el bombardeo de instrucciones previas. "No coma después de las 12 de la noche. Tómese esta pastilla a las 6, pero esta otra no. Lleve el informe del cardiólogo, la analítica, la autorización firmada, el DNI, la tarjeta sanitaria." Para alguien que olvida los síntomas cuando llega al médico, recordar todo eso es un deporte de élite.
La sala de espera como campo de batalla
Hay algo que la gente sin TDAH no entiende de las salas de espera de hospital.
Para ellos es incómodo. Sí. Un rollo. Normal.
Para nosotros es como estar atrapado dentro de tu propia cabeza con las puertas cerradas y la música a tope. Cada minuto dura cinco. Miras el reloj. Han pasado dos minutos. Lo vuelves a mirar. Tres minutos. La señora de al lado tose. El de enfrente ronca. Un celador pasa con un carrito que hace un ruido insoportable. Y tú estás ahí, sentado, intentando no levantarte y dar vueltas por el pasillo como un león enjaulado.
Sacas el móvil. Lo guardas. Lo sacas otra vez. Te acuerdas de que no has contestado un email. No, espera, no puedes hacer eso ahora. Piensas en la operación. Piensas en si te despertarás bien. Piensas en que no has regado las plantas. Piensas en que deberías haber traído un libro. Piensas en por qué no has traído un libro. Piensas en Amazon. En que podrías comprarte un Kindle. Son las 8:47 de la mañana y ya estás agotado.
Y eso es la sala de espera del médico con TDAH, pero multiplicada por diez. Porque aquí no puedes irte. Aquí estás hasta que te llamen.
Lo que nadie te dice sobre la anestesia y el TDAH
La anestesia es un capítulo aparte.
Si tomas medicación para el TDAH, probablemente te hayan dicho que la dejes unos días antes. Genial. Así que llegas al hospital sin tu medicación, en ayunas, sin haber dormido bien porque tu cerebro estuvo de fiesta a las 3 de la mañana, y se espera que estés tranquilo y cooperativo.
La leche.
Luego está el despertar. Salir de la anestesia con un cerebro TDAH es como reiniciar un ordenador viejo con demasiadas pestañas abiertas. Todo va lento, nada tiene sentido, y de repente tu cerebro intenta arrancarlo todo a la vez. Desorientación, irritabilidad, confusión. Los enfermeros te dicen "tranquilo, tranquilo" y tú no sabes ni en qué día vives.
Y después, la recuperación. Que implica reposo. Quietud. No hacer nada durante días o semanas. Que para un cerebro que no sabe estar quieto es una tortura medieval disfrazada de recomendación médica.
Lo que sí ayuda (porque algo tenía que ayudar)
Vamos, que no todo es drama. Hay cosas que funcionan.
Lleva algo que tu cerebro pueda masticar. Auriculares con un podcast, un libro, un sudoku, lo que sea. El hospital no te va a dar estímulos, así que llévalos tú. Tu cerebro necesita un juguete o se busca uno solo, y el que se busca solo suele ser peor.
Haz la lista de cosas que llevar al hospital con una semana de antelación. No la noche anterior. Una semana. Y ponla en un sitio visible, no en una app que vas a olvidar que existe, como las citas médicas. En la puerta de la nevera. En el espejo del baño. Donde la veas todos los días.
Si te dejan, lleva a alguien. No por apoyo emocional (que también), sino porque necesitas a alguien que recuerde las instrucciones postoperatorias que a ti se te van a olvidar antes de llegar al coche.
Y habla con el anestesista. Dile que tienes TDAH, dile qué medicación tomas, pregunta todo lo que necesites preguntar. No te van a mirar raro. Bueno, puede que sí. Pero es mejor que te miren raro y tengan la información que no decir nada y que luego haya un problema.
Tu cerebro no tiene la culpa de que los hospitales sean así
Los hospitales están diseñados para cuerpos. No para cerebros. Y desde luego no para cerebros que funcionan como el nuestro.
No eres dramático por pasarlo mal en una sala de espera. No eres difícil por ponerte nervioso antes de una operación. No eres un exagerado por necesitar moverte, preguntar, prepararte de una forma distinta.
Eres alguien con un cerebro que procesa el mundo de otra manera. Y los hospitales todavía no se han enterado.
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