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Nadie en tu entorno entiende lo que haces y has dejado de explicarlo

Llevas años emprendiendo y tu familia sigue sin poder explicar tu trabajo. Has dejado de intentarlo. Ahora dices "cosas con internet" y cambias de tema.

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"¿Pero tú a qué te dedicas exactamente?"

Llevas cuatro años emprendiendo y tu familia sigue sin poder explicar tu trabajo. Lo has intentado. Vaya si lo has intentado. En cenas de Navidad, en cumpleaños, en el grupo de WhatsApp. Has dado explicaciones de veinte minutos que terminaban con la misma cara de tu madre: la de cuando le explicas qué es la nube y asiente pero en realidad está pensando en la lista de la compra.

Así que un día dejaste de intentarlo. Ahora dices "cosas con internet" y cambias de tema. Es más fácil.

¿Por qué nadie entiende lo que haces?

Porque lo que haces no cabe en una frase. Y la gente necesita frases.

"Mi hijo es médico." Eso lo entiende todo el mundo. "Mi hijo vende cursos online sobre productividad y tiene una newsletter y hace vídeos y está montando un embudo de ventas automatizado con secuencias de email." Eso no lo entiende ni tu padre ni tu tía Paqui ni el del banco cuando te pide que expliques tu actividad profesional.

Y no es culpa suya. Es que el mundo está diseñado para trabajos que puedes señalar con el dedo. Oficinas. Hospitales. Obras. Colegios. Tú trabajas desde el salón, en pijama, mirando una pantalla. Para el resto del mundo, eso es lo mismo que hace tu primo cuando juega al Fortnite.

El problema no es que no sepas explicarlo. Es que no existe un marco de referencia compartido. Es como intentar describir un color que la otra persona no puede ver. Puedes hablar durante horas, pero al final su cerebro lo traduce a "algo con ordenadores" y se queda tan tranquilo.

¿Cuándo dejaste de explicar tu trabajo?

Hay un momento concreto. Todo emprendedor lo tiene.

Es cuando alguien te pregunta "pero eso da dinero de verdad?" con esa cara de preocupación genuina. O cuando en una comida familiar alguien suelta "bueno, pero mientras tanto podrías buscar algo estable, ¿no?". Como si lo que haces fuera un hobby que se te ha ido de las manos. Un pasatiempo caro con buenas intenciones.

Ahí es cuando dejas de explicar. No por orgullo. Por agotamiento. Porque cada explicación es una pequeña defensa de tu vida. Y defender tu vida todos los domingos al lado de la paella cansa más que cualquier lanzamiento fallido.

Así que empiezas a simplificar. "Trabajo por mi cuenta." "Hago cosas online." "Estoy con un proyecto." Frases escudo. Frases que no dicen nada pero que tampoco invitan a preguntas incómodas. Frases que duelen un poco cada vez que las dices, porque sabes que detrás hay noches sin dormir, riesgos que nadie ve, y decisiones que pesaban como si fueras a acabar reponiendo estanterías si salía mal.

¿Por qué duele tanto que no lo entiendan?

Porque no es solo trabajo. Es identidad.

Cuando emprendes, lo que haces y lo que eres se funden en una cosa sola. No tienes un empleo al que vas y del que vuelves. Tienes una criatura que depende de ti las veinticuatro horas. Que te acompaña a la ducha, a la cama, al supermercado. Que ocupa espacio mental constante.

Y cuando alguien no entiende tu trabajo, lo que sientes es que no entiende quién eres. No la parte técnica. La parte humana. El porqué. Las razones por las que dejaste un sueldo fijo para ganar menos y trabajar el doble. Las madrugadas. Los meses en rojo. Las veces que quisiste dejarlo y no lo hiciste.

Todo eso no cabe en "cosas con internet".

Y sin embargo es lo que dices. Porque es más fácil que ver esa mirada. La de "pobrecito, a ver cuánto le dura esto".

¿Y qué pasa con los que sí podrían entenderlo?

Existen. Pero no suelen estar en tu cena de Navidad.

Están en un grupo de Telegram que encontraste a las dos de la mañana. En un evento al que fuiste sin conocer a nadie. En una comida con un desconocido que acabó cambiándote la perspectiva. En esos sitios raros donde la gente no te pregunta "¿pero eso es legal?" cuando les dices que ganas dinero sin ir a una oficina.

La soledad del emprendedor no es que estés solo. Es que estás rodeado de gente que te quiere pero no puede acompañarte en esto. Que se preocupa, pero desde un marco que no encaja con tu realidad. Que te apoya diciendo "tú puedes" sin tener ni idea de lo que es "poder" en tu contexto.

Y está bien. No necesitas que tu madre entienda qué es un funnel de ventas. Necesitas que alguien en algún sitio sepa lo que se siente cuando un lanzamiento se cae, cuando un cliente cancela, cuando llevas tres meses sin cobrar y sigues levantándote a las siete para darle caña.

Esa persona existe. Solo que no la vas a encontrar explicando tu trabajo en la mesa de Nochebuena entre el turrón y las copas.

Lo que nadie te dice sobre la soledad de emprender

Que no desaparece. Que aprendes a convivir con ella.

Que un día dejas de necesitar que todo el mundo lo entienda y te basta con que lo entiendan tres personas. O dos. O una. Que dejas de medir tu validación en asentimientos familiares y empiezas a medirla en resultados que solo tú puedes ver.

Y que el día que alguien te pregunta "¿a qué te dedicas?" y tú dices "cosas con internet" con una sonrisa, ya no duele. Porque sabes lo que hay detrás. Y eso es suficiente.

Aunque tu tía Paqui siga pensando que eres youtuber.

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