Los suegros y el TDAH: cuando tu familia política no entiende tu cerebro
Tu suegra piensa que eres un desastre. Tu suegro, que eres vago. Nadie te ha preguntado cómo funciona tu cerebro. Hablemos de eso.
Tu suegra piensa que eres un desastre. Tu suegro cree que eres un vago. Nadie te ha preguntado cómo funciona tu cerebro.
Y lo peor no es eso. Lo peor es que tu pareja se queda en medio, como un árbitro de fútbol sala al que le gritan los dos equipos a la vez.
La cena que cambió todo
La primera vez que cené con los padres de mi pareja, llegué veinte minutos tarde. No porque no me importara. Porque me senté a preparar lo que iba a decir, me distraje buscando vinos para llevar, acabé viendo un documental sobre viñedos en la Rioja, y cuando levanté la vista del móvil ya no llegaba ni pagando un taxi.
Entré por la puerta pidiendo perdón. Su madre me miró con esa sonrisa educada que significa "ya te tengo fichado". Su padre dijo algo sobre la puntualidad que sonó a refranero castellano pero dolió como un rodillazo en la espinilla.
A los cinco minutos me levanté de la mesa tres veces. Una para ir al baño. Otra porque vi un cuadro raro en el pasillo. La tercera ni la recuerdo.
Y durante la cena interrumpí a su madre dos veces sin darme cuenta, porque mi cerebro pensó que si no soltaba la idea en ese momento se iba a evaporar como el agua en una sartén caliente.
Al volver a casa, mi pareja me dijo: "Mis padres piensan que eres muy nervioso".
Nervioso. Claro. Esa palabra comodín que la gente usa cuando no entiende lo que pasa dentro de tu cabeza.
¿Por qué la familia política es territorio complicado con TDAH?
Con tu propia familia ya es difícil. Crecer con TDAH en una familia que no lo entiende es toda una carrera de obstáculos. Pero al menos tu familia te conoce de toda la vida. Tienen contexto. Saben que a los 8 años ya perdías las llaves, que suspendías mates pero te sabías los nombres de todos los Pokémon, que siempre fuiste "el despistado de la casa".
Tu familia política no tiene nada de eso.
Te conocen de cero. Y las primeras impresiones con TDAH son un campo de minas.
Porque lo que ellos ven es esto:
- Llegas tarde (otra vez).
- Te olvidas de cumpleaños.
- Interrumpes conversaciones.
- No te acuerdas de lo que te dijeron la semana pasada.
- Cambias de tema como si la conversación fuera una baraja que estás barajando.
- En las reuniones familiares pareces que estás en otro planeta.
Y lo que piensan es: "No le importa. No nos respeta. No se esfuerza lo suficiente".
Porque nadie les ha explicado que tu cerebro funciona diferente. Y tú tampoco sabes muy bien cómo contarlo sin que suene a excusa.
¿Cómo explicar el TDAH a la familia política?
Este es el H2 que todo el mundo busca. Y la respuesta honesta es: depende del tipo de suegros que te hayan tocado.
Hay suegros que si les dices "tengo TDAH" te van a preguntar qué es eso, van a escucharte, y van a intentar entenderlo. Esos existen. Son como los unicornios: pocos, pero reales.
Y hay suegros que te van a decir "eso no existía antes" o "en mis tiempos nos concentrábamos y punto". Con esos, la estrategia es otra.
En los dos casos, hay cosas que funcionan:
No te disculpes. Explica. "Llego tarde mucho. No es que no me importe. Es que mi cerebro no gestiona el tiempo como el tuyo." No es una excusa. Es una descripción. Explicar tu TDAH sin que parezca una excusa es un arte que se aprende con el tiempo.
Usa ejemplos concretos. "¿Sabes cuando abres la nevera y se te olvida a qué ibas? Imagina eso pero con todo. Con las conversaciones, con los planes, con las fechas." Las metáforas aterrizan mejor que los términos clínicos.
No esperes que lo entiendan a la primera. Ni a la segunda. Ni probablemente a la décima. Pero cada vez que explicas sin enfadarte, plantas una semilla. Algunas crecen. Otras no. Pero las que no plantas seguro que no crecen nunca.
Deja que tu pareja sea puente, no escudo. Tu pareja puede ayudar a explicar en contextos donde tú no estás. Pero no puede ser tu abogada defensor permanente. Eso quema a cualquiera.
Lo que nadie te dice: los juicios silenciosos
Lo más duro de la familia política no son los comentarios directos. Son los silencios. Las miradas. Las conversaciones que tienen cuando tú no estás.
"¿Pero tu novio no puede llegar a tiempo a las cosas?" "¿No le habrás dicho ya lo de la cena del sábado?" "Es muy majo, pero un poco desastre, ¿no?"
Y esos juicios te llegan. Siempre te llegan. Por un comentario de tu pareja, por un cambio de tono de tu suegra, por esa pregunta que suena inocente pero tiene carga: "¿Y tú a qué te dedicas exactamente?".
El TDAH ya te hace sentir que tienes que demostrar que vales el doble que los demás. Añade una familia política observándote con lupa y tienes la receta perfecta para la ansiedad social.
¿Y si simplemente no lo aceptan?
Pasa. A veces explicas, muestras paciencia, pones ejemplos, y aún así te miran como si tener TDAH fuera una decisión que tomaste para fastidiar los domingos de paella.
En ese caso, poner límites es necesario. No con agresividad. Con claridad.
"Entiendo que no lo veáis así. Pero esto es parte de cómo funciona mi cerebro, y necesito que se respete aunque no se entienda del todo."
No tienes que convencer a nadie. No eres un vendedor de enciclopedias intentando cerrar una venta. Pero sí tienes que proteger tu espacio mental. Porque si cada comida familiar se convierte en un juicio, al final vas a dejar de ir. Y eso sí que rompe cosas.
La pregunta que deberían hacerte
Cuando tu familia política te conoce y ve que olvidas cosas, que te distraes, que a veces pareces en otra dimensión, la pregunta correcta no es "¿por qué eres así?".
La pregunta correcta es "¿cómo funciona tu cerebro?".
Pero esa pregunta casi nadie la hace. Porque requiere curiosidad. Y la curiosidad es más difícil que el juicio.
Así que mientras llega ese día, tú sigue explicando cuando puedas. Sin pedir perdón por cómo funciona tu cabeza. Sin convertir cada reunión familiar en una charla TED sobre neurología. Pero sin esconderte tampoco.
Tu cerebro no es un defecto. Es una característica. Y quien quiera estar en tu vida, incluida la familia política, necesita aprender a convivir con ella.
O al menos dejar de llamarte vago mientras lo intentan.
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