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Steve Jobs: TDAH, LSD y el cerebro que creó Apple

Steve Jobs fue adoptado, expulsado de su empresa y cambió el mundo. ¿Tenía TDAH? Todo apunta a un cerebro que no funcionaba como los demás.

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Steve Jobs fue adoptado antes de cumplir una semana de vida.

Su madre biológica, una estudiante universitaria, puso una condición: que los padres adoptivos le prometieran que iría a la universidad. Lo prometieron. Steve fue a la universidad. Y la dejó a los seis meses porque le parecía una pérdida de tiempo monumental.

Ese fue el primer spoiler de cómo funcionaba su cerebro. No seguía el camino de nadie. No podía. Su cabeza no estaba cableada para eso.

¿Cómo se ve el TDAH en el hombre que creó Apple?

Vamos a dejar una cosa clara antes de seguir: Steve Jobs nunca recibió un diagnóstico público de TDAH. Nadie le puso esa etiqueta en vida y no vamos a ponérsela ahora como si fuéramos neurólogos de barra de bar.

Pero si coges la lista de rasgos asociados al TDAH y la pones al lado de la biografía de Steve Jobs, la coincidencia es tan obscena que parece un caso de estudio diseñado a propósito.

Impulsividad. Jobs era famoso por tomar decisiones brutales en cuestión de segundos. Despedir a alguien en un ascensor. Cancelar un proyecto entero a tres semanas del lanzamiento porque "no era lo bastante bueno". Llamar a un ingeniero a las dos de la mañana para decirle que un icono tenía el tono de azul equivocado. No filtraba. Actuaba. Y luego, si acaso, pensaba.

Hiperfoco. Cuando algo le interesaba, desaparecía del mundo. Podía pasarse días enteros obsesionado con la curvatura de una esquina de un producto. No horas. Días. El resto del universo dejaba de existir. Sus empleados lo llamaban "campo de distorsión de la realidad". Y era literalmente eso: cuando su cerebro se enganchaba a algo, la realidad se deformaba a su alrededor.

Dificultad escolar. De niño, Jobs era un desastre en el colegio. No por falta de inteligencia. Por aburrimiento puro. Sus profesores no sabían qué hacer con él. Su padre adoptivo tuvo que ir al colegio varias veces porque Steve no paraba de meterse en líos. No era un niño malo. Era un cerebro que iba a doscientos por hora metido en una clase que iba a treinta.

Cambios bruscos de interés. Caligrafía. Budismo zen. Dietas frutívoras. LSD. Electrónica. Cada fase era absoluta, total, obsesiva. Y cuando se acababa, se acababa. Pasaba a la siguiente sin mirar atrás, como si la anterior nunca hubiera existido.

Si eso no te suena a un cerebro con TDAH, es que no has conocido a nadie con TDAH.

El viaje a la India, el LSD y la búsqueda del botón de pausa

Antes de fundar Apple, Steve Jobs se fue a la India. Tenía veintiuno. Buscaba algo que no sabía nombrar. Algo que calmara el ruido de su cabeza.

Se rapó el pelo. Vivió en ashrams. Meditó durante horas. Y cuando volvió a Estados Unidos, empezó a experimentar con LSD. Dijo que fue "una de las dos o tres cosas más importantes que hizo en su vida".

No estoy diciendo que el LSD sea una buena idea. Lo que digo es que una persona con un cerebro que no para, que no tiene botón de apagar, que va de cero a cien sin pasar por el cincuenta, a veces busca cualquier cosa que le dé un momento de calma. O de perspectiva. O simplemente de silencio.

La meditación zen se convirtió en su herramienta. La practicó toda su vida. Y si lo piensas, tiene todo el sentido del mundo. Un cerebro que no para necesita una práctica que consista literalmente en no hacer nada. En sentarse y dejar que el ruido pase.

Eso es algo que muchos adultos con TDAH descubren tarde: que la gestión de tu cerebro no es opcional. Que necesitas herramientas, rituales, sistemas. Porque tu cabeza no se va a calmar sola. Nunca lo ha hecho.

Expulsado de su propia empresa (y por qué tiene todo el sentido)

En 1985, Apple echó a Steve Jobs.

Lee eso otra vez. La empresa que él fundó, con sus manos, en el garaje de su padre, le echó. Le dijeron que se fuera. Y se fue.

¿Por qué? Porque era imposible de gestionar. Porque gritaba a la gente. Porque cambiaba de opinión sin avisar. Porque su forma de liderar era tan intensa, tan impulsiva, tan caótica, que el consejo de administración decidió que la empresa funcionaría mejor sin él.

Es la historia de mucha gente con un cerebro diferente. Eres demasiado. Demasiado intenso. Demasiado impulsivo. Demasiado impredecible. Y en vez de encontrar la forma de canalizar eso, el sistema te expulsa. Te dice que el problema eres tú.

Jobs se fue. Fundó NeXT. Compró Pixar. Y doce años después, cuando Apple estaba al borde de la quiebra, le llamaron para que volviera.

Volvió. Y creó el iMac, el iPod, el iPhone, el iPad. Creó los productos que definieron una generación entera. Con el mismo cerebro impulsivo, obsesivo e imposible de gestionar que le había costado el puesto.

La diferencia no fue que su cerebro cambiara. La diferencia fue que aprendió a usarlo.

"Stay hungry, stay foolish" es la frase más TDAH de la historia

Esa frase la dijo Jobs en su famoso discurso en Stanford en 2005. "Stay hungry, stay foolish". Sigue hambriento, sigue alocado.

No es una frase motivacional. Es un manifiesto de cómo funciona un cerebro que no puede estarse quieto.

Sigue hambriento: porque tu cerebro necesita estímulo constante. Porque el día que dejas de buscar, de crear, de perseguir algo nuevo, te mueres por dentro. No por filosofía. Por neurología.

Sigue alocado: porque la cordura del mundo normal no está diseñada para ti. Porque los empresarios con TDAH que han cambiado las cosas siempre fueron los que el sistema llamó locos, difíciles, imposibles. Hasta que resultó que tenían razón.

Jobs no dijo "sé prudente y planifica a largo plazo". Dijo que fueras hambriento y alocado. Porque él no sabía ser otra cosa. Y cuando dejó de intentar ser lo que los demás esperaban y abrazó lo que era, cambió el mundo.

Lo que nadie te cuenta del genio

Que Disney y Jobs tienen más en común de lo que crees. Que Bill Gates abandonó Harvard por razones que se parecen sospechosamente a las de Jobs dejando Reed College. Que hay un patrón en las personas que cambian las reglas: casi ninguna encajó en las reglas que existían antes.

Steve Jobs era perfeccionista hasta la obsesión. Brutal hasta la crueldad. Visionario hasta el absurdo. Y probablemente no habría sido nada de eso con un cerebro neurotípico que se conformara con hacer las cosas "como se hacen".

¿Tenía Steve Jobs TDAH? No lo sabemos con certeza. Lo que sabemos es que su cerebro funcionaba diferente. Que esa diferencia le costó el colegio, la universidad, su propia empresa y probablemente unas cuantas relaciones personales. Y que esa misma diferencia creó los productos que llevas en el bolsillo ahora mismo.

El cerebro de Steve Jobs no era cómodo. No era fácil. No era el tipo de cerebro que te hace la vida sencilla.

Pero era el tipo de cerebro que cambia el mundo.

Si alguna vez te han dicho que piensas demasiado, que cambias demasiado, que eres demasiado intenso, puede que nadie te haya explicado cómo funciona tu cabeza. Y puede que sea hora de averiguarlo.

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