Tu primer empleo con TDAH: el choque que nadie te preparó
Horarios, reuniones, emails. Tu cerebro llevaba 20 años en modo libre y de repente le ponen una correa. Así es empezar a trabajar con TDAH.
Tu primer día de trabajo. Horarios, reuniones, protocolos, emails. Tu cerebro llevaba 20 años funcionando en modo libre. Y de repente, alguien le pone una correa.
No una metafórica. Una literal. De las que tiran del cuello cada vez que intentas moverte.
Porque eso es un empleo para un cerebro con TDAH. Un sistema diseñado por y para cerebros que funcionan de otra manera. Cerebros que se sientan, se concentran ocho horas seguidas, recuerdan lo que les dijeron en una reunión el martes, y responden emails con educación corporativa sin que les dé un cortocircuito.
Tu cerebro no es ese cerebro.
Y nadie te avisó.
¿Por qué el primer empleo es un choque especial para un cerebro con TDAH?
Porque hasta ahora, con mejor o peor resultado, habías ido tirando.
En el instituto te dejaban levantarte al baño. En la universidad podías estudiar a las 3 de la mañana si te daba la gana. En casa tus padres te conocían y sabían que si te hablaban mientras estabas con algo, la información se iba al agujero negro.
Pero en un trabajo no. En un trabajo hay normas que no se negocian.
Entras a las 9. No a las 9:07, no a las 9:15 "porque había tráfico". A las 9. Y tu cerebro, que ha necesitado toda tu vida una hora extra de colchón para cualquier cosa, de repente tiene que llegar puntual cinco días a la semana.
Tienes reuniones. Reuniones donde la gente habla durante una hora y tú tienes que escuchar, retener y aportar. Tu cerebro desconecta a los 12 minutos. No porque no te interese. Sino porque tu cerebro funciona con dopamina, no con disciplina, y una reunión sobre el presupuesto del Q3 no genera exactamente un chute de dopamina.
Tienes emails. Decenas. Cada día. Y se espera que los leas, los respondas con un tono profesional y no se te olvide ninguno. Tu bandeja de entrada se convierte en un cementerio de mensajes sin abrir que te generan una ansiedad sorda cada vez que miras la pantalla.
Y luego están los errores por descuido en el trabajo. Los pequeños. Los que para ti son inevitables y para tu jefe son imperdonables. Un cero de más en una hoja de cálculo. Un archivo adjunto que se te olvidó adjuntar. Un email que mandaste al cliente equivocado.
Tu compañero de mesa no comete esos errores. Tú los cometes tres veces por semana.
¿Por qué nadie te preparó para esto?
Porque el sistema educativo y el mundo laboral no hablan el mismo idioma. Y menos para un cerebro con TDAH.
En clase, si te despistabas, suspendías. Tú. Te afectaba a ti. Vale, a tus padres también, pero el daño era individual.
En un trabajo, si te despistas, la cadena se rompe. Alguien depende de tu tarea. Alguien esperaba ese informe. Alguien necesitaba que tú hicieras tu parte para poder hacer la suya.
Y eso genera algo que no habías sentido antes: responsabilidad compartida con consecuencias inmediatas.
Tu cerebro ya gestionaba mal la culpa cuando solo te afectaba a ti. Ahora imagina cuando afecta a un equipo entero. La culpa se multiplica por diez, y con ella el estrés, y con el estrés la dispersión, y con la dispersión más errores. Un bucle precioso que nadie te enseñó a frenar.
Además, en el colegio y la universidad tenías una ventaja que no valorabas: variedad. Cada hora cambiabas de asignatura. Tu cerebro tenía estímulos nuevos constantemente. En un trabajo puedes pasarte cuatro horas seguidas haciendo lo mismo. Y para un cerebro que necesita novedad como otros necesitan oxígeno, eso es directamente tortura.
¿Qué pasa cuando intentas encajar sin saber que tienes TDAH?
Lo que pasa es que compensas. A lo bestia. Sin saber que estás compensando.
Te levantas una hora antes para no llegar tarde. Revisas cada email tres veces antes de enviarlo. Tomas notas de todo como si fueras taquígrafo. No dices que no a nada porque tienes miedo de que si dices que no, descubran que no puedes con todo.
Y funciona. Un tiempo.
Pero el coste es brutal. Llegas a casa destruido. No destruido como tus compañeros, que están cansados. Destruido de verdad. Como si hubieras corrido un maratón mental para hacer lo que otros hacen en piloto automático.
Porque eso es exactamente lo que ha pasado. Tu cerebro ha gastado el triple de energía para producir el mismo resultado. Y al día siguiente tiene que volver a hacerlo.
Es como conducir un coche con las ruedas deshinchadas. Llegas al mismo sitio que los demás, pero gastando el doble de gasolina y con el motor al rojo vivo.
¿Qué puedes hacer que de verdad funcione?
Primero: saber que esto tiene nombre. Si has llegado hasta aquí y te estás viendo reflejado en cada párrafo, eso ya es algo. No eres vago, no eres descuidado, no eres poco profesional. Tu cerebro funciona diferente y nadie te dio el manual.
Segundo: hablar. No hace falta que le cuentes tu vida a tu jefe el primer día. Pero saber que existen adaptaciones laborales con TDAH y que tienes derecho a pedirlas puede cambiar tu experiencia laboral de "supervivencia diaria" a "esto es manejable".
Tercero: montar tu propio sistema. Porque el que te dan en la oficina no está diseñado para ti. Necesitas alarmas, listas, bloques de tiempo, auriculares con cancelación de ruido y un lugar donde tu cerebro pueda respirar entre tarea y tarea.
Y cuarto: si todavía no has pasado por una entrevista de trabajo con TDAH, prepárate. Porque tu cerebro también tiene opiniones sobre cómo gestionar la presión de venderte a ti mismo en 30 minutos.
La buena noticia (porque la hay)
El primer empleo es el peor.
No porque luego sea fácil, sino porque luego ya sabes. Sabes que llegas tarde si no pones tres alarmas, así que las pones. Sabes que las reuniones largas te desconectan, así que tomas notas como si te fuera la vida. Sabes que los emails se te olvidan, así que montas un sistema para que no desaparezcan.
El primer empleo con TDAH es un choque. Uno gordo. Pero también es el momento en que muchos descubren que algo pasa. Que no es pereza, que no es falta de interés, que no es "ser así". Es un cerebro que necesita entenderse para funcionar en un mundo que no se diseñó pensando en él.
Y entenderte es el primer paso para dejar de pelearte contigo mismo cada mañana a las 9.
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