Trabajar en atención al cliente con TDAH: tu paciencia tiene fecha de caducidad
Llamadas repetitivas, clientes enfadados y un cerebro que se desconecta en la llamada 12. Así es trabajar en atención al cliente con TDAH.
"Muchas gracias por llamar, ¿en qué puedo ayudarle?"
Llevas 200 llamadas diciendo lo mismo y tu cerebro se fue a pensar en la cena en la llamada 12.
No exagero. Doce. Porque las once primeras tu cerebro todavía estaba calentando motores, procesando el guion, intentando acordarse de dónde estaba el botón para transferir llamadas. En la doce ya tenías el piloto automático puesto. Y tu cabeza decidió que era buen momento para pensar en si te quedaba arroz en casa o si tenías que pasar por el súper.
Mientras tanto, al otro lado del teléfono, alguien te está contando que su factura no cuadra. Y tú asientes. Dices "entiendo". Tecleas algo. Pero no estás ahí. Estás en el Mercadona mental.
Y entonces el cliente dice algo que requiere una respuesta real y tú piensas: "espera, ¿qué me ha dicho?"
Bienvenido a trabajar en atención al cliente con TDAH.
¿Por qué la atención al cliente es tan difícil con TDAH?
Porque es la tormenta perfecta de todo lo que a un cerebro con TDAH le cuesta.
Primero: repetición. Atención al cliente es hacer lo mismo, una y otra y otra vez. El mismo saludo. Las mismas preguntas. Los mismos protocolos. Y el cerebro con TDAH funciona con dopamina, no con disciplina. Si algo no genera estímulo nuevo, se apaga. Así de simple. No es que seas vago. Es que tu cerebro necesita novedad para funcionar, y la llamada 47 del día es todo menos novedad.
Segundo: escucha sostenida. Tienes que prestar atención a alguien que te cuenta un problema durante cinco, diez, quince minutos. Sin moverte. Sin hacer otra cosa. Solo escuchar. Para un cerebro que no tiene regulador de volumen, eso es como pedirle a un gato que se quede quieto en el veterinario. Técnicamente posible. Prácticamente un milagro.
Tercero: gestión emocional constante. Te gritan. Te insultan. Te dicen que eres incompetente. Y tú tienes que mantener el tono amable, profesional, calmado. Mientras tu cerebro está gritando por dentro "cuelga, cuelga, cuelga". Esa regulación emocional que te piden es exactamente lo que el TDAH dificulta. No es que no quieras ser profesional. Es que tu cerebro reacciona más rápido de lo que tú puedes frenar.
¿Qué pasa cuando tu cerebro se desconecta a mitad de llamada?
Errores. Muchos errores.
Apuntas mal un número de referencia. Confundes al cliente de la llamada 23 con el de la 24. Te saltas un paso del protocolo porque tu cerebro decidió que ya se lo sabía y podía ir en piloto automático. Transfieres a alguien al departamento equivocado porque no estabas escuchando cuando dijo "no, el problema es con la instalación, no con la factura".
Y lo peor no es el error en sí. Lo peor es que tú sabes que podrías haberlo evitado. Lo peor es la voz interior que dice "otra vez". Porque los errores por descuido en el trabajo con TDAH no son por falta de inteligencia. Son por un cerebro que no puede mantener el foco en algo que no le genera nada.
Tu supervisor ve descuidos. Tu compañero ve dejadez. Tú ves 200 llamadas idénticas y un cerebro que lleva pidiendo socorro desde la número 12.
¿Por qué el agotamiento llega antes que a los demás?
Porque estás compensando todo el rato.
Tu compañero sin TDAH escucha la llamada, sigue el guion, cierra el ticket. Gasta X energía. Tú haces exactamente lo mismo pero además estás forzando a tu cerebro a prestar atención, estás frenando los pensamientos que se van, estás controlando la emoción del cliente anterior que te gritó, estás repasando mentalmente si apuntaste bien los datos de la llamada de antes.
Misma llamada. El triple de esfuerzo.
A las tres horas, tu compañero está cansado. Tú estás frito. Literalmente frito. Como si hubieras corrido una maratón pero sentado en una silla con cascos puestos.
Y cuando llegas a casa, no tienes energía para nada. Ni para cocinar, ni para hacer recados, ni para hablar con nadie. Porque tu cerebro gastó toda la batería en parecer normal durante ocho horas.
Es lo mismo que le pasa a la gente que trabaja en hostelería con TDAH. Trabajos que exigen atención constante, trato con personas y cero margen para desconectar. La receta perfecta para quedarte vacío a las seis de la tarde.
¿Se puede sobrevivir en atención al cliente con TDAH?
Sí. Pero no a base de echarle ganas.
Algunas cosas que a mí me han dicho que funcionan (y que tienen sentido para un cerebro con TDAH):
Apunta todo. No confíes en tu memoria. Mientras el cliente habla, escribe. No apuntes bonito. Apunta lo importante: nombre, problema, qué quiere. Cuando tu cerebro se vaya de viaje, tus notas te salvan.
Mueve el cuerpo entre llamadas. Levántate. Estira. Ve al baño. Llena la botella de agua. Dale a tu cerebro un micro-reset de 30 segundos antes de la siguiente llamada. No es perder tiempo. Es evitar que la llamada siguiente la hagas con el cerebro en modo zombi.
Cambia lo que puedas cambiar. Si tu puesto permite alternar entre llamadas y emails, alterna. Si puedes elegir turnos, elige los que mejor le van a tu cerebro. Si puedes poner música suave con cascos entre llamadas, hazlo. Cada pequeño estímulo nuevo le da a tu cerebro un empujón de dopamina que le ayuda a seguir funcionando.
No te castigues por los días malos. Habrá días que estés fino. Días que resuelvas casos difíciles, que los clientes te den las gracias, que te sientas competente. Y habrá días que confundas tres llamadas seguidas y quieras meterte debajo de la mesa. Los dos son normales. Los dos son tú. Uno no anula al otro.
El problema no eres tú, es el molde
La atención al cliente está diseñada para cerebros que pueden hacer la misma tarea ocho horas sin variación. Que pueden escuchar sin que su mente se vaya. Que pueden recibir un insulto y seguir sonriendo sin que les hierva la sangre.
Ese cerebro existe. Pero no es el tuyo. Y eso no te hace peor trabajador. Te hace un trabajador que necesita condiciones diferentes.
No estoy diciendo que dejes el trabajo mañana. Estoy diciendo que si cada día sientes que estás fingiendo ser alguien que no eres durante ocho horas, quizá el problema no es tu actitud. Quizá el problema es que nadie te ha explicado cómo funciona tu cerebro en ese contexto.
Y entenderlo cambia mucho. No cambia el trabajo. Pero cambia cómo te sientes al llegar a casa.
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